CAPÍTULO 11 #7
Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
La conexión entre la mujer del pasado y la investigación de su hermana era directa e innegable.
—Estaba allí cuando se fundó el club hace diez años —murmuró Elena en voz alta—, y seguía estando allí cuando Alba empezó a investigar hace unos meses.
—Alguien nos está enviando estas imágenes para guiarnos hacia ella —observó Martín, con la mirada fija en el monitor.
—O para hacernos creer que ella es la única responsable —corrigió Elena, recordando las palabras de Laura.
Elena se quedó contemplando la pantalla en penumbra, comprendiendo con absoluta claridad que la investigación había dejado de ser un rastreo a ciegas de pistas del pasado.
Alguien al otro lado de la red estaba moviendo los hilos en tiempo real, trazando un camino deliberado para que ellos lo recorrieran paso a paso.
La mujer de la fotografía
Elena y Martín permanecieron inmóviles frente a la pantalla del ordenador, iluminados únicamente por la luz fría del monitor en el despacho en penumbra.
El archivo adjunto del correo anónimo continuaba abierto, mostrando aquella fotografía degradada por el tiempo en la que Darío aparecía junto a la mujer desconocida.
Ninguno de los dos pronunció una palabra durante largos segundos.
La incertidumbre sobre quién había enviado el mensaje se sumaba al peso de una duda más inquietante: si aquel envío era un salvavidas lanzado desde la sombra para guiarlos o una carnada diseñada para desviarlos del rastro real.
Elena acercó la silla y volvió a ampliar el rostro de la mujer hasta que la trama de píxeles comenzó a distorsionar los bordes de la cara.
Poseía una estructura facial angulosa, de pómulos marcados y mentón firme.
Su expresión no reflejaba la devoción casi mística de las otras integrantes del taller, sino una severidad distante y analítica.
No miraba directamente al objetivo; su mirada, entrecerrada y fría, estaba fija en algún punto indeterminado situado fuera del encuadre, como si el fotógrafo no fuera más que un obstáculo menor en su campo de visión.
—¿Por qué no mira a la cámara? —preguntó Elena, inclinándose hacia el cristal de la pantalla con los ojos entornados—. Todas las demás mujeres del club buscaban la lente o miraban a Darío. Ella no.
—Quizá ni siquiera sabía que estaban haciendo la fotografía —sugirió Martín, apoyando los puños sobre el borde de la mesa de madera—. Podría ser una toma robada desde la distancia.
—No lo creo —discrepó Elena, sacudiendo la cabeza con lentitud—. Aparece en dos fotografías distintas relacionadas con el club, tomadas con años de diferencia, y en ninguna de ellas parece integrarse realmente en el grupo. Está allí, pero actúa como una observadora ajena.
—Recuerda que todavía no podemos confirmar con certeza si ambas imágenes fueron tomadas con tanta distancia temporal —le advirtió el expolicía—. Las marcas de agua digital pueden estar alteradas.
Elena no respondió de inmediato. Accedió a las propiedades avanzadas de ambos archivos y revisó los metadatos de captura y el grano de la emulación.
—La fotografía de la caseta es infinitamente más antigua; el revelado químico original del que se escaneó pertenece a la primera etapa del taller.
Esta nueva imagen es de una época posterior.
La mujer aparece en las dos fases. Estuvo vinculada al entorno cercano de Darío durante un periodo prolongado, no fue una visitante casual.
Sin perder un segundo, Elena abrió la carpeta principal que contenía los archivos recopilados por Alba.
Localizó la fotografía que su hermana había marcado con la estrella roja y la etiqueta «Importante».
Colocó ambas imágenes en paralelo mediante una ventana doble.
Redujo el encuadre en la primera y amplió la muñeca izquierda en la segunda.
La pulsera de plata, compuesta por eslabones rectangulares y un engaste plano de piedra oscura, coincidía milimétricamente en ambos registros.
—Es ella —murmuró Elena, sintiendo cómo una punzada de certeza le erizaba la piel.
—¿Estás completamente segura? —preguntó Martín, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Mira el cierre y el desgaste del metal en el tercer eslabón. Es la misma pulsera, Martín.
—Eso significa que Alba ya la había identificado antes de que nosotros pusiéramos un pie en San Telmo —concluyó el detective, analizando el paralelismo visual.
—No exactamente —corrigió Elena, revisando las notas manuscritas de su hermana—. No tenemos ningún documento donde Alba haya escrito su nombre de pila ni sus apellidos. No hay una sola ficha con su identidad.
—Pero sabía perfectamente que era una pieza fundamental —insistió él.
Elena conocía bien la metodología de trabajo de su hermana.
Alba era meticulosa, casi obsesiva; jamás marcaba una fotografía con tinta roja ni le asignaba la categoría de máxima prioridad sin una razón fundamentada.
Comenzó a abrir subcarpetas consecutivas dentro del disco duro: capturas descartadas, secuencias en ráfaga y materiales de campo sin clasificar.
Encontró una serie de imágenes que en una primera lectura rápida habrían parecido tomas descartables o errores de encuadre.
La esquina de una calle empedrada bajo la lluvia, una vista oblicua de la fachada de la librería El Faro , un grupo heterogéneo de mujeres saliendo por la puerta trasera tras un recital y una fotografía tomada a través del parabrisas mojado de un vehículo.
Elena se detuvo en esta última y amplió el ángulo superior derecho.
En la acera opuesta, casi difuminada por el reflejo del limpiaparabrisas, aparecía parcialmente la misma mujer.
En esta ocasión no llevaba la pulsera de plata, pero el perfil anguloso y la forma de sujetarse el abrigo eran inconfundibles.
—¿Dónde se tomó esta última imagen? —preguntó Martín, inclinándose tanto que su sombra cubrió parte del monitor.
Elena consultó el registro de ubicación de la cámara de Alba. —A escasos cincuenta metros de la librería de Darío. La foto fue tomada desde el interior de un coche aparcado en la acera de enfrente.
Un silencio pesado se instaló en el estudio. Elena sintió un temblor helado recorriéndole la espalda. —Alba la estaba siguiendo —dijo Elena en un murmullo.
—O la estaba observando —matizó Martín con tono analítico.
—¿Acaso no es exactamente lo mismo?
—No —negó el expolicía con firmeza—. Investigar a alguien implica recopilar datos del pasado, registros y antecedentes. Observar a alguien en tiempo real significa esperar a que cometa un movimiento, anticipar una cita o ver con quién se reúne.
Elena comprendió de inmediato el matiz de la distinción. Alba tal vez no estaba intentando averiguar quién era aquella mujer a través de archivos públicos, sino qué función ejecutaba dentro de la trama.
—¿Cuánto tiempo antes de su muerte tomó Alba esta fotografía desde el coche? —preguntó Martín.
Elena filtró el registro cronológico del archivo.
La fecha de creación marcaba apenas cuatro días antes de la noche en que Alba desapareció.
El silencio que siguió en la habitación fue absoluto y cargado de gravedad.
Alba había estado vigilando de cerca a esa mujer justo antes de que su propia investigación fuera cortada de raíz.
Elena se levantó de la silla de golpe, necesitando romper la inmovilidad de la estancia.
Comenzó a caminar despacio por el perímetro del despacho, cruzando los brazos sobre el pecho.
Su mente empezó a hilar de forma acelerada cada fragmento descubierto hasta el momento.
El Club de las Ofelias, las ceremonias nocturnas en la orilla del pantano, las fichas personales repletas de secretos utilizables, la caseta aislada, la llamada desesperada de Laura y ahora esa figura femenina que reaparecía de forma sistemática en el tiempo.
—¿Y si Alba no estaba investigando principalmente a Darío? —lanzó Elena al aire, deteniéndose junto a la ventana.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Martín sin apartar la mirada de las fotos.
—¿Y si Darío era únicamente la fachada visible de la estructura?
—desarrolló Elena, girándose hacia él—. Quizá Alba comenzó indagando sobre él porque era el fundador oficial del taller y el rostro público de la librería.
Pero a medida que profundizó, descubrió que había alguien más dirigiendo las cosas desde una posición protegida.
Martín contempló la fotografía en silencio durante unos segundos antes de asentir levemente. —Es una posibilidad lógica. Encaja con lo que os contó Laura por teléfono.
La frase de Laura resonó en la memoria de Elena con una claridad escalofriante: «Creo que Darío tampoco estaba solo» . Aquella afirmación adquiría ahora un peso mucho más sombrío.
Elena regresó al escritorio y creó una nueva carpeta en la raíz del sistema informático.
Le asignó el nombre en mayúsculas: MUJER_DESCONOCIDA.
Arrastró hacia ella todas las imágenes donde aparecía la figura, la captura de la pulsera y los fotogramas del seguimiento callejero.
Abrió un documento de texto en blanco y comenzó a redactar la lista de coincidencias verificadas:
Presencia constatada en las primeras reuniones del club.
Permanencia en el entorno de Darío años después.
Uso constatado de la misma pulsera distintiva.
Sujeto de observación directa por parte de Alba días antes de su muerte.
Elena detuvo sus dedos sobre el teclado.
—¿Qué falta en esa lista? —preguntó Martín, observando la pantalla sobre su hombro.
—Falta lo más elemental —respondió Elena con frustración—. Un nombre.