La Chica del Pantano CAPÍTULO 11 #3
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CAPÍTULO 11 #3

El avance fue lento y minucioso, construido a base de descartar homónimos y verificar antiguas direcciones familiares.

Finalmente, en el registro de un pequeño anexo comercial de transporte de mercancías, el nombre de Laura Santamaría apareció vinculado a una dirección postal en Aldealba, un municipio residencial de apenas trescientos habitantes situado a cuarenta kilómetros de San Telmo.

El número de teléfono fijo asociado figuraba activo en la última guía comercial del sector.

Elena marcó el número con manos frías mientras Martín se acercaba a la mesa, manteniendo la respiración contenida para escuchar el tono de marcación.

El teléfono sonó cinco veces en el vacío antes de que la llamada se cortara por tiempo de espera.

Elena esperó diez segundos, con el pulso acelerado, y volvió a marcar la secuencia numérica.

De nuevo, el tono monótono se repitió hasta agotarse sin respuesta.

—No insistas más por ahora —dijo Martín con serenidad profesional—.

Si está en casa y no quiere responder a un número desconocido, cuanto más insistas, más probabilidades hay de que apague la línea o bloquee la entrada.

Elena dejó el teléfono sobre la mesa de madera y se pasó la mano por el rostro, fatigada.

Sin embargo, antes de que pudiera apartarse de la mesa, el dispositivo comenzó a vibrar rítmicamente sobre el cristal del escritorio, mostrando en pantalla el mismo número al que acababa de llamar.

Elena tardó un segundo en reaccionar antes de descolgar y presionar el altavoz.

—¿Sí? —dijo una voz femenina, pausada, firme y cautelosa.

No había sobresalto en su tono; era la voz de alguien que aguardaba una llamada inevitable desde hacía tiempo.

—¿Laura Santamaría? —preguntó Elena, tratando de mantener un tono neutral y pausado.

—¿Quién habla? —inquirió la mujer al otro lado, sin confirmar su identidad de inmediato.

—Me llamo Elena. Estoy intentando reconstruir la historia y las actividades del Club de las Ofelias en San Telmo.

Un silencio denso y prolongado cayó sobre la línea.

Durante varios segundos solo se escuchó el leve chasquido de la interferencia estática.

—¿Quién te ha dado mi nombre? —preguntó Laura finalmente.

Su tono había bajado un grado de intensidad, volviéndose más frío.

—Mi hermana —respondió Elena con franqueza.

—¿Tu hermana? ¿Quién es tu hermana? —Alba.

El reconocimiento del nombre actuó como un detonante invisible al otro lado del hilo telefónico.

Se produjo una pausa aún más larga que la anterior.

—¿Alba? —repitió Laura, y por primera vez se percibió una grieta de inquietud en su voz—. ¿Alba está contigo? ¿Está viva?

Elena miró a Martín, que permanecía inmóvil a su lado, antes de responder con la verdad desnuda.

—No. Alba murió hace unas semanas cerca del pantano de la Sombra.

El suspiro de Laura fue imperceptible, casi ahogado.

—Entonces ya es demasiado tarde —dijo la mujer con una resignación amarga.

—¿Qué quieres decir con que ya es demasiado tarde, Laura?

—insistió Elena de inmediato. —Nada —cortó Laura secamente, intentando recuperar el control de su voz—.

No significa nada. Lo siento por tu hermana, pero no puedo ayudarte.

—Necesito hablar contigo —insistió Elena, pegando el teléfono a su rostro—.

Alba dejó notas sobre ti. Sabía que fuiste de las primeras en marcharte del club.

—No voy a volver a hablar de ese tema —dijo Laura con firmeza—.

Dejé San Telmo hace muchos años y no pienso remover nada de lo que pasó en esa librería.

Martín hizo un ademán de tomar el teléfono para intervenir con su experiencia policial, pero Elena le hizo un gesto tajante con la mano para frenarlo.

—No busco acusar a nadie, Laura —explicó Elena, midiendo cada palabra—.

No soy periodista ni trabajo para la policía.

Solo trato de entender qué le ocurrió a mi hermana y por qué investigaba a las mujeres que pasaron por el taller.

—Eso es exactamente lo que dijo otra persona hace años —respondió Laura con una sonrisa amarga que se adivinaba a través de la línea.

—¿Quién? ¿Quién dijo eso? —preguntó Elena.

Laura no respondió a la pregunta. El silencio volvió a extenderse entre ambas, pesado y lleno de vacilaciones retenidas durante más de una década.

—¿Podemos vernos hoy mismo? Solo será media hora —pidió Elena.

Laura tardó en contestar. Se escuchó el ruido de una ventana cerrándose al otro lado del teléfono.

—Acepto veros —dijo Laura finalmente—, pero con una condición estricta: no vengas sola.

Elena frunció el ceño. —¿Por qué? —Porque si esas personas todavía siguen siendo quienes eran en aquel entonces, no quiero que vuelvas sola a tu casa después de hablar conmigo —contestó Laura con helada gravedad.

La advertencia dejó un poso de tensión palpable en el estudio.

Elena preguntó dónde podían encontrarse y Laura fijó la cita en un municipio intermedio, en una cafetería discreta llamada El Faro , situada en la travesía principal de Valleduero.

—En una hora —sentenció Laura antes de colgar sin despedirse.

La cafetería El Faro era un establecimiento antiguo y sobrio, con paredes recubiertas de madera oscura, luz grisácea filtrada por grandes ventanales que daban a la carretera comarcal y apenas tres mesas ocupadas por ancianos del pueblo que leían el periódico en silencio.

Era un ambiente cotidiano y anodino que contrastaba frontalmente con la carga psicológica de la cita.

Elena y Martín se sentaron en un reservado del fondo, desde donde dominaban tanto la entrada principal como la calle exterior.

Laura Santamaría llegó con diez minutos de retraso.

Era una mujer de unos cuarenta años, vestida con un abrigo oscuro de corte sencillo, el pelo recogido en un moño tirante y una expresión analítica en el rostro.

No mostraba la fragilidad de una víctima acorralada; su postura erguida y su mirada esquiva revelaban a alguien que había desarrollado mecanismos estrictos de autoprotección.

Antes de cruzar el umbral, se detuvo en el exterior para examinar los vehículos estacionados, observó la disposición de las mesas desde la puerta y solo entonces caminó a paso firme hacia el reservado.

—Soy Elena —dijo esta levantándose ligeramente.

Laura no le estrechó la mano. Se sentó enfrente, al lado de la pared, y fijó sus ojos en los rasgos de Elena durante un largo intervalo.

—Te pareces a ella —comentó Laura con voz baja.

—¿A Alba? Laura asintió despacio. —En la forma de mirar.

Tienes la misma fijación en los ojos. —¿Qué relación tuviste exactamente con mi hermana?

—preguntó Elena. —Ninguna relación personal —explicó Laura, manteniendo las manos cruzadas sobre el regazo—.

Me llamó por teléfono hace un par de meses.

Había conseguido mi número antiguo a través de una excompañera del taller.

Me hizo preguntas sobre Darío, sobre las reuniones en la trastienda y sobre la primera época del club.

Le pedí por favor que lo dejara estar, que no removiera la basura.

—¿Por qué le pediste eso? —inquirió Elena.

—Porque yo intenté hacer exactamente lo mismo cuando me marché —contestó Laura, mirando fijamente el plato del café que el camarero acababa de dejar sobre la mesa—.

Y descubrí que cuanto más escarbas en ese suelo, más te das cuenta de que la tierra está podrida.

Elena se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en la madera.

—Cuéntame cómo empezó todo, Laura. Necesito saber qué era realmente el Club de las Ofelias.

Laura guardó silencio un instante, mirando hacia la cristalera antes de comenzar a hablar.

—Entré cuando tenía veintidós años. Darío fue quien me invitó personalmente tras comprar un par de libros raros en su tienda.

En aquella época, Darío no parecía peligroso en absoluto.

Era exactamente el hombre que aparenta ser hoy: culto, atento, exquisitamente educado y con un interés fascinante por el desarrollo intelectual de las mujeres que acudíamos a su local.

Las primeras semanas eran completamente normales.

Leíamos poesía, discutíamos sobre literatura existencialista, hacíamos análisis de texto en la trastienda...

No había nada turbio. Era un refugio brillante en un pueblo pequeño.

Hasta que llegó la primera invitación para la ceremonia.

—La ceremonia del pantano de la Sombra —afirmó Elena.

—La primera de todas —asintió Laura con una sombra de pesar en los ojos.

—¿Qué ocurrió exactamente allí? —intervino Martín por primera vez.

Laura giró la cabeza bruscamente hacia él, examinando su presencia con desconfianza.

—¿Quién eres tú? —preguntó secamente. —Me llamo Martín.

Trabajo con Elena. Laura entornó los ojos, procesando el apellido que el expolicía añadió a continuación.

—Martín... —murmuró ella—. Tú eres el inspector que llevó las primeras diligencias cuando desaparecieron Natalia y las demás.

—Así es —admitió Martín sin desviarle la mirada.

Laura dejó escapar una risa breve y carente de humor.

—Entonces sabes mucho más de lo que estás diciendo en esta mesa.

Martín no respondió, encajando el golpe con profesionalidad y dejando que el silencio actuara como respuesta.

Elena intervino de inmediato para evitar que la conversación se desmoronara.

—Martín está aquí para ayudarme a encajar las piezas, Laura. Por favor, continúa.