CAPÍTULO 11 #4
Laura contempló a ambos antes de proseguir con su relato.
—En el pantano, durante la ceremonia, Darío no hizo nada abiertamente violento.
No hubo amenazas físicas, ni drogas, ni agresiones explícitas.
Todo estaba envuelto en un aura de trascendencia simbólica, de hermandad secreta.
Pero el verdadero cambio empezó al día siguiente.
Darío comenzó a citarnos de forma individual.
Preguntas aparentemente inocentes durante conversaciones privadas sobre nuestras familias, nuestras relaciones de pareja, nuestros fracasos económicos, nuestros mayores miedos...
—¿Cómo conseguía detalles tan precisos sobre vuestra vida privada?
—preguntó Elena. —Porque nosotras mismas se los entregábamos en bandeja —respondió Laura con amargura—.
Ese era su verdadero talento. Las reuniones creaban una atmósfera de intimidad tan absoluta que creías estar rodeada de tus verdaderas hermanas.
Revelabas secretos que jamás le habrías contado a tu madre o a tu pareja.
Sentías que Darío te comprendía mejor que nadie.
—¿Y qué hacía él con toda esa información personal?
—quiso saber Elena. Laura tardó en responder, trazando círculos invisibles sobre la mesa con la yema del índice.
—Al principio, nada. Guardaba la información, la clasificaba en su memoria.
Pero en cuanto alguna de nosotras daba muestras de cansancio o insinuaba que quería dejar el club, la dinámica cambiaba.
No utilizaba chantajes burdos. Simplemente, durante una charla informal, dejaba caer una frase, un detalle íntimo sobre tu familia o un error de tu pasado que podría arruinarte la vida si salía a la luz.
Te demostraba, con una sonrisa impecable, que recordaba cada palabra que le habías confesado en privado.
Laura hizo una pausa, tragando saliva con dificultad.
—El día que le dije que no volvería a la librería, me escuchó con absoluta calma.
Me dijo: «Por supuesto, Laura. Nadie está obligado a quedarse aquí contra su voluntad» .
Y justo cuando iba a cruzar la puerta, añadió: «Pero sería una lástima que ciertas confidencias que has compartido en este espacio sagrado terminaran circulando fuera de nuestro círculo» .
Nunca pronunció una amenaza directa, pero el mensaje quedó grabado a fuego.
—¿Y qué pasó con las demás integrantes de tu grupo?
—preguntó Elena. —Algunas se quedaron y aceptaron las reglas del juego —dijo Laura—.
Otras nos fuimos. Y un tercer grupo, simplemente, desapareció de nuestra vida cotidiana.
—¿Desaparecieron? —repitió Elena, conteniendo el aliento—.
¿Quieres decir que las asesinaron? Laura levantó la mano para matizar de inmediato.
—No sé qué les ocurrió exactamente, Elena.
No puedo afirmar algo así porque no tengo pruebas.
Solo sé que de la noche a la mañana dejaban de acudir.
Una se mudó sin avisar a sus padres; otra cambió de número de teléfono y no volvió a responder a las llamadas; otra cortó la relación con sus amistades de toda la vida.
Lo verdaderamente extraño era que todas las que se alejaban compartían un rasgo común: tenían un terror paralizante a hablar de lo que habían visto o escuchado.
—¿Miedo a Darío? —insistió Elena. —No estoy segura de que fuera solo miedo a Darío —respondió Laura, mirando de reojo hacia la entrada del local.
Elena la observó con fijeza, detectando el matiz.
—¿Si no era solo a Darío, a quién le tenían miedo?
—Eso es lo que nunca conseguí averiguar durante los meses posteriores —confesó Laura.
—¿Había alguien más detrás de la estructura del club?
—intervino Martín. —Creo que sí —asintió Laura con firmeza—.
Había alguien más gestionando la sombra.
Elena sintió cómo la escala de la investigación se expandía bruscamente ante ella.
—¿Quién era esa persona? Laura negó con la cabeza lentamente.
—Nunca vi su rostro ni escuché su nombre.
Pero durante casi un año después de marcharme de San Telmo, recibí docenas de llamadas telefónicas a deshoras donde nadie respondía al otro lado.
A veces encontraba detalles sutiles que me demostraban que sabían exactamente dónde estaba: una fotografía antigua colgada en mi buzón, un coche desconocido estacionado durante horas frente a mi portal, una llamada que se cortaba al segundo tono...
Una vez llegué a mi casa y encontré sobre la mesa de la entrada la copia de una página de diario que yo había escrito durante uno de los talleres de Darío.
Una página que jamás le había entregado a nadie.
—¿Conserva esa página? —preguntó Elena con avidez.
—Sí —admitió Laura—, la tengo guardada. —Entrégamela, por favor.
Puede ser la prueba que necesitamos. —No la he traído conmigo hoy —negó Laura con cautela—.
No voy a entregártela en un sitio público.
—¿Dónde entonces? —Si después de lo que te he contado todavía quieres verla, te llamaré mañana por la mañana —propuso Laura.
—¿Por qué esperar a mañana? —cuestionó Martín, desconfiado.
Laura lo miró fijamente a los ojos. —Porque antes necesito comprobar algo fundamental.
—¿El qué? —preguntó Elena. —Si alguien me ha seguido hasta aquí y sigue vigilando mis movimientos.
Un silencio pesado cayó sobre la mesa. Laura metió la mano en su bolso de mano y extrajo una fotografía antigua en formato papel, bastante desgastada por los bordes.
La deslizó suavemente sobre la superficie de la mesa hasta dejarla entre Elena y Martín.
Era una toma de grupo realizada en la orilla del pantano de la Sombra, bajo una luz crepuscular.
En ella se distinguía a una Laura mucho más joven, a Natalia Fuentes con la mirada perdida y a Sofía en su adolescencia.
En la parte posterior del encuadre figuraba la silueta inconfundible de Darío.
Sin embargo, en el margen derecho de la imagen, medio oculta tras el tronco de un pino, aparecía la figura de una mujer joven, vestida de oscuro, parcialmente apartada del resto del grupo.
Elena sintió un escalofrío al reconocer instantáneamente las facciones de la mujer: era la misma joven no identificada que figuraba en la fotografía digitalizada del archivo de Alba.
—¿Quién es ella? —preguntó Elena, señalando la imagen.
La expresión de Laura se endureció de inmediato.
—Ella no era una integrante del club. No era una Ofelia.
—Entonces, ¿qué hacía en la ceremonia del pantano?
—Eso fue precisamente lo que nunca llegué a entender —respondió Laura.
Martín examinó la fotografía con detenimiento.
—¿Conoces su nombre? —No —dijo Laura rotundamente.
—¿Jamás la escuchaste hablar con Darío? —insistió Elena.
—Nunca. Darío jamás la presentó al grupo, ni nos permitió acercarnos a ella.
Simulaba que no estaba allí, pero ella presenciaba cada ritual desde la distancia.
Elena comprendió la magnitud del hallazgo: la misma mujer desconocida figuraba en dos fotografías tomadas con años de diferencia.
No se trataba de una presencia accidental, sino de un pilar fundamental en la sombra del taller.
—La vi una segunda vez —añadió Laura con la voz reducida a un susurro.
—¿Cuándo? —preguntó Elena. —La misma noche en que tomé la decisión definitiva de marcharme para siempre.
—¿Dónde la viste? —En el pantano —dijo Laura—.
De madrugada. —¿Estaba con Darío? —No. Estaba sola.
Elena contuvo el aliento antes de formular la siguiente pregunta.
—¿Qué hacía allí a esa hora? —Me estaba esperando a mí en la pista de tierra —reveló Laura—.
Y me dijo una frase que no he podido borrar de mi cabeza en todos estos años.
Elena aguardó en silencio, sintiendo la presión de la atmósfera.
—Dijo: «Las que se van siempre dejan algo atrás» .
—¿Qué quiso decir con eso? —preguntó Elena.
—Nunca lo supe —admitió Laura—. Pero desde esa misma noche no volví a poner un pie en San Telmo.
Laura recogió la fotografía de la mesa y la guardó de nuevo en el bolso.
Se abrochó el abrigo hasta el cuello y miró a Elena a los ojos con una mezcla de piedad y advertencia.
—Si tu hermana Alba llegó a descubrir la identidad de esa mujer, probablemente fue por esa razón por la que la mataron.
Elena se quedó completamente inmóvil en el asiento.
Laura se corrigió de inmediato, sacudiendo la cabeza con nerviosismo.
—No debería haber dicho eso... Olvida lo que he dicho.
—¿Por qué lo dices? ¿Sabes quién mató a mi hermana?
—exigió Elena, inclinándose hacia ella. —No sé quién mató a Alba —respondió Laura levantándose de la silla—.
Pero sé con certeza que tu hermana estaba haciendo las preguntas equivocadas.
Elena la miró desde abajo. —¿Cuáles eran las preguntas correctas entonces?
Laura miró hacia el exterior a través de la cristalera gris antes de dar la última respuesta.
—No preguntes quién pertenece al club, Elena. Pregunta quién lo controla realmente.