La Chica del Pantano CAPÍTULO 10 #9
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CAPÍTULO 10 #9

Elena apretó los labios con firmeza, tomando una decisión definitiva.

No iba a dar un solo paso atrás. —Antes de volver a casa quiero comprobar una última cosa —pidió Elena—.

Quiero que pasemos de nuevo por la puerta de la librería.

Despacio. Martín no objetó. Ajustó el recorrido y encaró la calle comercial donde la Librería Ofelia mantenía sus puertas abiertas al público.

A través de las lunas del escaparate, iluminadas por una luz cálida y acogedora que proyectaba un ambiente de refinamiento intelectual, se podía divisar la figura de Darío.

Vestía una chaqueta de punto gris impecable y conversaba plácidamente con una clienta de mediana edad mientras le mostraba un ejemplar encuadernado en tela.

En su rostro no había el menor rastro de tensión, ni la sombra de una preocupación.

Sonreía con la calidez habitual que le había valido el respeto de la sociedad local durante más de una década.

Todo a su alrededor transmitía una imagen de pulcritud y civismo impecables.

Elena contempló la escena desde la penumbra del coche, sintiendo un nudo de impotencia en la garganta.

—Es Sencillamente increíble —murmuró Elena.

—¿El qué? —preguntó Martín sin detener el vehículo del todo, dejándolo rodar al ralentí.

—Que pueda estar ahí dentro, sonriendo y vendiendo libros como si fuera un ciudadano modélico, mientras nos mueve como a fichas en un tablero.

—Eso es precisamente lo que mejor sabe hacer Darío —comentó Martín con tono seco—.

Su verdadero talento nunca fue la literatura, sino la construcción de una fachada inexpugnable.

—¿A qué te refieres? —A que durante los seis años que duró la investigación de Natalia, jamás encontramos una sola conducta abiertamente sospechosa que pudiera imputársele —explicó el detective—.

Nunca levantó la voz a nadie, nunca profirió una amenaza verbal, nunca realizó un acto que pudiera quedar registrado como delito.

Eso provocaba que cualquier acusación contra él sonara como la histeria absurda de unas jóvenes influenciables.

—¿Tú crees que él es el responsable directo de la muerte de Alba?

—preguntó Elena mirándolo fijamente. —Creo que está en el centro geométrico de todo lo que estamos investigando —respondió Martín con cautela—.

Pero no puedo afirmar que apretara el gatillo o empujara a tu hermana al agua con sus propias manos.

—No es lo mismo, Martín —insistió ella—.

Necesito saber qué piensas realmente. —Pienso que nos falta una pieza fundamental —admitió él tras unos segundos de duda—.

La pieza que conecta el control psicológico del taller con la ejecución física de las amenazas.

En ese preciso momento, como si hubiera percibido la vibración del vehículo detenido en la calzada, Darío alzó lentamente la vista del libro que sostenía entre las manos y miró directamente hacia el ventanal delantero.

Durante tres segundos agónicos, Elena sintió que la mirada del hombre atravesaba el cristal tintado del coche y se clavaba exactamente en sus ojos.

Un escalofrío helado le recorrió la columna vertebral.

—No te muevas —ordenó Martín en un susurro imperativo, manteniendo la figura rígida al volante—. No hagas ningún gesto.

Darío sostuvo la mirada hacia el exterior con una serenidad absoluta.

Su rostro no mostró sorpresa, ni alarma, ni la menor alteración.

Finalmente, con la elegancia pausada que lo caracterizaba, volvió a inclinarse hacia la clienta, señalando un párrafo del volumen con una sonrisa afable.

Elena dejó escapar el aire de sus pulmones en una espiración lenta y temblorosa.

—¿Nos ha visto? —preguntó Elena con la voz alterada.

—No lo sé —respondió Martín, acelerando para salir de la avenida comercial—.

Pero es mejor asumir que ya sabe que estamos patrullando su entorno.

Tomaron el desvío hacia el barrio residencial de Elena.

El trayecto transcurrió en un silencio tenso, interrumpido únicamente por el rumor del tráfico matutino.

Sin embargo, cuando faltaban apenas tres manzanas para llegar a su destino, el teléfono de Elena volvió a vibrar sobre su regazo con un doble pulso seco.

Elena sintió una sacudida de pánico instintivo antes de desbloquear la pantalla.

Esta vez no había texto. El archivo adjunto era una fotografía digital en alta resolución.

Elena abrió la imagen y la sangre pareció congelarse en sus venas.

La fotografía había sido tomada esa misma mañana, desde una posición elevada entre la vegetación del parque contiguo a la vivienda de Clara.

En la toma aparecían con total claridad Elena y Martín cruzando el umbral de la puerta de entrada, con Clara sosteniendo la hoja de madera al fondo.

La luz matinal y el ángulo demostraban sin lugar a dudas que alguien los había estado fotografiando a corta distancia mientras ellos creían estar actuando en secreto.

Elena le mostró la pantalla a Martín sin pronunciar una sola palabra.

El antiguo inspector echó un vistazo rápido al teléfono y su rostro se mudó en una máscara de piedra.

—¿Quién ha hecho esto? —consiguió formular Elena con un hilo de voz.

—Alguien que nos estuvo siguiendo desde que salimos de tu casa —contestó Martín con la voz grave y tensa—.

Estaban allí antes de que bajáramos del coche.

Elena amplió la imagen utilizando los dedos sobre la pantalla táctil, rastreando los márgenes de la composición.

En la esquina inferior izquierda, medio oculto tras el follaje de un seto, se apreciaba el capó y el faro delantero de un vehículo oscuro.

Las líneas de la carrocería y el tono de la pintura coincidían de forma perturbadora con el automóvil que habían visto en las inmediaciones del pantano y junto a la librería.

—¿Es el mismo coche, Martín? —preguntó Elena, indicando la zona ampliada.

—No se distingue la matrícula ni el detalle del piloto con esta resolución —respondió el detective con prudencia—.

No puedo asegurártelo al cien por cien desde el punto de vista técnico.

Elena guardó la imagen en la memoria local del teléfono con un toque seco.

—Yo sí puedo asegurarlo —afirmó con rotundidad.

—¿Por qué estás tan segura? —la miró él.

—Porque Alba tenía exactamente la misma perspectiva en una de las fotos que guardaba en su cuaderno de notas.

Elena recordó la imagen que su hermana había catalogado semanas atrás bajo el rótulo de Vigilancia perimetral .

El mismo modelo, el mismo ángulo cenital, la misma distancia calculada para infundir temor sin dejarse identificar.

—No saques conclusiones precipitadas antes de cotejar las imágenes con calma —le pidió Martín mientras frenaba frente al portal de su edificio.

—No estoy sacando conclusiones precipitadas, Martín —replicó Elena abriendo la puerta del coche—.

Estoy juntando las piezas que mi hermana dejó desperdigadas antes de que la mataran.

Antes de que Elena pusiera un pie en la acera, Martín la agarró suavemente de la muñeca, obligándola a mirarlo una última vez.

—Elena, prométeme que no te vas a quedar sola en esa casa —dijo el expolicía con firmeza—.

Y bajo ninguna circunstancia le abras la puerta a nadie que no sea yo.

—No puedes pedirme que me encierre en una burbuja mientras todo esto ocurre a mi alrededor —protestó ella.

—Te lo pido porque acaban de demostrar que pueden llegar mucho más cerca de lo que creíamos posible —insistió él con mirada severa—.

Si entran en tu entorno, no tendré margen para reaccionar.

Elena bajó del vehículo sin hacer promesas solemnes.

Una vez en la acera, permaneció inmóvil durante unos segundos observando el tramo de calle que rodeaba su portal.

Las fachadas de ladrillo, las ventanas iluminadas de los vecinos y el paseo arbolado proyectaban una sensación de apacible rutina doméstica.

Sin embargo, Elena comprendió con amargura que esa normalidad no era más que un decorado frágil, una ilusión tras la cual se movían hilos invisibles que amenazaban con estrangularla en cualquier momento.