La Chica del Pantano CAPÍTULO 12 #5
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CAPÍTULO 12 #5

—¿Y si era ella quien realmente tomaba las decisiones finales sobre quién continuaba en el club? —lanzó Elena al aire.

—No tenemos pruebas directas que sostengan esa afirmación, Elena —la frenó Martín con tono medido—. Solo tenemos una serie de coincidencias cronológicas y unas iniciales en un papel.

—Mi hermana también empezó trabajando sobre coincidencias como estas —replicó Elena, bajando la voz.

—Y terminó muerta —sentenció Martín.

La dureza de las palabras cayó como un golpe helado sobre la mesa.

Elena bajó la mirada hacia el teclado, sintiendo una punzada de dolor en el pecho.

La advertencia de Martín no buscaba ser cruel, sino recordarle la naturaleza del peligro real que las rodeaba.

Elena respiró hondo, cerró los ojos durante unos segundos para recuperar el eje y volvió a centrar su atención en la pantalla.

Seleccionó un expediente individual perteneciente a una mujer que había abandonado San Telmo cuatro años atrás.

La ficha contenía una serie de anotaciones metódicas sobre su perfil psicológico: Muy influenciable...

Problemas familiares no resueltos... Alta necesidad de reconocimiento externo... Apta para continuar.

Elena sintió una mezcla de asco y rechazo al leer aquellas líneas. —Las estudiaban como si fueran cobayas en un laboratorio.

—Sí —asintió Martín—. Cartografiaban sus debilidades para utilizarlas en el momento preciso.

—Es inhumano —murmuró Elena—. ¿Cómo podían prestarse a esto?

Pasó a la ficha siguiente. Correspondía a otra de las alumnas del primer grupo: Resistencia elevada al discurso del grupo... Actitud de desconfianza ante las dinámicas... No recomendable... Retirar.

Elena cerró los ojos un instante. Ahora comprendía el motivo por el cual algunas mujeres dejaban de acudir a las reuniones de un día para otro.

No se trataba siempre de una decisión personal motivada por el desencanto; en muchos casos habían sido descartadas de forma sistemática por la propia organización al detectar que no eran fácilmente manipulables.

—¿Qué hacemos con toda esta información? —preguntó Martín, cruzando las manos sobre la mesa.

—Tenemos que localizar a alguna de las mujeres que figuran en esta lista con la indicación de descartadas —dijo Elena—. Alguien que nos pueda explicar qué ocurrió exactamente el día que le dijeron que no volviera al taller.

—Para saber si las expulsaban sin más o si las sometían a algún tipo de presión posterior —asintió el detective.

Elena preparó la cámara para realizar una última captura de alta resolución del expediente cuando su teléfono móvil, depositado sobre la mesa junto al teclado, comenzó a vibrar de forma continua.

Elena y Martín miraron la pantalla al mismo tiempo. El identificador mostraba una entrada de mensaje de texto procedentes del número de Laura.

Elena desbloqueó el terminal con rapidez. El primer mensaje constaba de una única frase: «No vayáis al archivo mañana.»

Elena se quedó mirando el texto sin comprender. Martín se inclinó hacia ella. —¿Qué dice?

Antes de que Elena pudiera responder, la pantalla se iluminó con una segunda notificación consecutiva del mismo remitente: «Ya no estáis solos.»

Un segundo después, entró un tercer y último mensaje: «Buscad a la número siete.»

Elena sintió que la respiración se le cortaba en el acto. —¿Quién es la número siete? —preguntó Elena en un susurro, mirando a Martín.

Martín tomó el portátil, abrió el folio digitalizado donde figuraban los listados numerados de las integrantes del club y comenzó a contar los renglones con el dedo desde la cabecera del documento: —Uno... dos... tres... cuatro... cinco... seis... siete.

El expolicía se detuvo en el renglón correspondiente a la séptima casilla.

El nombre de la mujer aparecía subrayado con una doble traza de tinta roja.

Sin embargo, justo debajo del nombre, oculto tras el margen de la encuadernación, figuraba un texto manuscrito que no habían advertido durante la primera revisión rápida en la biblioteca: «No localizar. »

Elena levantó la vista de la pantalla del portátil y fijó sus ojos en los de Martín. —Creo que acabamos de encontrar nuestro siguiente objetivo.

Martín observó el nombre marcado en rojo y la advertencia adjunta antes de cerrar ligeramente la tapa del ordenador. —O la siguiente trampa que han preparado para nosotros.

Elena guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo y desconectó la memoria blindada de la ranura. —En ese caso, tendremos que ir a comprobarlo antes de que sea demasiado tarde.

La número siete

Elena mantuvo el teléfono móvil sobre la mesa de la cafetería, con la pantalla aún iluminada por el último mensaje recibido: «Buscad a la número siete» .

Junto al terminal, la pantalla del ordenador mostraba la imagen congelada del expediente digitalizado donde figuraba la casilla de la séptima integrante del club.

El nombre impreso, marcado con tinta roja, venía acompañado por una instrucción manuscrita que chocaba de lleno con el aviso de Laura: «No localizar» .

Elena contempló ambas frases en silencio, sintiendo la fricción de una paradoja calculada. Una orden exigía iniciar el rastreo; la otra, plasmada años atrás en las fichas del taller, prohibía tajantemente cualquier intento de aproximación.

—Es una contradicción demasiado evidente para ser casual —dijo Elena, rompiendo el silencio mientras se llevaba la mano al cuello del abrigo—.

Por un lado, la persona que maneja el teléfono de Laura nos empuja directamente hacia ella.

Por otro, la ficha del club la clasifica como alguien que debía quedar fuera de todo contacto.

—Eso si asumimos que ese mensaje procede realmente de Laura —advirtió Martín, cruzándose de brazos y fijando su vista en la pantalla del teléfono—.

No hemos escuchado su voz desde ayer tarde.

El hecho de que el texto llegue desde su número de siempre solo demuestra una cosa: ese terminal está en manos de alguien que sabe exactamente qué estamos buscando.

—O demuestra que Laura ha tenido que esconderse y está utilizando el único canal que no pueden interceptar sin alertarnos —replicó Elena, buscando la mirada del expolicía—.

Si quisieran tenderos una trampa rápida, nos habrían citado en una ubicación física, no nos habrían dado la clave de un expediente que acabamos de fotografiar en la biblioteca.

—O precisamente sabían que habíamos encontrado el libro —insistió Martín con frialdad—. Te recuerdo que la tercera intromisión en tu disco duro ocurrió hace horas. Saben que tenemos la lista. Enviarte el número siete es la forma más rápida de dirigir nuestros siguientes pasos sin exponerse ellos.

—O las dos cosas son ciertas —concluyó Elena en voz baja—. Quien nos envió el texto conoce la lista, pero también sabe que en la séptima casilla hay un hilo del que Alba no tuvo tiempo de tirar.

Elena regresó a la imagen del documento digitalizado.

El nombre completo de la séptima integrante figuraba con una caligrafía sobria: Marta Valdés.

La ficha contenía apenas cuatro datos básicos: veinticuatro años en el momento de su ingreso, fecha de incorporación a las lecturas de San Telmo, fecha de su primera asistencia a las reuniones del pantano y, finalmente, la palabra «Retirar» trazada con tinta densa, seguida de la anotación «No localizar» .

—¿Qué significa exactamente ese «No localizar»? —preguntó Elena, señalando el margen del folio—. En las fichas de otras integrantes descartadas ponían «Expulsión» o simplemente la fecha de baja. Con Marta hay una orden explícita de no buscarla.

—Puede significar que la ruptura con el club fue tan conflictiva que Darío prefirió cortar cualquier vínculo para evitar denuncias —sugirió Martín—. O que la propia organización la reubicó y fijó esa directriz para que ninguna de las otras chicas intentara llamarla.

—No parece una nota administrativa habitual —insistió Elena, observando el trazo—. La inclinación de la letra y la presión del bolígrafo son distintas a las del resto de la página. Es una instrucción redactada para quien tuviera acceso a la carpeta.

Martín sacó su propio teléfono y abrió una red privada de consulta de datos abiertos. —Vamos a comprobar qué rastro público dejó Marta Valdés tras su paso por el club. Sin cruzar líneas ilegales ni activar alarmas informáticas.

Durante quince minutos, ambos rastrearon registros civiles abiertos, boletines culturales antiguos, archivos de prensa regional y bases de datos de asociaciones profesionales.

El resultado fue un vacío casi absoluto.

Marta Valdés figuraba como firma colaboradora en dos certámenes de poesía joven celebrados en San Telmo hacía una década.

Después de esa fecha, su nombre desaparecía por completo de las publicaciones locales.

No constaban partidas de defunción, ni licencias de actividad comercial, ni cambio de domicilio registrado a su nombre en la provincia.

—Es como si hubiera dejado de existir a partir del momento en que escribieron esa orden en su ficha —murmuró Elena, apartando la vista de la pantalla.

—Eso es exactamente lo mismo que ocurrió con Natalia y con un par de mujeres más de la primera etapa —recordó Martín—. Una vez que la estructura del club las descartaba, su entorno social se diluía.

—Pero no todas sufrieron el mismo destino —puntualizó Elena con firmeza—. No podemos asumir por inercia que cada mujer que salió del taller fue víctima de una agresión. Algunas simplemente huyeron, se cambiaron el nombre orehicieron su vida lejos de aquí.

Elena continuó filtrando las búsquedas combinando el nombre de Marta con términos culturales de localidades vecinas.

En un boletín digitalizado de una asociación artística de Valdecastro —un municipio ficticio situado a quince kilómetros de San Telmo—, encontró una breve reseña de una exposición pictórica de hace seis años.

En los créditos de organización figuraba un correo electrónico en desuso y un nombre de contacto: Clara Valdés.