CAPÍTULO 11 #6
—¿Qué hay escrito en ese margen? —preguntó Elena con impaciencia.
—Una lista —respondió Laura. —¿Una lista con los nombres de las integrantes del Club de las Ofelias?
—No exactamente —matizó la mujer—. Es un registro de las personas que tenían autorización explícita para acceder a las fichas personales de las alumnas.
Martín se erguó de golpe, mostrando una atención absoluta.
—¿Las fichas confidenciales donde se anotaban los secretos e intimidades de las mujeres?
—Las mismas —confirmó Laura—. Darío confeccionaba un expediente de cada una de nosotras.
Miedos, traumas pasados, quiebras financieras, traiciones familiares...
Todo lo que revelábamos bajo la presión psicológica del grupo quedaba asentado en esas carpetas para ser utilizado como chantaje si intentábamos marcharnos.
—¿Y esa hoja revela quiénes más tenían acceso a esos expedientes aparte de Darío?
—preguntó Elena, conteniendo el aliento.
—Sí —sentenció Laura—. Aparecen varias anotaciones manuscritas con las iniciales de quienes revisaban la documentación.
La revelación provocó un silencio cargado de electricidad.
Elena comprendió que aquel documento constituía la primera prueba física de que la manipulación del club no era la ocurrencia aislada de un librero, sino una red organizada.
—Dinos dónde está la página ahora mismo, Laura.
Iremos a buscarla inmediatamente —pidió Elena.
—No —se negó Laura de forma tajante—. Si alguien sospecha que esa hoja existe, van a vigilar los accesos al edificio.
No voy a permitir que os relacionen conmigo tan abiertamente.
—Ya estamos relacionados desde el momento en que hemos hablado en la cafetería —argumentó Martín.
—Entonces hacedme caso si queréis salir enteros de esto —replicó ella con dureza—.
Mañana a primera hora de la mañana estaré en la plaza central de San Telmo.
No vayáis directamente al archivo de la biblioteca.
Esperad en la plaza a que yo os haga una señal.
—¿Por qué en la plaza? —preguntó Elena. —Porque necesito asegurarme desde una posición elevada de si alguien os está siguiendo el rastro antes de daros el título del libro.
Sin dar margen a réplica, la llamada se cortó abruptamente.
Elena bajó el teléfono y miró a Martín bajo la luz amarillenta de las farolas que acababan de encenderse.
—¿Te parece normal su comportamiento? —preguntó Elena.
—En absoluto —respondió Martín contemplando el tráfico de la travesía—.
Su paranoia es extrema, aunque perfectamente justificada si realmente han entrado en su domicilio.
—¿Crees que nos está diciendo la verdad sobre ese documento?
—Sí, creo que la página existe y que está aterrorizada por lo que contiene.
—¿Entonces por qué tengo la constante sensación de que nos está ocultando un detalle crucial?
—Porque lo está haciendo —sentenció Martín con serenidad—.
Laura sabe mucho más de lo que ha revelado en esa llamada.
Sabe quién era la mujer de la conversación, pero no se atreve a pronunciar su nombre por miedo a las consecuencias.
Ambos permanecieron en silencio mientras caminaban de vuelta hacia el vehículo de Martín.
La imagen de la joven desconocida en la orilla del pantano cobraba un peso cada vez más inquietante.
—¿Crees que la mujer de la fotografía es la misma que tenía acceso a las fichas personales?
—preguntó Elena mientras subían al coche.
—Es una posibilidad muy alta —asintió Martín arrancando el motor—.
Si presenciaba las ceremonias desde la sombra y discutía con Darío a puerta cerrada, formaba parte de la dirección del grupo.
—El problema es que seguimos sin saber quién es —recordó Elena, mirando por la ventanilla hacia los campos oscuros que flanqueaban la carretera. —Por ahora —puntualizó el expolicía.
Durante el trayecto de regreso a casa, Elena sacó su teléfono y volvió a examinar la copia digitalizada de la fotografía antigua.
Amplió al máximo el rostro de la mujer situada junto al árbol.
Los rasgos eran difusos por el paso del tiempo y el grano de la imagen, pero había una inclinación en los pómulos y una forma de sostener la mirada que le resultaban extrañamente familiares.
—¿Qué estás buscando con tanta insistencia en esa imagen?
—preguntó Martín sin apartar la vista de la carretera.
—No lo sé —admitió Elena con frustración—.
Siento que hay algo en sus facciones que debería reconocer.
—Entonces deja de mirarla un rato; la obsesión te va a jugar una mala pasada.
—No puedo dejar de mirarla, Martín —insistió ella, deslizando los dedos por la pantalla—.
Tengo la corazonada de haber visto este rostro antes de empezar a investigar los archivos de Alba.
Martín la miró de reojo antes de volver a centrarse en la conducción. —¿Dónde crees que la has visto? Elena guardó silencio. No quería lanzar una hipótesis precipitada; podía ser un simple parecido físico con alguien del pueblo o una jugada de su mente fatigada tras tantas horas sin dormir.
Al llegar a la vivienda, Elena conectó el teléfono al ordenador del despacho para volcar la imagen y asegurar la información en el disco duro.
Abrió la carpeta de documentos de su hermana y comenzó a cruzar las fechas de los archivos.
La fotografía en blanco y negro había sido tomada casi una década atrás, mucho antes de que Natalia Fuentes o su propia hermana entraran en el taller.
Aquella mujer desconocida llevaba vinculada a la estructura de Darío desde los orígenes del club.
Elena revisó docenas de fotografías secundarias guardadas en las carpetas de Alba, buscando cualquier otra toma donde pudiera figurar la misma silueta.
Buscó en las imágenes de las entregas de premios, en los recitales públicos de la librería y en las fotos de grupo de los talleres de verano.
La mujer no aparecía en ninguna de ellas.
—¿Qué deduce de su ausencia en el resto de los archivos?
—preguntó Martín, apoyado en el marco de la puerta del estudio.
—Que no era una alumna expuesta al público —dedujo Elena—.
No participaba en la vida social de la librería.
Estaba allí para otra cosa. —¿Para qué? —Eso es lo que necesitamos descubrir en esa página de la biblioteca —concluyó ella.
En ese preciso instante, un aviso sonoro interrumpió el silencio de la estancia.
La pantalla del ordenador notificó la llegada de un correo electrónico entrante.
No procedía de ningún contacto guardado; la dirección del remitente era una cadena alfanumérica anónima.
El asunto del mensaje constaba de una sola palabra escrita en mayúsculas: OFELIA .
Elena vaciló con el cursor sobre la bandeja de entrada, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso.
—No lo abras —recomendó Martín con cautela—.
Podría ser un código malicioso para infectar el sistema o rastrear nuestra IP.
—El sistema de protección está activo y desconectado del servidor central —respondió Elena, tomando la decisión de hacer clic sobre el correo.
El cuerpo del mensaje estaba completamente vacío.
No había texto, ni firmas, ni enlaces externos.
Únicamente contenía un archivo adjunto en formato de imagen de alta resolución.
Elena descargó el archivo y lo desplegó en el centro del monitor.
Se trataba de una fotografía antigua, ligeramente desenfocada y con los bordes desgastados por el paso de los años, que mostraba una toma frontal del pantano de la Sombra durante un atardecer ceniciento.
En el centro de la escena figuraba Darío, vistiendo un abrigo oscuro de corte clásico, y a su lado, manteniendo una distancia prudencial pero compartiendo el mismo plano, aparecía la misma mujer desconocida de las fotos anteriores.
Elena amplió la imagen de forma inmediata. Detrás de ellos, tallada de forma tosca sobre la superficie de la pared de piedra de la antigua caseta del pantano, se apreciaba una palabra inscrita en la roca: OFELIA .
—¿Por qué demonios nos envían esto ahora mismo a través de un correo anónimo?
—preguntó Elena, mirando a Martín con desconcierto.
—Porque quieren asegurarse de que nos fijemos en ella —respondió el detective con gravedad.
—¿Y si nos están tendiendo una trampa? —insistió Elena—.
¿Y si quieren que sigamos esta pista para alejarnos de lo que realmente importa?
Martín no respondió de inmediato, examinando fijamente el encuadre de la fotografía.
Elena volvió a acercar la imagen al rostro de la mujer y descendió el encuadre hacia su figura.
Fue entonces cuando advirtió un detalle definitivo que hasta ese momento había pasado desapercibido: en la muñeca izquierda de la mujer destacaba una pulsera fina de plata con un engaste de piedra oscura.
La memoria visual de Elena conectó el objeto al instante.
Abrió una subcarpeta del archivo de Alba y localizó una fotografía macro que su hermana había tomado a un primer plano de sus propias notas manuscritas.
En la esquina de esa foto aparecía exactamente la misma pulsera apoyada sobre un cuaderno, y Alba la había rodeado con un trazo de tinta roja junto a una única palabra escrita al margen: «Importante» .