La Chica del Pantano CAPÍTULO 11 #5
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CAPÍTULO 11 #5

Laura giró sobre sus talones y caminó a paso rápido hacia la salida de la cafetería.

Elena y Martín permanecieron en el reservado, observando en silencio cómo la mujer cruzaba la puerta de cristal.

—¿Le crees? —preguntó Elena sin apartar la vista de la ventana.

—Sí —respondió Martín tras una pausa. —¿Le crees todo lo que ha dicho?

—Todo no —puntualizó el expolicía. Elena se giró hacia él.

—¿Qué es lo que no le crees? —No le creo que no sepa el nombre de la mujer de la fotografía —afirmó Martín con rotundidad—.

Laura sabe perfectamente de quién se trata, pero está aterrorizada.

Elena miró hacia la carretera exterior. Laura caminaba hacia su vehículo con la cabeza baja.

Antes de abrir la puerta del conductor, se detuvo un instante, miró a ambos lados de la calzada con evidente tensión, entró en el coche, arrancó el motor y se alejó rápidamente por la comarcal.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Martín.

—Esperar a que me llame mañana por la mañana —contestó Elena.

—¿Y si no vuelve a llamar? Elena sacó su teléfono móvil del bolsillo, mostrando en pantalla la fotografía de la imagen de Laura que había logrado capturar de forma discreta mientras estaba sobre la mesa. —Entonces iremos a buscarla a su casa.

En ese mismo instante, el teléfono de Elena vibró en su mano.

No era un mensaje de texto ni una llamada entrante; era una notificación de alerta del sistema de almacenamiento en la nube de su hermana.

La pantalla mostraba un aviso rojo: un nuevo intento de acceso remoto no autorizado acababa de ejecutarse contra la carpeta de archivos comprimidos de Alba desde una ubicación no identificada.

Elena alzó la vista hacia Martín. Él comprendió la gravedad de la situación sin necesidad de palabras.

—Saben que acabas de hablar con ella —dijo Martín con la voz tensa.

Elena guardó el teléfono en el abrigo, sintiendo cómo un frío helado le recorría la espalda.

—Entonces Laura también está en peligro inminente.

Elena permaneció junto a la ventana de la cafetería, contemplando la carretera vacía por la que el vehículo de Laura acababa de desaparecer en la niebla de la tarde.

Lo que dejaron atrás

El aire frío del atardecer golpeó el rostro de Elena en cuanto cruzó el umbral de la cafetería El Faro .

Martín caminaba a su lado en silencio, con las manos hundidas en los bolsillos de la gabardina y la mirada atenta al tráfico de la travesía.

Apenas habían recorrido cincuenta metros por la acera cuando el teléfono móvil de Elena comenzó a vibrar con violencia dentro del bolso.

El nombre de Laura Santamaría parpadeaba en la pantalla.

Elena se detuvo en seco bajo el rótulo luminoso de una farmacia, contestando al segundo tono con el pulso desbocado.

—¿Laura? ¿Estás bien? —preguntó Elena con la voz reducida a un susurro urgente.

A través del auricular no se percibía la calma previa de la cafetería.

Un murmullo metálico de tráfico lejano y el golpe seco de la puerta de un vehículo resonaron al otro lado antes de que la mujer respondiera.

—Creo que sí —contestó Laura. Su respiración era entrecortada, marcada por una agitación que intentaba contener a la fuerza.

Elena detectó de inmediato la alteración en el tono de su interlocutora.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Ha pasado algo desde que nos hemos separado?

—He cambiado de opinión —declaró Laura con rotundidad—.

No voy a esperar a mañana por la mañana para entregaros la página.

Martín se acercó al hombro de Elena, advirtiendo la tensión en sus facciones.

Elena presionó la pantalla para activar el altavoz del dispositivo, permitiendo que el expolicía escuchara la conversación directamente.

—La página no puede quedarse una sola noche más conmigo —continuó Laura, hablando con prisa—.

Es demasiado peligroso. —¿Por qué ese cambio tan repentino, Laura?

—preguntó Elena. —Porque alguien ha estado registrando mi casa mientras estábamos en la cafetería.

Un silencio pesado cayó sobre el tramo de acera donde se encontraban.

Martín frunció el ceño, apretando la mandíbula con dureza.

—¿Han forzado la entrada? ¿Estás segura de que han entrado?

—inquirió Elena. —No hay marcas en la cerradura, pero sé perfectamente cómo dejo mis cosas —explicó Laura, bajando aún más la voz—.

Al regresar he encontrado un cajón del escritorio ligeramente desencajado.

A simple vista no falta nada de valor, ni dinero ni aparatos, pero han movido carpetas y cajas que llevaban años sin tocarse en el fondo del armario.

—¿Qué había en esas cajas? —preguntó Martín directamente hacia el micrófono.

—Recuerdos del club —respondió Laura—. Cuadernos antiguos, programas de conferencias y notas de las lecturas.

—¿La página que mencionaste antes estaba escondida allí?

—insistió el detective. —Sí —admitió ella con amargura—. Ahí es donde la guardaba originalmente.

Elena sintió un temblor helado recorriéndole las manos.

—Dios mío... ¿Se la han llevado? ¿La han encontrado?

—No —aclaró Laura de inmediato—. Después de la llamada que me hiciste esta mañana, me entró el pánico y la saqué de la caja antes de salir hacia Valleduero.

La cambié de sitio por precaución. —¿La tienes encima ahora mismo?

—preguntó Elena. —No. Jamás llevaría un documento así en el bolso.

—¿Dónde la has dejado entonces? —quiso saber Elena.

Laura guardó silencio durante unos segundos.

Se escuchó el motor de un autobús acelerando a lo lejos antes de que volviera a hablar.

—En un lugar donde Darío jamás pensaría en buscar.

En el archivo de la antigua biblioteca municipal de San Telmo.

Elena cruzó una mirada de absoluta sorpresa con Martín.

—¿La biblioteca municipal? —Durante los primeros años del taller, el ayuntamiento nos cedía una sala secundaria para los seminarios de poesía —explicó Laura—.

Allí conservaban un pequeño archivo de actividades culturales.

La página está camuflada en el interior de un volumen descatalogado que nadie ha consultado en décadas.

—¿En qué libro exactamente? —preguntó Martín.

—No voy a pronunciar el título por teléfono —cortó Laura con firmeza.

—¿Por qué no? —insistió el expolicía—. Necesitamos saberlo si queremos recuperarla.

—Porque si esta línea está pinchada o están escuchando esta llamada, no pienso facilitarles el trabajo —sentenció ella—.

Ya han registrado mi casa; no les voy a entregar la ubicación en bandeja.

La amenaza abstracta que rodeaba la investigación cobró una densidad aterradora en plena calle.

—¿Quiénes crees que son, Laura? —preguntó Elena, apretando el teléfono contra su oído—.

¿Quién está detrás de estos registros? Laura tardó en responder, dejando escapar un largo suspiro de agotamiento.

—No lo sé con certeza, Elena. Durante años estuve completamente convencida de que todo era obra exclusiva de Darío.

—¿Y ahora ya no estás segura de eso? —inquirió Elena.

—Ahora ya no —confesó la mujer—. Después de marcharme del club continué recibiendo señales de vigilancia, pero con el tiempo me di cuenta de que había detalles que no encajaban únicamente con él.

Había datos privados que Darío no tenía forma de conocer, movimientos míos en ciudades lejanas que alguien detectaba al instante y conversaciones telefónicas confidenciales que terminaban filtrándose a terceros.

—¿Crees que había otra persona colaborando con él?

—preguntó Elena. —Creo que Darío nunca estuvo solo al frente de la estructura del club —afirmó Laura.

Martín intervino con tono inquisitivo. —¿En qué te basas para afirmar algo así de tajante?

¿Viste a alguien más? — Durante una de las últimas sesiones a las que asistí en la trastienda, me quedé rezagada en el pasillo —relató Laura—.

Escuché una discusión a puerta cerrada entre Darío y otra persona.

Reconocí la voz de él, sin duda. Pero la segunda voz pertenecía a una mujer.

No pude identificar quién era porque hablaba en un murmullo tenso, pero recuerdo perfectamente una frase que ella le dijo a Darío con una frialdad absoluta.

—¿Qué frase? —demandó Elena, sintiendo que el corazón le latía desbocado.

—Le dijo: «No puedes dejar que vuelva a hablar» .

Elena cerró los ojos un instante, digiriendo la carga de aquellas palabras.

—¿Hablaban de ti en esa reunión? —Eso fue lo que asumí en aquel momento —admitió Laura—.

Por eso me aterroricé y decidí preparar mi salida de San Telmo esa misma noche.

Pero cuando fui a recoger mis pertenencias de la carpeta del taller, encontré una nota anónima colgada en mi taquilla.

Tenía escrita una sola línea: «Las que se van siempre dejan algo atrás» .

Era la misma frase que esa mujer desconocida me repetiría más tarde en el pantano.

—¿Conservas esa nota? —preguntó Martín. —No.

La destruí esa misma madrugada en la chimenea de mi casa —contestó ella—.

Estaba demasiado asustada. —¿Pero estás segura de que conservas la página del archivo de la biblioteca?

—reiteró Elena. —Sí. Esa hoja sí la conservo porque contiene notas tomadas durante la primera sesión de evaluación del club.

Y en el margen posterior hay algo escrito que en su momento no fui capaz de interpretar.