La Chica del Pantano CAPÍTULO 12 #3
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CAPÍTULO 12 #3

—Sí —asintió Elena, sintiendo cómo las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar de forma aterradora—. Ella era la responsable de clasificar quién continuaba y quién debía ser retirada.

—¿Qué hacemos con estos documentos? —preguntó Martín—. No podemos dejarlos aquí si alguien sabe que hemos bajado a buscar el libro.

Elena vaciló. Llevarse los originales significaba dejar un rastro evidente de sustracción en la biblioteca que podría poner sobre aviso a quienquiera que controlara el archivo. Dejarlos allí sin más implicaba arriesgarse a que fueran destruidos antes de volver a consultarlos.

—Voy a fotografiar cada página con máxima resolución —decidió Elena, ajustando la cámara de su teléfono móvil—.

Fotografía página por página, incluidos los márgenes y las frases borradas.

Después los guardaré directamente en la memoria blindada y dejaremos los originales exactamente como los encontramos.

Elena ejecutó el proceso con rapidez metódica, capturando las tres hojas manuscritas, el sobre kraft y la fotografía doblada.

Una vez completado el volcado digital, guardó los documentos dentro del sobre, introdujo este en el pliegue del lomo del libro y devolvió el volumen a la balda inferior de la estantería, asegurándose de que no quedara ninguna marca visible de su manipulación.

Sin embargo, justo cuando iba a retirar la mano de la estantería, Elena advirtió una anotación manuscrita realizada directamente con tinta sobre la parte interior de la contraportada de madera del mueble, a la altura exacta donde se custodiaba el tomo.

No parecía una marca antigua de archivo; la tinta, de un color azul denso, conservaba un brillo fresco que sugería un trazo reciente.

Eran solo cuatro palabras escritas en letra imprenta: «Ella ya sabe quién eres.»

Elena se quedó petrificada, sintiendo un nudo ahogado en la garganta.

—¿Qué ocurre, Elena? —preguntó Martín, al advertir su inmovilidad.

Sin pronunciar palabra, Elena señaló con el dedo la inscripción en la madera. Martín se inclinó y leyó la frase en silencio. Un gesto de profunda gravedad se dibujó en su rostro.

—¿A quién se refiere con «ella»? —inquirió el detective en un susurro.

Elena miró la pantalla de su teléfono, donde aún permanecía abierta la fotografía ampliada de la mujer desconocida sosteniendo la carpeta de evaluaciones. —No lo sé con certeza —respondió Elena—. Pero esta vez la amenaza no va dirigida a la memoria de Alba. Va dirigida directamente a mí.

Comprendió en ese instante que la mujer del archivo no era simplemente un sujeto pasivo al que su hermana había investigado en el pasado.

Aquella mujer conocía la existencia de Alba, supo cuándo la joven periodista se acercó demasiado a la verdad y ahora estaba perfectamente al tanto de que Elena había tomado el relevo de la búsqueda.

Elena cerró el bolso, asegurando la memoria externa en el bolsillo interior, y miró a Martín. —Nos vamos. Ya tenemos lo que veníamos a buscar.

Salieron del depósito subterráneo y subieron la escalera de caracol.

Al cruzar el vestíbulo principal, la bibliotecaria los observó desde el mostrador sin decir nada, limitándose a asentir de forma leve mientras le devolvían la llave del pasillo.

En la sala de lectura, un par de ancianos continuaban leyendo el periódico en silencio y un estudiante pasaba las páginas de un manual sin levantar la vista.

Todo mantenía la apariencia de una rutina anodina y pacífica, pero Elena ya no podía percibir el lugar de la misma manera; el edificio albergaba en sus cimientos la estructura documental del control que había destruido la vida de su hermana.

Al cruzar la puerta principal y salir a la escalinata de la plaza, el aire frío de la mañana les dio de lleno en el rostro. Martín se detuvo junto a la balustrada de piedra.

—¿Volvemos a intentar contactar con Laura desde el coche? —preguntó él.

Elena sacó su teléfono del bolsillo y comprobó la pantalla. No había llamadas perdidas ni mensajes entrantes. —Laura no va a responder al teléfono, Martín. Tenemos que ir directamente a su casa en Aldealba.

Martín asintió en silencio, aceptando la urgencia de la decisión. Comenzaron a caminar cruzando la plaza hacia el aparcamiento. Elena guardó la memoria externa profundamente en el interior de su bolso, sintiendo el peso del dispositivo contra su costado.

Lo que ni Elena ni Martín advirtieron mientras descendían los peldaños de la biblioteca era que, en el extremo opuesto de la plaza, junto al portalón de una arcada comercial, una figura permanecía inmóvil observando cada uno de sus movimientos.

La presencia no realizó ningún gesto brusco ni intentó aproximarse; simplemente mantuvo la vista fija en la pareja durante unos segundos antes de darse la vuelta con calma y diluirse sin prisa entre los transeúntes de la mañana.

Las Fichas

La luz de la mañana seguía siendo plomiza cuando Elena y Martín cruzaron la plaza de San Telmo, dejando atrás la escalinata de la biblioteca municipal.

Ninguno de los dos hablaba demasiado; el peso de los documentos fotografiados y la incisión reciente de aquellas cuatro palabras descubiertas en la madera — «Ella ya sabe quién eres» — cubrían el trayecto de un silencio precavido.

Caminaban con el paso medido de quien se sabe observado, manteniendo las manos en los bolsillos y la vista atenta a los lados, sin dar muestras de prisa ni de pánico.

Elena llevaba la memoria externa apretada contra el costado, dentro del bolsillo interior del abrigo. Sentía la necesidad imperiosa de sentarse a examinar cada detalle de los pliegos antes de que el cansancio o la paranoia distorsionaran su capacidad de análisis.

—Necesitamos un sitio neutro —dijo Elena en voz baja, sin girar la cabeza hacia Martín—. Un sitio donde no llamemos la atención y podamos abrir el portátil sin que nadie mire por encima del hombro.

—Conozco un local en la calle paralela a la travesía del puerto —respondió Martín, acortando el paso para ponerse a su altura—. El Ancla . Es una cafetería antigua, de las que no atraen turistas. A esta hora solo suele haber un par de jubilados leyendo la prensa.

Caminaron dos travesías más hasta dar con el establecimiento.

Era un local modesto, de fachada de madera desgastada y ventanales cubiertos por cortinillas de visillo hasta media altura.

El interior olía a café tostado, vapor de leche y humedad acumulada.

Se ubicaron en una mesa redonda del fondo, esquinada junto a una columna de fábrica que los resguardaba de la puerta de entrada y del mostrador.

El camarero, un hombre mayor de ademanes lentos, les sirvió dos cafés solos sin hacer preguntas y regresó tras la barra.

Elena esperó a que el hombre se alejara para sacar el equipo. Conectó la unidad blindada al ordenador portátil, ajustó el brillo de la pantalla al mínimo posible y desplegó las capturas que acababan de realizar en el depósito subterráneo.

—Empieza por el primer folio —pidió Martín, inclinándose sobre el tablero de madera y apoyando los codos con la taza entre las manos.

Elena abrió la primera imagen. El listado de nombres manuscritos aparecía nítido, iluminado por la luz fría del monitor. A la derecha de cada identidad figuraban las fechas de ingreso y las breves directrices escritas con letra limpia y regular: «Continuar» , «Retirar» y «Pendiente» .

—¿Crees que eran simples decisiones organizativas para coordinar los grupos del taller? —preguntó Martín, estudiando los trazos de la tinta.

—Creo que eran órdenes categóricas —respondió Elena, acercando el cursor al primer bloque de nombres—.

Observa las fechas. Coinciden de manera casi exacta con los periodos en los que determinadas mujeres dejaron de figurar en los registros de actividades de la librería o desaparecieron del círculo de Darío.

—¿Siguen un patrón temporal? —quiso saber el expolicía.

—Aún no puedo afirmarlo con rotundidad, necesito cruzarlo con el inventario completo que dejó mi hermana —explicó Elena, abriendo en una ventana contigua el expediente digital redactado por Alba—. Pero mira este primer caso.

Elena señaló un nombre marcado con la etiqueta «Retirar» .

Correspondía a una antigua integrante que había ingresado en la segunda etapa del club.

Al verificar la cronología de Alba, la fecha de cese de sus intervenciones en el taller se situaba exactamente catorce días después de la anotación en el folio.

—¿Qué consiguió averiguar Alba sobre ella? —preguntó Martín.

—Intentó rastrear su paradero actual —respondió Elena, negando con la cabeza—. Rastreó empadronamientos, registros bancarios básicos y cuentas en redes. No encontró absolutamente nada posterior a esa fecha. La mujer pareció esfumarse de San Telmo sin dejar una dirección de contacto.

Martín observó la pantalla en silencio durante unos segundos antes de señalar otro tramo del archivo. —¿Y las que tienen la indicación de «Continuar»?

Elena deslizó la imagen hacia abajo. —Dos de las mujeres marcadas con esa orden permanecieron vinculadas a la estructura de Darío durante más de cuatro años.

Participaban en las lecturas privadas, en las sesiones del pantano y en la gestión de las publicaciones.

Una tercera, que figura marcada como «Pendiente» , dejó de acudir de forma progresiva tras asistir a solo tres reuniones.

—No estaban llevando un registro de asistencia ni una lista de socias para las cuotas —concluyó Martín en un susurro grave—. Estaban clasificándolas según un criterio previo.

—La pregunta es para qué —dijo Elena, manteniendo la vista fija en las casillas—. ¿Qué buscaban medir en cada una de ellas?

—Eso es lo que tenemos que descubrir antes de dar el siguiente paso —dijo Martín.