CAPÍTULO 11
Las huellas borradas
Una Ofelia sin nombre
La primera luz del amanecer comenzó a filtrar un tono grisáceo y frío a través de las rendijas de la persiana del despacho, recortando la silueta de Elena frente al brillo incesante del ordenador.
No había dormido más que un par de horas discontinuas, sobresaltándose ante cada crujido de la estructura de la casa.
La frase del último mensaje anónimo — «Pregúntale por la caseta» — permanecía grabada a fuego en su mente, repitiéndose en un bucle obsesivo que amenazaba con paralizarla.
Elena ignoraba si aquel texto pretendía ofrecerle una vía de entrada real, manipular sus emociones para empujarla al error o conducirla con absoluta frialdad hacia una trampa tendida en la sombra.
Sin embargo, tras horas de insomnio, una certeza logró imponerse a la incertidumbre: continuar investigando la figura aislada de Darío era un callejón sin salida.
Si quería entender las razones por las que Alba había terminado muerta en la orilla del PANTANO, debía reconstruir la arquitectura completa del Club de las Ofelias desde sus orígenes.
Elena modificó su método de trabajo sobre la mesa del estudio, desestimando la búsqueda apresurada de una prueba incriminatoria contra el librero para centrarse en la detección de un patrón estructural.
Reorganizó las carpetas digitales que su hermana había guardado durante sus últimas semanas de vida, cotejando fechas de modificación, metadatos de las imágenes y notas de voz transcritas.
En el fondo de uno de los directorios secundarios, escondido bajo el inocuo título de Actas de lectura , dio con un documento que no había analizado con suficiente detenimiento.
Se trataba de un listado manuscrito por Alba, escaneado en alta resolución, donde figuraban decenas de nombres propios organizados en columnas desiguales.
Varios renglones aparecían tachados con trazos dobles de bolígrafo negro, mientras que otros llevaban anotaciones al margen escritas con letra apretada: «No volvió» , «Se marchó» , «Sin contacto desde octubre» , «No responde al teléfono» .
Aquellas cuatro precisiones al margen no implicaban automáticamente que las mujeres hubieran sufrido un destino trágico, pero atestiguaban que, de manera sistemática, un porcentaje desproporcionado de las participantes cortaba de golpe cualquier vínculo con su entorno tras abandonar el taller literario.
La puerta del despacho se abrió levemente y Martín entró portando dos tazas de café humeante.
Tenía el rostro cansado y la mirada fija en los documentos esparcidos sobre la madera.
Elena no esperó a que se acomodara para girar el monitor hacia él y señalar la columna de nombres.
—Creo que Alba estaba intentando reconstruir la plantilla histórica de las integrantes del club antes de su muerte —dijo Elena con la voz ronca por el cansancio—.
Mira los registros. Martín dejó las tazas sobre un posavasos y se inclinó sobre la mesa, ajustándose las gafas para examinar el archivo.
—¿Cuántos nombres ha conseguido reunir en este listado?
—preguntó el antiguo inspector. —Veintitrés —respondió Elena, manteniendo el pulso sobre la hoja de cálculo.
Martín frunció el ceño de inmediato, echándose ligeramente hacia atrás con expresión de clara sorpresa.
—¿Veintitrés? —repitió, verificando la cifra con el dedo—.
Esa cifra es demasiado alta. En los archivos oficiales de la investigación de Natalia Fuentes yo solo tenía contabilizadas a diecisiete mujeres en el círculo privado.
La divergencia numérica atrajo la atención de ambos al instante, elevando la tensión de la estancia.
—¿Por qué tu expediente policial tenía seis nombres menos, Martín?
—inquirió Elena, mirándolo con fijeza. —Porque algunas de esas mujeres nunca figuraron en las memorias de la librería ni en los registros del padrón municipal —explicó él, repasando la pantalla—.
Jamás dejaron una huella documental oficial ni una denuncia formal de desaparición.
Para la comisaría, sencillamente no existían dentro de la estructura del taller.
—¿Y cómo demonios consiguió encontrarlas Alba?
—preguntó Elena. —Tu hermana trabajaba como editora y conocía a la perfección el lenguaje del sector —razonó Martín, reconociendo el mérito del trabajo de la joven muerta—.
Sabía cómo aproximarse a antiguas alumnas o a familiares lejanos sin activar la rigidez ni las alarmas de una citación policial.
Alba pudo acceder a fuentes que jamás habrían hablado con un detective oficial.
Elena abrió una segunda hoja comparativa en la que había cruzado la lista de Alba con el informe antiguo de Martín.
Siete nombres presentes en el ordenador de su hermana no aparecían por ningún lado en las notas del inspector.
Uno de ellos, Laura Santamaría, destacaba sobre los demás al llevar dibujada una pequeña estrella de tinta azul junto al apellido.
—¿Qué significa esa estrella al lado de Laura Santamaría?
—preguntó Martín, indicando el símbolo. —No lo sé —admitió Elena—.
Pero Alba dejó una nota en la parte inferior de la página.
Elena amplió el margen inferior del documento escaneado, donde la caligrafía de su hermana resultaba inequívoca: «Todas las marcadas participaron en la primera ceremonia» .
Elena alzó la vista hacia Martín, sintiendo cómo el aire de la estancia se volvía pesado.
—Todas —repitió Elena en un susurro. Martín asintió lentamente, contemplando la pantalla con gravedad.
—Esto cambia la perspectiva de la investigación por completo, Elena —afirmó el expolicía—.
Hasta hoy habíamos considerado las salidas al PANTANO de la Sombra como un ritual exclusivo o un premio reservado para las dos o tres integrantes más afines a Darío.
Pero si todas las mujeres de esa lista pasaron por la primera ceremonia nada más ingresar, el retiro nocturno no era un acontecimiento secundario del taller. Era el verdadero filtro de acceso.
Las palabras de Clara pronunciadas el día anterior resonaron en la mente de Elena con una claridad aterradora: «Las Ofelias nunca dejan de serlo» .
—¿Cuántas mujeres llegaron a participar realmente en esa ceremonia a lo largo de los años?
—preguntó Elena. —Es imposible saberlo con exactitud —respondió Martín—, pero si la lista de Alba es precisa, estamos hablando de un número mucho mayor del que jamás sospechamos.
Martín comenzó a deslizar el cursor por los nombres.
Algunos pertenecían a mujeres que continuaban residiendo en San Telmo bajo una aparente normalidad doméstica, mientras que otros correspondían a antiguas vecinas de las que no se conservaba pista alguna.
En dos documentos con fechas diferentes, el nombre de Natalia Fuentes aparecía subrayado en rojo, acompañado por dos anotaciones temporales.
—¿Qué representan estas dos fechas bajo el nombre de Natalia?
—quiso saber Elena. —La primera es la fecha exacta de su primera asistencia al retiro del PANTANO —explicó Martín—.
La segunda corresponde al día de su última reunión registrada en la trastienda de la librería.
Elena calculó mentalmente el intervalo entre ambas marcas.
—Apenas un mes y una semana —constató Elena.
—Un mes —corrigió Martín—. Treinta y cuatro días exactos.
La cifra encajaba de forma estremecedora con el testimonio de Clara.
Natalia ingresó en el núcleo cerrado, fue llevada a la caseta de piedra del embalse, comenzó a indagar sobre las alumnas de promociones anteriores y desapareció del radar del club sin dejar rastro en cuestión de semanas.
—¿Todas siguieron exactamente la misma secuencia temporal?
—preguntó Elena. —No todas —respondió Martín, analizando la tabla—, pero al comparar las fechas de ingreso con las notas al margen de Alba, se observa un patrón claro.
Elena asumió el control del ratón y organizó los nombres por orden cronológico.
El resultado fue demoledor: en más del sesenta por ciento de los casos, las mujeres cortaban su asistencia al taller entre cuatro y ocho semanas después de haber participado en la ceremonia de iniciación.
No se trataba de una baja paulatina ni de una pérdida gradual de interés por la lectura; era una ruptura drástica y definitiva.
—Esto no puede ser una casualidad estadística, Martín —afirmó Elena, señalando las columnas alineadas—.
Hay una pauta sistemática de conducta. —Todavía no podemos presentarlo como un patrón judicialmente irrefutable —advirtió Martín con cautela profesional—.
Para la versión oficial de las autoridades, todas esas mujeres simplemente cambiaron de ciudad, se cansaron del club o rehicieron sus vidas.
—¿Cuántas coincidencias idénticas necesitas para aceptar la realidad?
—le espetó Elena. Martín la miró fijamente durante un segundo antes de responder con una sombra de melancolía.
—Las suficientes para que nadie pueda tumbar la teoría con una explicación administrativa sencilla.
Elena esbozó una sonrisa amarga y helada.
—Eso es exactamente lo que me habría dicho Alba si estuviera aquí sentada.
La mención directa a la hermana muerta congeló momentáneamente el diálogo.
Martín guardó silencio, bajando la mirada hacia la taza de café mientras la tensión del ambiente se volvía casi tangible.
Elena continuó explorando las subcarpetas del sistema hasta dar con un archivo de texto plano titulado Cuestión de origen .
Dentro figuraba un fragmento escrito por Alba pocas semanas antes de fallecer: «Buscar a las que se fueron antes de Natalia.
Si el patrón se repite, Natalia no fue la primera víctima del control; fue solo la primera que intentó defenderse» .