CAPÍTULO 11 #8
En ese instante recordó un detalle de la conversación con Laura.
La mujer nunca había sido presentada formalmente a las alumnas.
No se la mencionaba en las lecturas, no intervenía en los debates y su nombre jamás figuraba en los folletos de las actividades culturales.
Elena desplegó el archivo que contenía el registro con los nombres de las veintitrés integrantes históricas de las Ofelias.
Recorrió la lista de arriba abajo dos veces.
La mujer no figuraba en ninguno de los asientos.
—¿Y si nunca fue una integrante del club? —sugirió Martín.
—Eso mismo me dijo Laura —asintió Elena—. Que no encajaba con el perfil de las asistentes.
—Entonces es natural que no aparezca en ese registro oficial —razonó él—. Las listas eran para las víctimas o las candidatas a ser manipuladas.
—Pero ella aparece en los registros fotográficos privados —insistió Elena.
—Y eso la vuelve inmensamente más peligrosa —sentenció Martín.
Elena volvió a abrir la carpeta de notas digitalizadas de Alba.
Al examinar una de las capturas en alta definición donde su hermana había escaneado una fotografía de grupo con anotaciones al margen, descubrió una línea de texto manuscrito que había pasado por alto por estar oculta tras un solape de la imagen: «No pertenece al club. El club parece pertenecerle a ella» .
Elena se quedó completamente inmóvil, leyendo la frase una y otra vez.
—Esto lo escribió Alba de su propio puño y letra —dijo Elena, señalando el trazo de la tinta.
Martín se acercó a la pantalla para leer la anotación. —¿Cuándo modificó o guardó esta imagen por última vez?
Elena revisó el registro del archivo informático. —Dos días antes de su muerte.
Martín dejó escapar una respiración lenta y pesada. —Tu hermana estaba pisándole los talones a la estructura real. Sabía exactamente hacia dónde mirar.
—Sí —admitió Elena con la voz apagada—. Lo sabía, pero no tuvo tiempo de dejar constancia del nombre.
Elena volvió a fijar la mirada en el rostro distorsionado de la mujer.
De pronto, un detalle del fondo captó su atención.
No era la figura en sí, sino el entorno geográfico.
La mujer aparecía al fondo de una toma tomada en los accesos al pantano de la Sombra.
Elena abrió la imagen original sin recortar y aplicó un filtro de iluminación sobre una zona de sombra lateral.
La mujer estaba de pie junto a un vehículo oscuro estacionado bajo unos pinos.
La matrícula resultaba ilegible por la falta de luz, pero el modelo y la curvatura del chasis coincidían con otra fotografía que Alba había guardado en su archivo con la escueta etiqueta de «Vehículo» .
Elena entendió en ese momento que la anotación de su hermana no era un dato suelto. Alba había vinculado directamente aquel vehículo con los desplazamientos de la mujer misteriosa.
—¿Puedes identificar el modelo o la matrícula con algún filtro? —preguntó Martín.
—No con esta resolución —reconoció Elena—. La imagen pierde demasiada nitidez al ampliarla.
—¿Pero habías visto ese coche antes? —inquirió el expolicía.
Elena se quedó pensando unos segundos, recorriendo mentalmente sus primeros días en el pueblo. —Sí. Lo vi aparcado a escasa distancia de la librería de Darío durante mi primera semana aquí.
Martín se cruzó de brazos, pensativo. —Eso significa que alguien se desplazaba de forma habitual entre la librería y la zona del pantano.
—O del pantano a la librería —añadió Elena.
Ambos guardaron silencio. La deducción era clara, aunque todavía no permitía demostrar quién se encontraba tras el volante.
Para verificar la integridad del sistema, Elena abrió el registro de eventos del cortafuegos del ordenador.
Recordaba que se habían detectado accesos remotos no autorizados a las carpetas de su hermana.
Consultó la tabla de horas de las intromisiones.
La primera alerta se había registrado poco después de que ella comenzara a revisar el archivo fotográfico.
La segunda ocurrió exactamente tras terminar la llamada telefónica con Laura.
Y una tercera notificación parpadeaba en rojo en la parte inferior del panel. Se había producido hacía apenas unos segundos.
—¿Qué directorio han intentado examinar en esta última intrusión? —preguntó Martín, endureciendo el gesto.
Elena miró el informe en la pantalla. La ruta marcada por el registro de red apuntaba directamente a la carpeta que acababa de crear. MUJER_DESCONOCIDA.
Elena sintió que el cuerpo se le tensaba por completo. —Esto no es posible...
—¿Qué pasa, Elena? —se acercó Martín.
—He creado esa carpeta hace menos de dos minutos. Ni siquiera ha sido sincronizada en la nube.
Martín comprendió la gravedad del hecho al instante. —Alguien está monitorizando en tiempo real la pantalla o la estructura de archivos de este equipo.
Elena cerró de golpe la aplicación de la carpeta. Pero antes de que pudiera desconectar el cable de red, una nueva notificación emergió en el centro del monitor. No era una alerta del sistema ni una advertencia de seguridad. Era una ventana emergente de texto simple sin identificación de remitente.
El mensaje contenía una única frase: «Alba también creyó que ella era la respuesta.»
Elena soltó el ratón y dejó escapar el aire despacio, intentando controlar el temblor de sus manos. Martín se inclinó para leer las palabras en la pantalla.
—¿Qué pretenden con este mensaje? —preguntó él en voz baja.
—Quieren que sigamos buscando en esa dirección —respondió Elena, analizando la intencionalidad del aviso.
—¿O quieren que cometamos el mismo error que cometió tu hermana y saquemos conclusiones precipitadas?
Elena volvió a mirar fijamente la fotografía de la mujer. —Las dos opciones pueden ser perfectamente ciertas al mismo tiempo.
Sin dudarlo un segundo más, Elena apagó el ordenador de forma definitiva.
La pantalla quedó en negro, devolviéndoles su propio reflejo en el cristal.
La incertidumbre inicial había dado paso a una certeza helada.
La mujer de la fotografía existía realmente.
Alba la había seguido de cerca, Laura la había visto en la trastienda del taller, y alguien al otro lado de la red estaba vigilando cada paso que Elena daba dentro de la casa.
—¿Cuál es el plan para mañana? —preguntó Martín, rompiendo el silencio que reinaba en el estudio.
—Iremos a la plaza de San Telmo a primera hora, tal como dijo Laura —contestó Elena—. Encontraremos el libro en la biblioteca y recuperaremos esa página.
—¿Y después de eso?
Elena miró hacia el punto donde minutos antes estaba la imagen de la mujer. —Después descubriremos su nombre.
—¿Y si descubrir su nombre forma parte de la trampa que nos están tendiendo? —inquirió Martín.
Elena permaneció unos segundos en silencio, contemplando la penumbra de la estancia antes de responder. —Entonces tendremos que averiguar por qué necesitan desesperadamente que nos centremos en ella.
Elena sacó una memoria externa blindada de su bolso, la conectó a un puerto secundario de apagado rápido y guardó una copia de seguridad directa del archivo antes de desconectar la corriente general del equipo.
Sin embargo, justo antes de cerrar la ventana principal de la imagen, sus ojos se detuvieron en un pequeño detalle periférico que no había analizado hasta ese momento.
En el ángulo superior izquierdo de la foto original tomada en la caseta del pantano, sobre el reflejo verdoso del cristal de una ventana trasera situada detrás del grupo de las Ofelias, se proyectaba la sombra parcial de una figura humana.
Se distinguía de forma muy tenue el contorno de un hombre, envuelto en una gabardina oscura.
No era posible identificar sus rasgos faciales debido a la falta de nitidez de la toma antigua, pero la inclinación de su cabeza sugería que estaba observando directamente hacia donde se encontraba la cámara.
Elena retrocedió un paso, señalando el cristal del monitor con el dedo.
—¿Qué has visto ahí? —preguntó Martín, detectando su cambio de postura.
Elena no respondió con palabras; simplemente mantuvo el dedo fijo sobre el reflejo en la ventana.
Martín se aproximó y observó la silueta durante unos largos segundos en silencio. La presencia de esa tercera figura imprevista abría una grieta más en la interpretación de la fotografía, extendiendo la red de vigilancia mucho más allá de lo que habían presupuestado.
Elena expulsó el dispositivo externo, guardó la memoria en el bolsillo interior de su chaqueta y apagó la luz del escritorio.
—Mañana —dijo ella con firmeza.
—¿Mañana qué, Elena? —preguntó Martín desde la puerta del despacho.
—Mañana empezaremos la investigación desde el principio.
Ambos sabían que esa frase era solo una tentativa de mantener el control.
Ya no era posible regresar al punto de partida.
La investigación recopilada por Alba había dejado de ser un expediente estático de papeles y fotografías antiguas; se había transformado en un juego de sombras activo, y Elena acababa de entrar definitivamente en el tablero.