La Chica del Pantano CAPÍTULO 10 #10
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CAPÍTULO 10 #10

Entró en el portal, subió las escaleras con paso rápido y se adentró en su vivienda.

Cerró la puerta tras de sí, giró la llave dos veces en la cerradura e echó el pasador de seguridad.

Dejó el abrigo y el teléfono sobre la mesa de la entrada y se dirigió directamente a su despacho.

Se sentó frente a la pantalla del ordenador portátil y permaneció unos instantes en penumbra, escuchando el crujido sordo de las paredes de la casa.

Abrió la carpeta encriptada donde conservaba los archivos duplicados de Alba.

Navegó entre decenas de archivos fotográficos hasta localizar la toma realizada por su hermana en las proximidades del pantano de la Sombra.

Con ambas imágenes abiertas simultáneamente en la pantalla, Elena aplicó un zum digital sobre el sector del vehículo oscuro.

Aunque la fotografía recibida esa mañana tenía menor definición en los márgenes, la discontinuidad en la tulipa del piloto trasero izquierdo —aquella pequeña grieta reparada con celofán que la vecina había descrito horas atrás— se insinuaba en el mismo punto exacto.

Un escalofrío le recorrió los brazos. No era una prueba judicialmente irrefutable, pero la probabilidad de que fuera una simple coincidencia era prácticamente nula.

Elena abrió una nueva carpeta de trabajo en la raíz del sistema y la tituló en mayúsculas: OFELIAS — INVESTIGACIÓN .

Dentro, creó un documento de texto en blanco y comenzó a anotar las conexiones de forma esquemática:

Vehículo oscuro con desperfecto en óptica trasera. Pantano de la Sombra (escena del hallazgo). Librería Ofelia (salida de servicio). Casa de Clara (fotografía de vigilancia de hoy). Sofía (vínculo activo con Darío). Alguien nos sigue y anticipa cada movimiento.

Elena releyó la última línea con la vista fija en el cursor parpadeante.

Entonces, un detalle que hasta ese momento había pasado por alto emergió con claridad en su mente.

La fotografía recibida no solo demostraba que los habían seguido hasta la casa de Clara: demostraba que el fotógrafo ya estaba apostado en la esquina del parque antes de que ellos llegaran.

Quienquiera que estuviera tras la cámara conocía la dirección de Clara con anterioridad.

Elena recordó el primer mensaje del día: «Llegáis tarde» .

La frase cobró de pronto un significado mucho más siniestro.

No se referían a que hubieran perdido el rastro del coche de Sofía en la calle secundaria.

Tal vez el mensaje aludía a Clara, o a Alba, o a un acontecimiento irreversible que ya había tenido lugar mientras ellos intentaban reconstruir los hechos del pasado.

El teléfono móvil, situado sobre la mesa a su espalda, volvió a emitir una vibración sorda sobre la madera.

Elena sintió un rechazo instintivo a mirarlo, una tentación paralizante de dejar el dispositivo apagado y aislarse del acoso.

Sin embargo, la necesidad de saber terminó imponiéndose.

Se levantó, cogió el aparato y desbloqueó la pantalla.

Apareció un último mensaje entrante del mismo emisor anónimo. Cuatro palabras breves, redactadas en minúsculas y sin puntuación final:

«Pregúntale por la caseta»

Elena permaneció completamente inmóvil en mitad del despacho en penumbra.

El mensaje utilizaba exactamente la misma palabra clave que Clara le había advertido que jamás debía pronunciar ante Sofía.

¿A quién debía preguntarle? ¿A Darío en la librería?

¿A la propia Sofía si lograba localizarla?

¿O tal vez a Martín, que guardaba secretos de la investigación original que aún no habían salido a la luz?

Quien controlaba ese número estaba intentando orquestar sus movimientos, empujándola a cometer un error o a desatar un enfrentamiento prematuro.

Elena tomó una determinación tajante: no volvería a reaccionar de forma impulsiva a los estímulos que le enviaran desde la sombra.

Apagó el teléfono móvil por completo, dejando la pantalla en negro, y volvió a mirar la fotografía de su hermana que presidía el escritorio.

Por primera vez desde que llegó a San Telmo, la pregunta principal de Elena dejó de ser únicamente quién había matado a Alba.

Una duda mucho más inquietante y profunda acababa de instalarse en su mente: ¿qué verdad aterradora llegó a descubrir Alba en sus últimos días que alguien estaba dispuesto a destruir a cualquier precio para evitar que saliera a la luz?

Elena cerró la pantalla del ordenador portátil.

La luz del monitor se apagó, sumiendo el despacho en una semioscuridad densa y silenciosa.

Se quedó sentada en la silla sin moverse, escuchando el latido de su propia respiración en el silencio de la vivienda.

De pronto, un leve crujido exterior —el roce de una rama contra la canaleta o el impacto sordo de una pisada sobre la grava del patio posterior— resonó al otro lado de la ventana.

Elena no se levantó de inmediato ni encendió la luz.

Permaneció inmóvil en la penumbra, aguardando con los sentidos alerta mientras el sonido se extinguía lentamente en la noche, consciente de que la oscuridad de su propia casa ya no era un refugio seguro.