CAPÍTULO 12 #4
Elena se quedó pensando en la dinámica del taller, en las confesiones que Laura les había hecho durante su encuentro en la cafetería. Recordó una frase exacta que la mujer había pronunciado con voz temblorosa: «Darío utilizaba lo que nosotras mismas le contábamos en las sesiones de escritura» .
Elena volvió a los archivos raíz de Alba y abrió la carpeta que contenía las fotografías tomadas de estrangis en el interior de la librería.
Pasó varios fotogramas hasta dar con una serie de tomas realizadas durante los seminarios vespertinos.
En la mayoría se apreciaba a las alumnas sentadas en semicírculo, con libretas sobre las rodillas.
Sobre la mesa auxiliar de Darío descansaban varias carpetas clasificadoras de color azul oscuro.
En una de las fotos, tomada con un ángulo picado desde la estantería superior, una de las carpetas permanecía abierta frente a la silla del profesor.
Elena seleccionó la cuadrícula, recortó la sección de la mesa y aplicó un filtro básico para corregir el contraste y la aberración cromática del objetivo.
La imagen ganó algo de nitidez, aunque los bordes de la celulosa continuaban borrosos.
—¿Puedes enfocar el texto impreso en el encabezado? —preguntó Martín, acercándose aún más.
—No hay milagros tecnológicos con este tipo de archivo —advirtió Elena, ajustando la escala de grises—. Solo puedo reequilibrar la luz para que el trazo de la tinta destaque sobre el fondo.
Tras un par de ajustes, la estructura en columnas de la hoja se hizo visible.
La primera fila del impreso mostraba un término en tipografía mayúscula: PERFIL.
Debajo, organizadas en apartados bien delimitados, se leían palabras fragmentadas por los dobleces del papel: Familia...
Relaciones... Vulnerabilidad... Confianza... Respuesta al grupo...
Elena contempló la pantalla con una sensación amarga en la garganta. —Esto no tiene nada que ver con un taller de creación literaria.
—No —coincidió Martín con dureza.
—Es un análisis de vulnerabilidad. Una evaluación psicológica en regla.
Martín negó levemente con la cabeza, manteniendo la vista fija en los conceptos desglosados en el documento. —Es más que eso, Elena. Una evaluación psicológica busca diagnosticar un estado o tratar una dolencia.
Elena lo miró directamente a los ojos. —¿A qué te refieres?
—A que no da la impresión de que quisieran saber cómo eran estas mujeres para ayudarlas o guiarlas en la escritura —explicó el expolicía, señalando la casilla de «Respuesta al grupo» —.
Da la impresión de que querían cartografiar sus puntos débiles para saber exactamente cómo influir sobre ellas, qué resortes accionar para lograr su sumisión.
La frase quedó suspendida entre los dos, espesa como la humareda de café que subía de las tazas.
Elena regresó a la fotografía y deslizó el encuadre hacia el margen derecho de la carpeta.
Allí figuraba una última columna, parcialmente tapada por la mano de Darío, que sostenía una pluma estilográfica sobre la mesa.
De la palabra de encabezado solo se alcanzaban a ver las cuatro primeras letras: ACCES...
—¿Acceso a qué? —preguntó Elena en voz alta—. ¿A las lecturas avanzadas? ¿A los manuscritos privados?
—Acceso a la siguiente fase —respondió Martín.
Las piezas encajaban de manera implacable con el texto descubierto horas antes en el archivo de la biblioteca: «La selección comienza antes del agua» .
Las mujeres que terminaban acudiendo al ritual nocturno en el pantano de la Sombra no llegaban allí por azar ni por una afinidad poética espontánea.
Primero eran observadas en las sesiones públicas, después eran evaluadas en sus carencias personales, clasificadas en fichas metódicas y, finalmente, solo un grupo muy reducido recibía el pase a la estructura interna.
—¿Y qué crees que ocurría con las mujeres que eran marcadas como «Retirar»? —preguntó Elena, sintiendo un escalofrío por la espalda.
—No tenemos datos para saberlo —contestó Martín con cautela.
—Pero muchas desaparecían —insistió ella.
—Hay que ser precisos, Elena —la corrigió Martín, sosteniéndole la mirada—. Algunas dejaban de acudir al club y borraban su rastro de San Telmo. No es lo mismo desaparecer voluntariamente de un entorno que sufrir una agresión.
Elena asintió despacio, encajando el matiz.
Era vital no saltar a conclusiones infundadas que pudieran desviar la lógica de la investigación.
El hecho de que una mujer fuera descartada por la organización no implicaba automáticamente un trágico final, pero la tasa de abandonos drásticos entre las integrantes descartadas resultaba demasiado elevada para tratarse de una mera casualidad.
Elena abrió el cuadro de búsqueda del archivo y tecleó el nombre de Natalia, la joven cuyo testimonio parcial figuraba en los diarios de su hermana.
El nombre apareció en el tercer folio del catálogo antiguo. Junto a la casilla de su identidad figuraba una fecha de hace tres años y una anotación realizada con un trazo firme: «Continuar» .
Elena se quedó inmóvil contemplando la línea. —Natalia estaba aprobada. Entró en el círculo reducido.
—Eso encaja con lo que descubrió tu hermana —comentó Martín—. Formaba parte de las ceremonias del pantano.
Elena tecleó a continuación el nombre de Sofía, la última mujer que se había vinculado al entorno de la librería antes de la muerte de Alba. Recorrió la lista completa desde el primer renglón hasta el final del folio. El nombre no figuraba en ninguna de las entradas.
Elena frunce el ceño, repasando los renglones por segunda vez. —Esto no tiene lógica, Martín. Sofía ya había participado al menos en una de las reuniones nocturnas del pantano. Si la lista registra a las seleccionadas, su nombre debería estar aquí.
—Tal vez este folio se redactó antes de que Sofía se incorporara al taller —sugirió él.
—Imposible —desmintió Elena, mostrando los metadatos de la fotografía de la carpeta—. La fecha de creación de este registro es tres meses posterior a la primera visita de Sofía a San Telmo.
Martín se acercó más a la pantalla, examinando la composición del documento. —Entonces alguien decidió deliberadamente que su nombre no figurase en el listado general.
—O todavía no habían determinado qué hacer con ella —añadió Elena, recordando la etiqueta que figuraba en otros folios.
Volvió a revisar el renglón correspondiente al margen inferior de la hoja.
En el espacio en blanco donde por cronología debería haber figurado la ficha de Sofía, no había ningún nombre escrito, pero sí una pequeña marca realizada a lápiz: una cruz equilátera y, justo debajo, una inicial trazada con un trazo rápido: D.
—¿Darío? —preguntó Martín.
Elena no respondió inmediatamente. No quería asumir nada por inercia, pero la grafía de la letra D coincidía con las firmas estampadas en las dedicatorias de los libros que conservaba en su casa.
—Es la caligrafía de Darío —admitió Elena finalmente—. Pero tenemos que comprobar si esa misma inicial aparece en el resto de las fichas del archivo.
Siguió desplazando la imagen por las distintas páginas del expediente.
La inicial D. se repetía al pie de varios informes de evaluación.
Sin embargo, no era la única marca presente.
En al menos cuatro de los expedientes aparecía una segunda inicial realizada con tinta negra: M.
Y en dos fichas concretas, situadas en el tramo más antiguo del registro, figuraba una tercera letra trazada con un estilo completamente diferente: una O mayúscula estilizada.
—¿Quién es M? —preguntó Elena, señalando la segunda letra—. Podría ser cualquiera de los colaboradores habituales de la librería.
—O alguien externo —dijo Martín—. ¿Y esa tercera marca?
Elena tocó la pantalla sobre la inicial O. —No me suena de nada de lo que he leído hasta ahora en las notas de mi hermana.
Recordó en ese instante las palabras pronunciadas por Laura al referirse a la estructura del taller: «Darío tampoco estaba solo» . La hipótesis de una gestión compartida de la información privada de las alumnas dejaba de ser una conjetura para convertirse en una evidencia física.
Elena inició una búsqueda por campos dentro de las notas de texto de Alba, introduciendo la inicial O como filtro. Tras un par de segundos, el sistema arrojó una coincidencia en un archivo de notas marginales. La letra aparecía asociada a una única palabra descriptiva: «Observadora» .
Elena leyó la palabra dos veces en voz alta. —Aquí hay alguien que no interviene en las sesiones públicas.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Martín.
—Que había una persona encargada de evaluar a las candidatas antes de que Darío tomara la decisión formal de marcarlas como «Continuar» o «Retirar» —explicó Elena, atando cabos con rapidez—. Alguien que permanecía en un segundo plano.
Martín la miró fijamente. —¿La mujer de la fotografía?
Elena guardó silencio, pero la deducción resultaba aplastante.
Abrió en una nueva ventana la imagen de la mujer de rostro anguloso y la colocó al lado de la ficha marcada con la inicial O.
Las fechas de toma de la fotografía y la redacción del informe de evaluación coincidían dentro de la misma semana.
—No era una invitada ni una simple admiradora de la obra de Darío —afirmó Elena con voz firme—. Era la observadora asignada para el control del grupo.
—Eso explicaría por qué su figura aparece en las imágenes antiguas de la caseta y también en las reuniones más recientes —añadió Martín—. Su función dentro de la estructura no cambió con el paso de los años.
Elena continuó revisando los archivos adjuntos a esa ficha. En la parte posterior del informe encontró una frase corta escrita a máquina: «No participa. No figura» .
—Eso aclara por qué su nombre no aparece en ninguna de las listas oficiales de las veintitrés Ofelias —dijo Elena—. Nunca fue una integrante del taller. No estaba allí para ser evaluada.