La Chica del Pantano CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

A simple vista, el libro no presentaba ningún rasgo extraordinario.

Era una edición sencilla, de papel gramaje medio y tipografía común.

Elena abrió la cubierta y comenzó a hojear las páginas amarillentas por el paso del tiempo.

Vio listados de conferencias, presupuestos de talleres municipales, actas de lectura de poesía y fotografías en blanco y negro de asistentes a eventos locales.

Pasó diez, veinte, treinta páginas sin encontrar nada fuera de lo normal.

—¿Estás completamente segura de que es este ejemplar? —preguntó Martín, observando las hojas con el ceño fruncido.

—Es el único tomo que corresponde exactamente al año y la colección que mencionó Laura —respondió Elena, manteniendo la calma mientras volvía a pasar las hojas de una en una.

Llegó al tramo final del libro. Nada. Pasó la penúltima página y rozó la contraportada.

Elena sintió un latigazo de frustración en el estómago, pensando por un segundo que Laura se había equivocado de volumen, que el pánico la había llevado a inventar la pista o que alguien se les había adelantado en el registro de la biblioteca.

Sin embargo, al cerrar el volumen para revisar el lomo posterior, advirtió un ligero abultamiento en el papel de la tripa del libro, cerca del cajetín de encuadernación.

Elena pasó los dedos sobre el lomo interior con detenimiento.

Una de las hojas centrales presentaba un grosor sensiblemente mayor al del resto del papel.

Al examinar el borde superior con atención, descubrió que no se trataba de una página impresa pegada al cuaderno, sino de una lámina plegada e introducida de forma artificial en el espacio entre el cosido del pliego.

—Mira esto —murmuró Elena.

Martín se inclinó sobre la mesa. —¿Qué es?

Elena extrajo la lámina con suma delicadeza. Detrás del pliegue de papel grueso apareció oculto un sobre de papel kraft de tamaño pequeño, sin ningún tipo de inscripción en el anverso ni en el reverso.

—Esto no formaba parte del volumen original —afirmó Elena, contemplando el sobre sobre la mesa.

—¿Lo abrimos aquí mismo? —preguntó Martín, mirando hacia la puerta de acceso al depósito.

Elena dudó durante una fracción de segundo, recordando la advertencia de Laura sobre la seguridad del documento.

Finalmente, despegó la solapa del sobre, que no estaba sellada con pegamento sino simplemente doblada hacia el interior.

En su interior no había una sola hoja suelta como esperaban, sino tres documentos manuscritos doblados en tres partes.

Elena desplegó la primera hoja sobre la mesa de madera.

La página contenía una lista redactada a mano con tinta azul, ya ligeramente descolorida.

No todos los nombres resultaban reconocibles a simple vista.

Varios de ellos figuraban acompañados por fechas precisas entre paréntesis y anotaciones breves en los márgenes.

Elena recorrió el listado con el índice y se detuvo de golpe.

—Reconozco dos de estos nombres —dijo, señalando el papel—.

Aparecen en la lista completa que Alba guardaba en su ordenador.

Uno corresponde a la mujer que abandonó San Telmo de forma precipitada hace ocho años, y el otro pertenece a una de las integrantes que jamás volvió a figurar en los registros del club después de la primera ceremonia.

—¿Son ellas? —preguntó Martín, ajustándose las gafas para examinar los trazos.

—Sin duda alguna —confirmó Elena.

Pero lo más inquietante del documento no eran los nombres en sí, sino las palabras manuscritas que figuraban al lado de cada uno de ellos, redactadas con una caligrafía metódica y fría.

Junto a varios nombres aparecía la palabra «Continuar» .

Junto a otros, la indicación «Retirar» .

Y en un tercer grupo, reducido a apenas tres mujeres, figuraba la palabra «Pendiente» .

Elena se quedó completamente inmóvil, leyendo aquellas anotaciones administrativas de una naturaleza desconcertante.

—¿Qué demonios significa esa clasificación? —pregunto Martín en un susurro cargado de aprensión.

—No lo sé —admitió Elena con la voz helada—. Pero esto no es un registro de socias de un taller de lectura. Es un proceso de selección.

Elena dobló la primera hoja y desplegó la segunda.

Esta nueva página contenía una lista sensiblemente más corta.

No figuraba ninguno de los nombres de las veintitrés Ofelias catalogadas por su hermana.

Aparecían únicamente cinco nombres, acompañados por iniciales mayúsculas entrecomilladas y pequeñas marcas a lápiz en el margen izquierdo.

Elena clavó la mirada en el segundo renglón y sintió que el pulso se le aceleraba violentamente. —Estas iniciales... —murmuró Elena, buscando en su memoria visual—. Son las mismas que aparecen en la nota manuscrita que Alba tenía pegada en su cuaderno de trabajo.

—¿Estás segura de que son exactamente las mismas? —intervino Martín, acercando la cara al papel.

—Absolutamente segura —afirmó Elena con rotundidad—. Alba había anotado esas mismas iniciales al margen de una fotocopia con una indicación muy clara: «Buscar quién tiene acceso» .

Martín dejó escapar una respiración lenta y prolongada. —Entonces tu hermana ya había tenido este documento en sus manos o había conseguido una copia idéntica.

Elena asintió en silencio, comprendiendo la verdadera escala del trabajo de Alba. Su hermana no estaba limitándose a recomponer el historial de víctimas del taller; estaba intentando trazar la red de control que gestionaba la información privada extraída de esas mujeres.

En ese preciso instante, un chasquido metálico resonó en el pasillo exterior del depósito, seguido por el sonido leve de unos pasos sobre el suelo de baldosa.

Elena y Martín se congelaron al instante.

Elena contuvo la respiración, manteniendo la mano apoyada sobre los documentos desplegados.

Los pasos eran lentos, pausados, manteniéndose a una distancia prudencial de la puerta de melamina gris.

Tras unos segundos de tensión insoportable, los pasos se detuvieron justo al otro lado de la puerta.

Una sombra difusa cruzó el cristal translúcido del ventanuco superior.

Ninguno de los dos se movió. Martín adelantó ligeramente el cuerpo, interponiéndose entre la puerta y Elena, con la mano derecha oculta en el bolsillo de su gabardina.

Durante cinco segundos eternos, el silencio en el depósito subterráneo se volvió denso y sofocante. Finalmente, los pasos se reanudaron, alejándose a ritmo constante por el pasillo hacia la escalera de caracol hasta extinguirse en el piso superior.

Martín se aproximó a la puerta con extrema cautela, pegó el rostro al cristal y examinó el pasillo exterior. —No hay nadie —informó en voz baja, regresando a la mesa—. Tenemos que recoger esto y salir de aquí inmediatamente.

—Aún no —negó Elena, sujetando la tercera hoja manuscrita del sobre—. Necesito ver el último documento.

—Elena, nos están siguiendo o la bibliotecaria ha bajado a comprobar qué hacemos —insistió Martín con urgencia.

—Solo serán diez segundos, Martín —suplicó ella, desplegando la tercera hoja.

La tercera página no contenía listados, nombres ni fechas. Albergaba únicamente una frase redactada a mano en el centro del papel, con una caligrafía elegante pero angular, claramente distinta a la de los documentos anteriores.

Elena leyó las palabras en voz baja, sintiendo una opresión opresiva en el pecho: «Las que continúan no necesitan saber quién las observa.»

Martín examinó la línea por encima de su hombro. —Eso no es una simple anotación organizativa. Es una directriz interna.

Elena volvió a revisar el documento y descubrió, justo debajo del primer párrafo, una segunda frase escrita con un trazo más tenue, casi borrado por el paso del tiempo o por un intento de raspado sobre la celulosa: «La selección comienza antes del agua.»

Un escalofrío helado le recorrió la columna vertebral.

La frase alteraba por completo la perspectiva de toda la investigación.

El ritual nocturno en el pantano de la Sombra no constituía el punto de partida del proceso de manipulación; era simplemente la escenificación pública de una fase avanzada.

Las mujeres ya habían sido evaluadas, filtradas y catalogadas mucho antes de pisar la orilla del pantano.

—¿Qué significa que la selección empieza antes del agua? —preguntó Martín, formulando la duda en voz alta.

—Significa que hemos estado buscando el origen del club en el lugar y el momento equivocados —respondió Elena con la mirada fija en el papel—.

El pantano era solo el escenario final. La captura de las chicas empezaba en la propia trastienda, en las entrevistas previas, en los formularios de inscripción.

En ese momento, al manipular la tercera hoja, Elena notó que entre los pliegues del papel permanecía atrapada una fotografía de formato pequeño, doblada por la mitad. La extrajo con cuidado y la desplegó sobre la mesa.

Era una imagen antigua en blanco y negro, tomada en el patio interior de la antigua librería.

En ella figuraban varias mujeres jóvenes sentadas en círculo, con Darío de pie en el centro sosteniendo un libro.

Y en la penumbra del fondo, medio oculta tras una columna de piedra, aparecía de nuevo la mujer desconocida.

Pero esta vez, a diferencia de las fotos anteriores, la mujer sostenía bajo el brazo una carpeta rígida de cuero oscuro.

Elena sacó su teléfono móvil y tomó una captura en alta resolución de la imagen, aplicando un zoom digital sobre la portada de la carpeta.

Aunque la calidad de la foto original era deficiente, la ampliación permitió distinguir claramente dos palabras grabadas en letras doradas sobre la piel: EVALUACIÓN y OFELIAS.

Martín contempló la pantalla del teléfono con la mandíbula apretada. —Eso lo cambia todo. Ella no era una espectadora pasiva. Era quien ejecutaba las evaluaciones.