La Chica del Pantano CAPÍTULO 12 #7
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CAPÍTULO 12 #7

Un silencio pesado se apoderó de la estancia.

Elena observó con detenimiento la estructura de la caja de madera.

Aunque el interior conservaba el olor a barniz antiguo, la capa fina de polvo que cubría los bordes exteriores de la tapa presentaba marcas de manipulación recientes: dos franjas limpias donde unos dedos habían sujetado el borde para levantar la cubierta sin hacer ruido.

Alguien había entrado en la casa de Clara recientemente, había localizado el escondite de la caja en el armario y se había llevado el cuaderno negro de Marta, dejando el resto de los objetos para no alertar de inmediato a la familia.

—Yo no he tocado esta caja desde el fin de semana —murmuró Clara, llevándose las manos a la cara al advertir las marcas en la madera—. ¿Quién ha entrado aquí?

Elena comprendió que el peligro que las rodeaba era silencioso, quirúrgico y constante. Quienquiera que estuviera limpiando el rastro de la organización se movía con un conocimiento preciso de las conexiones familiares de las antiguas Ofelias.

—Clara —dijo Elena, buscando sostener la mirada de la mujer—. Tengo que decirle la verdad sobre el motivo de nuestra visita. Mi hermana era Alba. Murió hace unas semanas mientras intentaba sacar a la luz la verdad sobre el club de Darío.

Clara se quedó completamente helada, dando un paso atrás. —¿Alba? ¿La chica periodísta que estuvo preguntando en el pueblo hace meses?

Elena asintió en silencio. Clara comprendió de golpe la verdadera dimensión de la presencia de sus visitantes. —Entonces la historia no terminó cuando Marta se fue... Han vuelto a empezar.

—Si Alba fue eliminada por acercarse a la estructura y nosotros estamos aquí hoy —dijo Elena—, significa que alguien sabe que hemos encontrado el mismo hilo.

—Marta sabía quién estaba detrás de todo —afirmó Clara con los ojos empañados—. Ella conocía el nombre de la persona que dirigía a Darío.

—¿Dónde está Marta ahora, Clara? —preguntó Elena con máxima seriedad.

Clara sacudió la cabeza con desesperación. —Eso es lo que he intentado averiguar durante todos estos años. Me juró que me llamaría desde su nuevo destino, pero jamás volví a saber de ella.

Al recoger las fotografías familiares para devolverlas a la caja, Elena se percató de que en el reverso de una de las tomas donde Marta posaba en solitario figuraba una fecha escrita a lápiz y una ubicación precisa redactada con letra minúscula: Pantano de la Sombra. Sector Norte.

La fecha era tres meses posterior a la salida oficial de Marta del club, coincidiendo de forma exacta con uno de los primeros registros de observación que Alba había anotado en su diario personal. Marta había regresado al pantano mucho tiempo después de que la hubieran marcado como «Retirar» .

Elena mostró la anotación posterior a Martín. —Estuvo en el pantano cuando se suponía que ya había abandonado la comarca. Tenemos que ir a revisar esa zona del Sector Norte hoy mismo.

Martín contempló la dirección anotada en la foto y negó rotundamente con la cabeza. —No, Elena.

Elena lo miró con sorpresa. —¿Por qué no? Es la primera localización física concreta que tenemos conectada con la número siete.

—Porque haber encontrado esa anotación en la única foto que nos han dejado en la caja, justo después de que alguien se haya llevado el cuaderno negro, no es una casualidad —sentenció Martín con gravedad—. Es exactamente lo que esa persona quiere que hagamos. Nos están marcando la ruta paso a paso.

Elena volvió a mirar el reverso de la imagen, sintiendo la helada incertidumbre de no saber si la dirección en el pantano representaba la clave para resolver el misterio de la número siete o la entrada a una trampa perfectamente diseñada para ellos.

La advertencia

En el interior de la casa de Clara, el aire parecía haberse congelado tras el hallazgo de la anotación en el reverso de la fotografía.

Elena sostenía la imagen por los bordes, con la mirada fija en los trazos a lápiz que situaban a Marta Valdés en el Sector Norte del pantano de la Sombra.

La fecha coincidía, con una precisión inquietante, con los días en que Alba comenzó a redactar las primeras entradas de su diario de campo sobre las reuniones nocturnas.

—Tenemos que volver al pantano —dijo Elena, rompiendo el silencio con una determinación glacial—. Esta fecha demuestra que Marta no se limitó a desaparecer tras su expulsión. Estuvo allí. Si Alba anotó ese mismo tramo cronológico, en esa caseta tiene que quedar algún rastro de lo que ocurrió.

Martín, que permanecía junto a la puerta del salón observando la calle a través del visillo, se giró despacio y negó con la cabeza.

—No, Elena. No vamos a ir al pantano.

—Es la única localización física concreta que conecta a Marta con la investigación de mi hermana —insistió ella, guardando la fotografía en el bolsillo interior de su chaqueta—. No podemos ignorar una dirección exacta.

—Si alguien dejó esa fotografía en la caja para que la encontráramos, no es porque quiera que descubramos qué ocurrió allí —argumentó Martín, alzando levemente la voz para imponer cordura—.

Quienquiera que haya abierto esa caja recientemente ha seleccionado qué llevarse y qué dejar.

Se han llevado el cuaderno negro y nos han dejado una fotografía con una dirección en el reverso.

Quizá no quieren que investigues el pasado, Elena.

Quizá lo único que quieren es que vayas a esa caseta.

Elena apretó los labios, sintiendo el peso del razonamiento del expolicía. Sabía que la lógica de Martín era impecable, pero la sola idea de detenerse en ese punto le resultaba insoportable.

—Reconozco que puede ser una maniobra —admitió Elena, bajando el tono—. Pero tampoco podemos quedarnos inmóviles. Si esa dirección es real, ahí dentro puede haber una prueba que explique por qué ordenaron «No localizar» a la número siete.

—O puede ser el lugar idóneo para aislarte —replicó Martín, dando un paso hacia ella—. El pantano está desierto a partir del atardecer. Si alguien te está tejiendo una red, el Sector Norte es el escenario perfecto.

—Alba estuvo allí, Martín —recordó Elena, con una chispa de amargura en la voz—. Mi hermana no se echó atrás cuando las pistas empezaron a volverse oscuras. Y murió precisamente después de comenzar a indagar sobre las mujeres que habían dejado de acudir a las lecturas de Darío.

—¿Y realmente crees que existe una relación directa entre las bajas del club y lo que le ocurrió a Alba? —preguntó Martín, mirándola fijamente a los ojos—. ¿O estás uniendo puntos dispersos porque necesitas encontrar una explicación racional a su muerte?

Elena guardó silencio unos segundos. Contempló las paredes sobrias del salón de Clara, donde la historia de otra hermana ausente había quedado suspendida durante años bajo el polvo.

—Ya no puedo creer en coincidencias aisladas —contestó Elena con voz firme—.

Hay demasiadas. El taller de creación. Las fichas de evaluación.

Las mujeres clasificadas como si fueran material descartable.

La mujer desconocida que observaba desde la sombra.

Marta. El pantano. Y ahora, alguien que ha entrado en esta casa hace solo unos días para llevarse el único cuaderno con nombres propios.

—¿Qué crees que contenía ese cuaderno negro que Clara vio en la caja? —preguntó Martín.

—Los nombres que alguien necesitaba borrar antes de que llegáramos nosotros —respondió Elena—. La lista real de las personas que siguen vinculadas a la estructura de Darío.

—¿Y si esa persona no solo está borrando rastros, sino que sigue buscando a las que faltan? —lanzó Martín en el aire.

Elena no respondió. El silencio se instaló entre ambos, denso y cargado de una sospecha que ninguno de los dos quería articular en voz alta.

—No iremos al pantano esta tarde —decidió finalmente Elena, cediendo ante la prudencia—. Primero necesitamos averiguar exactamente qué ocurrió en esa fecha concreta y quién era Marta antes de que su rastro fuera borrado de los registros públicos. Regresemos a San Telmo.

Abandonaron la vivienda de Clara tras pedirle que mantuviera la calma y que cerrara la propiedad con doble vuelta de llave.

El regreso por la comarcal hacia San Telmo se desarrolló bajo una atmósfera de tensión contenida.

Elena no podía evitar mirar con frecuencia por el espejo retrovisor lateral, atenta al tráfico escaso que los seguía.

No se trataba de una paranoia descontrolada, sino de un ejercicio metódico de observación.

Un utilitario oscuro apareció dos veces detrás de ellos tras cruzar una rotonda secundaria.

Más adelante, al incorporarse al tramo urbano, una motocicleta permaneció a una distancia constante de tres vehículos durante cuatro travesías completas antes de desviarse hacia el puerto.

—Puede ser tráfico habitual de mediodía —comentó Martín al notar la rigidez en la postura de Elena.

—Eso es lo que siempre pensamos al principio para tranquilizarnos —respondió Elena sin apartar la vista del cristal—. Hasta que nos damos cuenta de que el azar no es tan repetitivo.

Llegaron al lugar donde Elena había establecido su centro de trabajo provisional: un pequeño despacho alquilado a nombre de su sociedad editorial en un edificio de oficinas sobrio del centro de San Telmo.

Era un espacio impersonal, sin rótulos llamativos, equipado con una mesa de trabajo, un ordenador portátil sin conexión permanente a la red pública, carpetas de archivo y varias amplificaciones fotográficas sujetas con pinzas sobre un panel de corcho.

Elena encendió el equipo y abrió el expediente central de la investigación, el mismo directorio donde Alba había anotado la secuencia inicial: Pantano de la Sombra. Ritual. Nuevas integrantes. Caseta. Vehículo. Sofía.

En la columna paralela, Elena fue añadiendo los nuevos conceptos descubiertos durante la jornada: Marta. Número siete. Observadora. No localizar. Tras dudar un instante, tecleó una última palabra en el esquema: Cuaderno.