La Chica del Pantano CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Elena leyó las frases en voz alta, sintiendo cómo se le erizaba el vello de los brazos.

—Dios mío —murmuró Elena—. Alba no estaba investigando a ciegas los sucesos de hace seis años.

Ya había reconstruido esta misma cadena antes de morir.

Martín se inclinó hacia la pantalla, revisando los metadatos de creación del documento.

—Este archivo se guardó tres semanas antes de que su cuerpo apareciera en la orilla —confirmó el detective—.

Alba entendió que para descubrir la verdad no debía enfocarse en la desaparición de Natalia, sino en la mujer que inauguró la lista.

Elena apretó los puños sobre las rodillas.

—Entonces tenemos que encontrar a la primera Ofelia.

—A la primera mujer de esta lista que rompió el silencio o desapareció del entorno del club tras el ritual —asintió Martín.

Martín tomó el teclado y filtró la lista por el campo de fecha más antiguo.

Un nombre de la primera etapa del taller emergió en la cabecera: Laura Santamaría.

Junto a su ficha figuraba una nota escrita a mano por Alba: «Dejó San Telmo inmediatamente después de la primera ceremonia en la caseta» .

—¿Tenemos una dirección registrada de Laura Santamaría?

—preguntó Elena. Martín consultó sus propios archivos digitales guardados en un lápiz de memoria.

—Tengo un domicilio antiguo en el archivo del padrón de hace ocho años —dijo él—.

Corresponde a una propiedad en el casco urbano de San Telmo.

Elena lo miró con sorpresa. —¿Sigue viviendo en el municipio?

—No lo sé —admitió Martín—. Figuraba a nombre de sus padres. Vamos a comprobarlo sobre el terreno.

Antes de cerrar el directorio de trabajo, Elena advirtió la presencia de una nota independiente guardada en formato de borrador.

No contenía cifras ni datos policiales; parecía una reflexión íntima redactada por Alba durante una de sus noches de trabajo en solitario.

La frase leía: «No desaparecen cuando se marchan físicamente de San Telmo.

Desaparecen mucho antes. Desaparecen el día en que dejan de hablar y sus voces son sustituidas por las palabras de Darío» .

Elena leyó el texto dos veces en silencio, comprendiendo la naturaleza exacta del sometimiento ejercido en la caseta.

—Alba comprendió que el verdadero daño no era el aislamiento físico —observó Elena—, sino la anulación previa de la voluntad.

Martín asintió con gravedad. —El ritual servía para quebrarlas por dentro antes de darles la opción de irse.

Elena hizo amago de cerrar la carpeta principal, pero un impulso analítico la hizo detenerse en el último segundo.

Volvió a contar los registros listados por Alba y los comparó de nuevo con el archivo antiguo de Martín.

—Nos falta un nombre —dijo Elena de pronto.

Martín la observó sin comprender. —¿Qué dices?

—Tu lista antigua tenía diecisiete nombres.

La lista reconstruida de Alba suma veintitrés entradas numeradas en la columna izquierda —explicó Elena apuntando a la pantalla—.

Sin embargo, si cuentas las fichas completas que hay en este documento, solo aparecen veintidós mujeres identificadas.

Martín se acercó a la pantalla para repasar el recuento.

En el renglón marcado con el número 23, la casilla del nombre aparecía completamente en blanco.

Solamente figuraba el número de orden y una casilla vacía.

—¿Quién es la número veintitrés? —preguntó Elena.

Martín revisó los anexos, los diarios de campo y las imágenes escaneadas, pero el espacio correspondiente a esa entrada continuaba sin datos.

Elena abrió la carpeta de recursos gráficos de Alba, buscando alguna imagen que pudiera corresponderse con la ficha incompleta.

Encontró una fotografía digitalizada en blanco y negro, tomada en el exterior de la Librería Ofelia años atrás.

En ella aparecían varias jóvenes posando en el umbral: Natalia Fuentes, Clara y Sofía ocupaban el centro de la imagen, sonriendo a la cámara.

Un par de chicas más, identificadas en el listado general, aparecían a los lados.

Pero en el extremo izquierdo de la toma, semioculta tras el marco de la puerta, se apreciaba la figura de otra joven.

Estaba ligeramente apartada del grupo, con los brazos cruzados y una expresión de absoluta distancia, mirando hacia la calle sin sumarse a la camaradería del resto.

Elena aplicó un zum sobre el rostro de la joven desconocida.

Al reverso de la toma original, que Alba había fotografiado por separado, figuraba una fecha manuscrita y una sola palabra trazada con firmeza: «Ofelia» .

No había nombre, ni apellido, ni nota alguna.

—Esta mujer no aparece en ninguno de mis expedientes oficiales —afirmó Martín observando las facciones de la chica.

—Tampoco está identificada en las fichas de mi hermana —añadió Elena—.

Pero Alba guardó esta foto en la raíz del directorio principal.

—¿Por qué fotografiaría a una desconocida sin añadir su nombre?

—se preguntó Martín en voz alta. —Porque sabía que esa mujer era la pieza que le faltaba para completar la lista —dedujo Elena.

En ese preciso instante, un pitido agudo y seco emergió de los altavoces del ordenador portátil.

La pantalla parpadeó durante medio segundo y una ventana flotante de alerta del sistema operativo se desplegó en el centro de la interfaz.

La notificación de seguridad informaba de un intento de acceso remoto no autorizado al disco duro local, bloqueado temporalmente por el cortafuegos.

Martín se puso de pie de golpe, colocándose a la espalda de Elena.

—¿Cuándo se ha producido esa solicitud de sincronización?

—exigió saber el detective. Elena comprobó la marca de tiempo de la alerta.

—Ahora mismo —respondió con el aliento contenido—.

Hace tres segundos. Martín señaló la ruta de acceso que figuraba en el registro del evento informático.

—¿A qué directorio exacto estaban intentando acceder?

Elena siguió la línea del comando con el dedo.

La intrusión apuntaba de forma directa a la carpeta OFELIAS — INVESTIGACIÓN , la misma que contenía la lista de veintitrés nombres y la fotografía de la joven desconocida.

El silencio volvió a adueñarse del despacho, denso y cargado de una amenaza inminente.

—¿Crees que ha sido una coincidencia del sistema o una búsqueda automatizada?

—preguntó Elena, mirando a Martín con los ojos muy abiertos.

—No existen las coincidencias de este tipo, Elena —negó él con voz tajante—.

Saben exactamente qué archivos estamos revisando y en qué momento abrimos las carpetas clave.

Elena cerró la aplicación de edición y desconectó el cable de red del puerto lateral del ordenador, interrumpiendo cualquier comunicación con el exterior.

Sin embargo, en lugar del pánico que la había dominado la noche anterior, sintió emerger una determinación fría y lúcida.

La intrusión remota confirmaba que los nombres de las antiguas integrantes representaban el punto más sensible y peligroso de toda la estructura de Darío.

Alba no se había equivocado: el secreto del club no residía únicamente en lo que ocurrió con Natalia Fuentes, sino en lo que le habían hecho a cada una de las mujeres que pasaron por la caseta del pantano.

Elena extrajo una memoria USB de su cajón, copió el archivo fotográfico de la joven sin nombre junto con la ficha de Laura Santamaría y apago el ordenador portátil por completo.

Se levantó de la silla y miró a Martín con firmeza.

—Vamos a encontrar a Laura Santamaría hoy mismo —determinó Elena.

—Y después descubriremos la identidad de la chica que aparece apartada en esa fotografía —asintió Martín, recogiendo las llaves del vehículo.

Elena sostuvo la memoria externa entre los dedos, negando suavemente con la cabeza antes de cruzar el umbral del despacho.

—No, Martín —corrigió Elena, deteniéndose en el pasillo—.

Primero vamos a averiguar quién acaba de intentar entrar en mi ordenador.

Martín la observó con extrañeza. —¿Por qué?

—Porque quienquiera que haya intentado borrar estos archivos acaba de confirmarnos que vamos exactamente por el camino correcto.

La primera Ofelia

Tras desconectar el ordenador del puerto de red, el silencio en el estudio de Elena se volvió espeso y aplastante.

La sombra de la sospecha que los rodeaba ya no era una abstracción; alguien al otro lado de la línea vigilaba cada consulta sobre los archivos de Alba.

Martín permanecía de pie junto a la ventana, observando la calle empedrada a través de las lamas de la persiana mientras Elena anotaba en un cuaderno los datos de Laura Santamaría.

No podían permitirse recurrir a métodos de rastreo ilegales ni a intrusiones en bases de datos protegidas que pudieran encender alarmas policiales.

Durante más de dos horas, cruzaron datos en registros públicos, viejas guías de teléfonos descatalogadas, mercantiles extinguidas y actas notariales de fincas rústicas del valle.