CAPÍTULO 12 #6
—Mira esto —dijo Elena, mostrando la pantalla a Martín—. Coincidencia de apellido en una localidad cercana.
—Podría ser una coincidencia común —comentó Martín—. Valdés no es un apellido infrecuente en la zona.
—Pero la fecha de la publicación es posterior a la salida de Marta del club, y el ámbito sigue siendo el de la gestión cultural —argumentó Elena—. Si Marta quería cortar lazos con San Telmo pero no sabía hacer otra cosa que organizar eventos, es muy probable que recurriera a un familiar directo.
Un rastreo rápido sobre la identidad de Clara Valdés arrojó un resultado concreto: trabajaba como coordinadora de actividades en el Centro Cultural La Garita , una institución pública pequeña ubicada en un municipio limítrofe.
Sin perder tiempo, Elena y Martín recogieron el equipo, pagaron los cafés y se dirigieron hacia el coche de Martín.
Durante el trayecto de veinte minutos por la carretera comarcal que serpenteaba entre las colinas, Elena mantuvo en la pantalla de su teléfono la fotografía de la ficha de Marta, observando los rasgos de la joven en la pequeña imagen de carné adjunta.
—¿Qué estás buscando en esa foto? —preguntó Martín sin apartar la vista del asfalto.
—Algún detalle que se me haya pasado por alto —confesó Elena—. Una marca, una joya, una mirada. Algo que me dé la certeza absoluta de que no estamos perdiendo el tiempo siguiendo una pista falsa que alguien ha puesto en nuestro camino.
—Esa seguridad no existe en este tipo de investigación, Elena —respondió Martín con tono sereno pero distante—. Buscar garantías antes de dar un paso es el camino más rápido para paralizarse.
Elena se quedó mirando el paisaje gris que se desplegaba al otro lado de la ventanilla. —Mi hermana tampoco tenía certezas absolutas, y aun así avanzó hasta el final.
Llegaron al Centro Cultural La Garita , un edificio de arquitectura funcional, de hormigón y cristal, situado a la entrada del pueblo.
El vestíbulo principal estaba tranquilo; un par de carteles anunciaban talleres de pintura y conferencias locales.
Tras consultar en la recepción, los dirigieron hacia una oficina acristalada del fondo del pasillo.
Clara Valdés estaba sentada tras un escritorio repleto de carpetas y folletos impresos.
Era una mujer de unos cincuenta años, de rostro afable pero surcado por líneas de cansancio, con el pelo castaño recogido en un moño informal.
Se levantó al verlos entrar, mostrando una cortesía profesional que cambió de forma sutil cuando Elena pronunció el nombre de su hermana.
—Buenos días, Clara —comenzó Elena con tono pausado, mostrando una credencial de identificación neutra—.
Siento molestarla en su horario de trabajo.
Mi nombre es Elena y me acompaña Martín.
Estamos recopilando documentación sobre las actividades de los talleres literarios que se celebraron en San Telmo hace unos años.
Queríamos preguntarle si conoció a Marta Valdés.
Clara se quedó inmóvil junto a la mesa. Tardó varios segundos en responder, evaluando el aspecto y la actitud de sus visitantes con una desconfianza creciente.
—¿Por qué vienen a preguntarme a mí por Marta después de tanto tiempo? —inquirió Clara, bajando ligeramente la voz.
—Estamos intentando reconstruir el historial de participantes de aquellas reuniones —explicó Elena, midiendo cada palabra—. Su nombre figuraba en los registros de la librería de Darío.
Al escuchar el nombre del librero, Clara dejó escapar un suspiro pesado y se dejó caer de nuevo en su silla, señalando con un gesto dos asientos frente al escritorio.
—Pensé que nadie volvería a pronunciar ese nombre en esta comarca —dijo Clara, cruzando las manos sobre la mesa—. Las Ofelias.
Elena y Martín intercambiaron una mirada rápida antes de que Elena volviera a tomar la palabra. —¿Conoció usted directamente la experiencia de Marta dentro de ese grupo?
—Marta era mi hermana menor —respondió Clara con la voz teñida de una amargura añeja—. Y entrar en ese taller fue lo peor que le pudo pasar en la vida.
—¿Qué ocurrió exactamente? —preguntó Martín, tomando la iniciativa.
—Al principio estaba fascinada —relató Clara, mirando hacia el ventanal de la oficina—.
Marta había pasado por una separación muy dura y estaba atravesando una crisis personal profunda.
Cuando encontró la librería de Darío, creyó haber hallado un espacio de refugio.
Él la hacía sentirse especial. Le decía que poseía una sensibilidad poética superior a la de las demás, que tenía un talento natural que solo él sabía ver.
—La dinámica habitual de captación —murmuró Martín.
—Sí —asintió Clara con tristeza—. Pero al cabo de unos meses, la fascinación se convirtió en otra cosa. Marta empezó a cambiar. Se volvió reservada, dejó de llamarme y cada vez que nos veíamos parecía aterrorizada.
—¿Tenía miedo de Darío? —preguntó Elena, inclinándose hacia delante.
—Eso es lo más extraño de todo —negó Clara, sacudiendo la cabeza—. No. Cuando hablé con ella por última vez, me juró que el problema no era Darío. Me dijo literalmente: «Hay alguien que nos observa incluso cuando Darío no está en la sala» .
La declaración hizo que Elena sintiera una ligera descarga de adrenalina en la nuca. —¿Llegó a describir a esa persona? ¿Mencionó si se trataba de una mujer?
Clara miró a Martín con extrañeza. —¿Por qué me pregunta eso con tanta precisión?
Sin responder verbalmente, Elena sacó su teléfono y le mostró la fotografía de la mujer desconocida que habían extraído de los archivos de Alba.
Clara tomó el terminal con manos temblorosas y examinó el rostro anguloso iluminado en la pantalla.
Aunque no pareció reconocerla de inmediato con una identificación categórica, la rigidez de sus facciones delató una reacción instintiva.
—La he visto antes —dijo Clara en un susurro—.
No en el pueblo, sino en una ocasión en que fui a buscar a mi hermana a la trastienda de la librería.
Salió de un despacho privado junto a Darío.
Cuando le pregunté a Marta quién era esa mujer que caminaba detrás de él, Marta se puso pálida y me dijo que no volviera a sacar el tema jamás.
—¿Qué pasó después de esa reunión? —inquirió Elena.
—Semanas más tarde, Marta me llamó para decirme que abandonaba el club y que se marchaba de la comarca —explicó Clara—.
Pasó por mi casa a toda prisa, me dejó una caja pequeña de madera y me pidió que no la abriera a menos que ella me lo indicara expresamente o que alguien viniera a preguntar por ella tras muchos años.
—¿Conserva usted esa caja? —preguntó Martín, manteniendo la voz firme.
Clara dudó durante unos instantes, mirando hacia la puerta de la oficina como si temiera ser escuchada por el personal del centro cultural. —La tengo guardada en mi casa. Pero me hizo prometer que no confiaría en nadie que tuviera relación con el entorno de la librería.
—Nosotros no pertenecemos a la librería, Clara —dijo Elena con suavidad—. Mi hermana Alba estuvo investigando exactamente lo mismo que le ocurrió a Marta, y pagó un precio muy alto por ello. Necesitamos ver qué hay en esa caja.
Antes de levantarse de la silla, Clara las miró a los dos y añadió una última confidencia que parecía haber guardado en secreto durante años. —Marta me dejó una nota corta junto a la caja. Decía: «Si algún día preguntan por mí, no digas que desaparecí. Di simplemente que me fui» .
—¿Por qué querría dejar una instrucción así? —preguntó Elena, sintiendo un escalofrío.
—Porque quería que todo el mundo pensara que había sido una decisión voluntaria y meditada —respondió Clara—. Quería protegerse. O tal vez quería protegernos a nosotros.
Quince minutos después, Elena y Martín acompañaban a Clara hasta su domicilio, una casa unifamiliar sencilla situada en las afueras de la localidad. La vivienda era modesta, sobria y sin ningún alarde decorativo. Clara los hizo pasar al salón y se dirigió directamente al dormitorio principal.
Tras unos minutos de espera amenizados únicamente por el tictac de un reloj de pared, Clara regresó al salón con una caja pequeña de madera barnizada en las manos. Parecía algo desorientada.
—Estaba al fondo del armario, tras unas mantas antiguas —explicó Clara, colocando el recipiente sobre la mesa de centro—. Aunque juraría que la había dejado en un estante superior la última vez que hice limpieza.
La caja no poseía cerradura ni candado. Al levantar la tapa, aparecieron varios objetos personales pertenecientes a Marta: un par de fotografías familiares antiguas, una pulsera de tela deshilachada, un cuaderno de notas pequeño y un sobre de papel blanco sin sellar.
—Jamás abrí este sobre —confesó Clara—. Respeté la voluntad de mi hermana hasta hoy.
Elena tomó el sobre con cuidado y extrajo la única hoja manuscrita que albergaba en su interior.
No contenía una explicación detallada del funcionamiento del taller ni revelaba identidades concretas.
Albergaba únicamente una advertencia directa redactada con trazo apresurado: «No busques a las que se fueron. Busca a las que todavía siguen allí.»
Elena leyó la frase dos veces en voz alta. —¿A qué se refiere con «las que todavía siguen allí»? —preguntó Martín.
—No lo sé —admitió Clara—. Pero Marta tenía un registro propio. No era una lista de las chicas que acudían a las lecturas, sino de personas que continuaban vinculadas a la estructura de Darío desde la sombra. Lo anotaba todo en un cuaderno negro de tapas duras.
—¿Dónde está ese cuaderno? —preguntó Elena, buscando con la vista dentro del cajetín de madera.
Clara comenzó a remover los objetos personales de la caja con creciente nerviosismo. —Debería estar aquí... Yo misma lo vi junto al sobre la última vez que revisé la caja.
—¿Cuándo fue esa última vez? —inquirió Martín, dando un paso hacia la mesa.
—Hace apenas tres o cuatro días —respondió Clara, con la voz comenzando a temblar—. Cuando cambié la ropa de temporada del armario. El cuaderno negro estaba aquí dentro.