CAPÍTULO 12 #8
Martín se aproximó al monitor, observando la ramificación del mapa conceptual.
—Tu hermana no llegó a registrar el nombre de Marta Valdés en ninguno de sus cuadernos de campo.
—No —asintió Elena—. Alba se centró en las últimas incorporaciones, en el grupo de Sofía.
—Eso significa que estamos descubriendo un tramo de la estructura que ella no llegó a documentar —observó el expolicía.
—O significa que alguien está utilizando las notas que Alba dejó incompletas para guiarnos exactamente hacia donde quiere que miremos —corrigió Elena, cruzándose de brazos—.
Si la persona que entró en el ordenador de Alba tiene acceso a sus archivos, sabe perfectamente qué huecos dejó mi hermana sin rellenar.
—Esa posibilidad es igualmente real —admitió Martín con gravedad.
Elena abrió la subcarpeta que contenía las tomas fotográficas realizadas por Alba en las inmediaciones del pantano.
Seleccionó la imagen en la que aparecía un vehículo estacionado a oscuras entre los pinos, cerca de la caseta de bombas.
Aplicó un zoom progresivo sobre la luna delantera, limpiando la iluminación del encuadre.
En el ángulo superior derecho del parabrisas destacó un detalle minúsculo que previamente había pasado desapercibido: un distintivo adhesivo de inspección técnica con una muesca de color amarillo.
Elena abrió de inmediato otra fotografía, tomada tres semanas antes en el callejón posterior de la librería de Darío, y amplió la luna del coche aparcado en la carga y descarga.
El distintivo mostraba la misma muesca y la misma degradación en el borde.
—¿Estás segura de que es el mismo coche? —preguntó Martín, examinando los píxeles en la pantalla.
—No —reconoció Elena con honestidad—. La resolución no permite leer la matrícula ni identificar el modelo exacta con total garantía. Podría ser un vehículo similar de la misma flota o de un cliente habitual.
—Entonces no podemos utilizarlo como una evidencia contundente —concluyó Martín.
—Lo sé —dijo Elena, guardando ambas capturas en una carpeta compartida de indicios secundarios—. No voy a construir una hipótesis sobre supuestos que no pueda sostener con datos firmes.
Continuó revisando el archivo cronológico.
Buscó la carpeta correspondiente a la fecha exacta que figuraba en el reverso de la foto de Marta.
Entre las tomas secundarias desestimadas por Alba, encontró un fotograma capturado desde la carretera de la presa a última hora de la tarde.
La marca de agua de la cámara registraba una hora posterior a la anotación de Marta.
Elena amplió el cuadrante inferior derecho de la imagen, donde la silueta de la antigua caseta recortaba el horizonte contra el agua del pantano.
Junto al muro de piedra se distinguía una segunda figura humana.
No poseía la corpulencia de Darío ni la complexión joven de Sofía.
Era una figura delgada, vestida con un abrigo oscuro, que sostenía un objeto rígido bajo el brazo: una carpeta de tapas oscuras idéntica a las utilizadas en las evaluaciones del taller.
—¿Podría ser Marta entregando documentación en el pantano semanas después de su supuesta expulsión? —preguntó Martín.
—La fecha coincide —respondió Elena—. Y la carpeta sugiere que seguía respondiendo ante la estructura del club aunque oficialmente figurase como «Retirar».
En ese preciso instante, un tono sordo anunció la llegada de un mensaje de correo electrónico a la bandeja de entrada del sistema.
La cuenta era una dirección secundaria utilizada por Elena únicamente para la recepción de alertas de archivos digitalizados.
El mensaje carecía de texto en el cuerpo y no mostraba un nombre de remitente en la cabecera.
Solo adjuntaba un archivo de imagen en formato comprimido.
Elena miró a Martín antes de hacer clic sobre el enlace.
La imagen se desplegó en la pantalla con alta definición.
Era una fotografía reciente de la caseta de madera del pantano de la Sombra, tomada desde una posición ligeramente elevada entre los árboles.
El plano mostraba el portón de entrada cerrado, pero sobre la madera envejecida de la jamba se apreciaba un trazo nuevo realizado con pintura blanca: el número 7.
Elena sintió un escalofrío seco recorriéndole la espalda.
—Es la caseta. Está tomada hoy.
Martín se inclinó sobre el teclado y revisó la propiedad del archivo.
—El envío se ha realizado hace menos de un minuto a través de un servidor proxy cifrado.
Debajo de la vista previa de la imagen, una sola línea de texto completaba el envío: «Llegáis tarde» .
Elena intentó emitir una respuesta automática de rastreo para verificar la ruta del servidor, pero el sistema devolvió un error de entrega de inmediato. La cuenta de origen había sido eliminada en el mismo segundo en que se completó el envío.
—¿Quién puede saber que estamos siguiendo la pista de Marta Valdés? —preguntó Martín con voz helada—. No se lo hemos dicho a nadie más que a Clara hace apenas una hora.
—Alguien que estaba observándonos —contestó Elena, manteniendo la mirada fija en el número 7 pintado en la madera —. O alguien que ha estado siguiendo nuestros pasos desde antes de que nosotros supiéramos qué estábamos buscando en San Telmo.
Una sospecha amarga hizo que Elena minimizara la ventana del correo y abriera el registro de actividad del sistema operativo de su ordenador. No desplegó comandos complejos; simplemente consultó la lista de accesos recientes a la memoria local.
Allí figuraba una marca horaria concreta: el archivo central de la investigación de Alba había sido abierto y consultado tres horas antes, exactamente a la hora en que ella y Martín se encontraban en el Centro Cultural La Garita entrevistando a Clara.
Elena sintió que el aire del despacho se volvía irrespirable.
—Alguien ha accedido a este equipo de forma remota mientras estábamos fuera.
Martín la miró con severidad.
—¿Estás completamente segura de que no fuiste tú antes de salir?
Elena comprobó los registros de hora de su propio teléfono.
—A esa hora estábamos en el coche de camino a Valdecastro. Yo no estaba delante de esta mesa.