La Chica del Pantano CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

El archivo oculto

El libro que nadie consulta

La luz grisastra de las primeras horas de la mañana apenas lograba disipar la penumbra helada que envolvía las calles de San Telmo.

Elena no había conseguido dormir más de dos horas seguidas.

Cada vez que cerraba los ojos, la pantalla en negro del ordenador parecía iluminarse de nuevo con la frase anónima que había recibido la noche anterior: «Alba también creyó que ella era la respuesta» .

Las palabras se repetían en su mente con un ritmo martilleante, entrelazándose con el recuerdo del rostro anguloso de la mujer desconocida y la figura masculina proyectada en el cristal de la ventana.

Elena se reunió con Martín a las ocho de la mañana en una esquina discreta de la avenida principal, a escasa distancia de la zona peatonal.

Ninguno de los dos guardaba el empaque ni la cobertura de investigadores profesionales; no contaban con recursos técnicos avanzados, ni con placas, ni con la protección de un protocolo policial.

Eran simplemente dos personas agotadas, arrastrando el peso de un duelo inconcluso, intentando reconstruir a ciegas los pasos de Alba mientras sentían cómo el cerco de una vigilancia invisible se estrechaba a su alrededor.

Martín llevaba bajo el brazo una carpeta de cartón rígido con las copias impresas de las fotografías analizadas la noche anterior.

Elena, por su parte, guardaba en el bolsillo interior de su abrigo la memoria externa blindada que contenía el duplicado completo de los archivos digitales de su hermana.

Mientras caminaban a paso lento hacia la plaza central, el silencio entre ambos solo se interrumpía por el sonido de sus pisadas sobre el pavimento húmedo.

—He vuelto a llamar a Laura hace diez minutos —comento Elena, rompiendo la tensión—. El teléfono da señal de línea durante cuatro o cinco tonos y luego salta directamente al buzón de voz. No ha devuelto ninguno de los mensajes de anoche.

—Quizá solo está intentando ganar tiempo para comprobar si su casa sigue vigilada —sugirió Martín, subiéndose el cuello de la gabardina para protegerse del viento seco—. Nos dijo que quería estar segura antes de dar el siguiente paso.

—Nos prometió que nos llamaría a primera hora para vernos en la plaza —insistió Elena, buscando la mirada del expolicía—. Y no responde. Eso no es prudencia, Martín. Algo va mal.

—Si Laura tuviera la intención de cortar el contacto de forma definitiva o desaparecer de la escena, no se habría arriesgado a citarse con nosotros ayer en la cafetería —argumentó él con tono pausado, intentando transmitir una seguridad que no terminaba de reflejarse en sus ojos.

—Eso es exactamente lo que hicieron varias de las antiguas Ofelias cuando las cosas empezaron a complicarse —le recordó Elena de inmediato—.

Simplemente dejaron de responder, cambiaron de número, vendieron sus casas y borraron cualquier rastro de su paso por San Telmo.

¿Por qué Laura iba a actuar de otra manera?

Martín guardó silencio. No ofreció ninguna respuesta tranquilizadora ni intentó rebatir el argumento. La ausencia de réplica flotó entre ambos como una confirmación implícita de que la inquietud de Elena tenía un fundamento real.

Llegaron a la antigua biblioteca municipal, una edificación sobria de piedra oscura y tres plantas, construida a mediados del siglo pasado y perfectamente integrada en un lateral de la plaza de San Telmo.

El edificio conservaba un aire de institución sobria y algo olvidada, con ventanales altos que reflejaban el cielo plomizo de la mañana.

Elena contempló la fachada antes de empujar la pesada puerta de madera, recordando las palabras que Laura les había dicho por teléfono: «En un lugar donde Darío nunca pensaría buscar» .

El vestíbulo principal olía a cera de suelo, papel viejo y humedad acumulada.

Detrás del mostrador central de recepción se encontraba la bibliotecaria de guardia, una mujer de unos cincuenta años, de cabello cano recogido y mirada atenta tras unas gafas de montura metálica.

Les dedicó un saludo cordial pero cargado de esa desconfianza natural que muestran los empleados de archivos públicos ante visitantes desconocidos a primera hora de la mañana.

Elena tomó la iniciativa y se acercó al mostrador con una sonrisa estudiada, midiendo cada palabra para no encender sospechas.

—Buenos días. Estamos buscando un volumen concreto de documentación local.

No forma parte del catálogo general de préstamos.

Se trata de una recopilación de actas, memorias y talleres culturales de San Telmo publicados hace más de una década.

La bibliotecaria la examinó por encima de las gafas antes de teclear con lentitud en la terminal del ordenador. —Si son publicaciones oficiales del ayuntamiento, la mayoría están digitalizadas en la sección de consulta general. ¿Tienen el título exacto o el año de edición?

Elena le facilitó el título aproximado que Laura le había indicado durante la llamada, evitando con cuidado mencionar cualquier referencia al Club de las Ofelias o a las actividades privadas de la librería de Darío.

—Buscamos el catálogo de talleres literarios y proyectos juveniles de la comarca, en concreto el tomo correspondiente a los primeros años de la década pasada.

La mujer tecleó la secuencia de búsqueda en la pantalla. Tras un par de minutos de silencio punteados por el chasquido del teclado, la bibliotecaria negó ligeramente con la cabeza. —En la base de datos unificada no figura ningún tomo registrado con esa denominación exacta.

—¿Existe la posibilidad de que pertenezca al catálogo antiguo no informatizado? —intervino Martín, dando un paso hacia el mostrador.

La bibliotecaria los observó a ambos con renovada curiosidad, evaluando el interés de los dos visitantes antes de responder.

—Hay varias cajas de fondos locales y publicaciones de asociaciones privadas sin catalogar en el depósito del archivo histórico.

Son materiales que jamás se han volcado al sistema porque nadie los solicita.

Si quieren consultar ese fondo, tendrán que bajar al depósito secundario del sótano.

Les abriré la puerta, pero les ruego que mantengan el orden de los legajos.

La mujer sacó un manojo de llaves del cajón del mostrador y los guió por un pasillo lateral hasta una puerta de melamina gris que daba acceso a una escalera de caracol.

Descendieron hasta una sala subterránea, pequeña y estrecha, flanqueada por estanterías metálicas de varios metros de altura.

El ambiente allí abajo era notablemente más frío y seco que en el resto del edificio.

Iluminada por la luz blanca de dos tubos fluorescentes que zumbaban con un zumbido monótono, la sala guardaba carpetas descoloridas, libros descatalogados de lomos desgastados y cajas de cartón prensado cubiertas por una fina capa de polvo.

La bibliotecaria encendió los interruptores de la pared y los dejó solos, indicándoles que le avisaran cuando hubieran terminado.

Elena y Martín se quedaron en el centro de la estancia subterránea.

La tensión no procedía de la oscuridad ni del espacio cerrado, sino de la urgencia contenida de encontrar el documento antes de que cualquier imprevisto interrumpiera la búsqueda.

Elena comenzó a recorrer la primera hilera de estanterías, examinando las etiquetas manuscritas pegadas en los lomos de las cajas según las fechas.

Martín se situó en el pasillo paralelo, revisando los tomos dedicados a las publicaciones de entidades locales.

—¿Qué esperamos encontrar exactamente dentro de ese libro, Elena? —preguntó Martín en voz baja mientras retiraba una carpeta del estante.

—Una página —respondió ella sin detener su rastreo visual—. La hoja que Laura sacó de su caja antes de que alguien entrara a registrar su casa.

—Eso ya lo sé —comentó Martín—. Pero me refiero al contenido real. Laura dijo que había anotaciones al margen y nombres.

—Personas que tenían acceso a las fichas personales de las chicas del taller —precisó Elena, pasando los dedos sobre el lomo rugoso de varios volúmenes de encuadernación rústica.

Martín se detuvo en su búsqueda y miró a Elena a través del espacio abierto entre dos baldas metálicas. —Eso es precisamente lo que más me preocupa de todo este asunto.

Elena se giró hacia él. —¿Por qué te preocupa más eso que las propias identidades de las Ofelias?

—Porque si esas fichas contenían la información más íntima y vulnerable de cada mujer —explicó el expolicía con gravedad—, saber qué personas tenían la autorización de Darío para consultar esa documentación puede ser infinitamente más relevante para la investigación que saber quiénes acudían a las reuniones.

Saber quién maneja la información significa saber quién tiene el poder de extorsión.

Elena recordó de nuevo la afirmación categórica que Laura había pronunciado durante su conversación telefónica: «Darío tampoco estaba solo» . Aquella idea se asentaba ahora como una certidumbre incontestable en el centro de la sala subterránea.

Continuaron trabajando en silencio durante diez minutos más, extrayendo tomos, revisando índices y comprobando fechas.

Finalmente, en la balda inferior del último tramo de estantería, Elena localizó una serie de volúmenes encuadernados en tela verde oscura con el lomo ajado.

El título troquelado en dorado coincidía punto por punto con la referencia facilitada por Laura: una recopilación de memorias de actividades culturales comarcales de más de doce años de antigüedad.

Elena extrajo el ejemplar con cuidado y lo apoyó sobre una pequeña mesa de madera auxiliar situada bajo el tubo fluorescente. Martín se acercó de inmediato a su lado.