La Chica del Pantano CAPÍTULO 10 #8
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CAPÍTULO 10 #8

—No respondas —dijo el antiguo inspector con una calma calculada, aunque sus nudillos blancos al volante delataban la tensión acumulada—.

No envíes un solo carácter. Elena lo miró con el ceño fruncido, apartando la mano con cierta brusquedad.

—¿Por qué no? Necesitamos saber quién está al otro lado de este mensaje.

Si contestamos, tal vez cometa un error o deje una huella que podamos rastrear.

—No cometió un error al enviarlo y no lo cometerá al responder —replicó Martín mirando minuciosamente por los tres espejos retrovisores—.

Eso es exactamente lo que busca quienquiera que esté jugando con nosotros: confirmar que el golpe ha hecho diana, medir tu nivel de desesperación y mantenernos atrapados en un intercambio que ellos controlan por completo. Guarda el teléfono.

Elena obedeció de mala gana, deslizando el dispositivo en el bolsillo interior de su abrigo.

Durante casi un minuto, ninguno de los dos dijo nada.

Fuera, la calle secundaria permanecía sumida en un silencio opresivo, flanqueada por fachadas antiguas de persianas cerradas y un par de vehículos aparcados bajo la sombra de los balcones.

No había peatones, ni tráfico de paso, ni la menor señal de movimiento.

Esa normalidad aparente resultaba ahora mucho más amenazante que cualquier persecución abierta.

—¿Crees que nos estaban esperando en esta esquina?

—preguntó Elena en voz baja, como si temiera que el habitáculo estuviera equipado con micrófonos.

—Ahora mismo tenemos que asumir que sí —admitió Martín, engranando la marcha para reanudar la circulación a paso muy lento—.

Quien conducía ese coche sabía perfectamente qué giro iba a tomar y conocía esta zona mejor que nosotros.

Nos han dejado atrás en el momento justo en que querían hacerlo.

—Eso significa que sabían que íbamos a ir a casa de Clara —dedujo Elena, sintiendo una punzada de frío en el estómago—.

Sabían que ella era nuestro único hilo conductor después de revisar las notas de Alba.

—Probablemente —asintió Martín con gravedad—.

Tenían controlado el itinerario desde el primer minuto.

Elena se volvió en el asiento, buscando la mirada del expolicía para forzarlo a ser más explícito.

—¿Cómo es posible, Martín? ¿Nos han seguido desde mi casa?

¿Tienen a alguien vigilando la puerta de Clara de forma permanente?

—Hay varias posibilidades —explicó él, manteniendo la vista fija en la calzada mientras avanzaban hacia la avenida principal—.

Alguien pudo habernos visto salir juntos, o haber colocado un localizador discreto en este vehículo, o sencillamente tener acceso a una red de información que nosotros todavía desconocemos.

No quiero especular sin datos, pero la precisión de sus movimientos no es producto del azar.

Elena recordó de inmediato el informe que había redactado días atrás sobre los dispositivos de su hermana.

Las anomalías en los registros de acceso, los saltos de IP no autorizados y la sutil manipulación de las carpetas temporales en el disco duro de Alba cobraron de pronto una dimensión mucho más siniestra.

—¿Y si están viendo también todo lo que hacemos en tiempo real?

—planteó Elena, sintiendo que la garganta se le cerraba—.

¿Y si entraron en el ordenador de Alba no solo para borrar archivos, sino para monitorizar mis pasos desde que llegué a San Telmo?

Martín tardó unos segundos en responder, apretando la mandíbula antes de dejar escapar un suspiro pesado.

—Eso explicaría demasiadas cosas que hasta ahora parecían coincidencias absurdas —admitió él.

—¿Mi teléfono puede estar intervenido? —insistió Elena, tocando la tela del abrigo donde guardaba el terminal—.

¿Pueden escuchar lo que hablamos aquí dentro?

—No tenemos forma de saberlo sin un barrido técnico —contestó Martín—.

Por precaución, a partir de este momento asumiremos que cualquier comunicación digital es accesible para terceros.

Nada de llamadas sobre el caso, nada de mensajes con nombres propios, nada de buscar direcciones en navegadores en línea.

—¿Y cómo se supone que vamos a investigar entonces?

—protestó Elena con irritación creciente—.

¿Volviendo al papel y al lápiz como si estuviéramos en el siglo pasado?

—Como lo hacía Alba —sentenció Martín con rotundidad.

Elena se quedó inmóvil, observando el perfil del hombre que conducía a su lado. —¿A escondidas de todo el mundo? —inquirió ella. —Con absoluto cuidado y midiendo cada avance —corrigió él.

La respuesta provocó un hiato de amarga reflexión en la mente de Elena.

La imagen de su hermana volvió a emerger con una nitidez dolorosa: Alba encerrada en su estudio, cotejando datos a deshoras, aislándose progresivamente de su entorno porque intuía que cualquier movimiento en falso provocaría una reacción irreparable.

Y, al final, toda esa cautela no le había servido para ponerse a salvo.

—Ella empezó exactamente igual que nosotros, Martín —dijo Elena con un hilo de voz—.

Creyó que podía mantener el control si no hacía ruido.

—Sí —asintió el expolicía. —Y terminó muerta en el pantano.

Martín guardó un silencio denso, manteniendo las manos firmes sobre el volante mientras el vehículo se incorporaba de nuevo al flujo de tráfico del centro.

—¿Tú crees que Alba sabía perfectamente que estaba en peligro mortal durante sus últimos días?

—pregunto Elena, buscando en la experiencia del detective una certeza que le ayudara a entender el calvario de su hermana.

—Creo que empezó a sospecharlo cuando descubrió que las fichas del taller no eran un simple juego de manipulación psicológica —respondió Martín—.

Empezó a sentir el cerco. —¿Y tú? —apretó Elena, girándose hacia él—.

¿Cuándo empezaste a sospecharlo tú? —Yo también lo supe —dijo él.

—¿Desde cuándo? Martín tardó en responder, aguardando a que un semáforo en rojo los detuviera junto a un parque público antes de mirar a Elena directamente a los ojos.

—Desde antes de conocerte a ti, Elena. Desde antes de que me llamaras para decirme que tu hermana había fallecido.

Elena se quedó petrificada en su asiento, procesando el impacto de aquella declaración.

—¿Qué significa eso exactamente? —inquirió con un tono que exigía una aclaración inmediata.

—Significa que cuando volví a abrir por mi cuenta los archivadores del caso de Natalia Fuentes, hace un par de meses, descubrí algo inquietante —explicó Martín con voz pausada—.

Descubrí que dos de las antiguas integrantes del Club de las Ofelias, mujeres que se habían marchado de San Telmo hacía años jurando no regresar jamás, habían vuelto a ser vistas en el municipio de forma discreta.

No había denuncias ni movimientos oficiales, pero sus nombres reaparecieron.

Esa coincidencia fue la razón principal por la que acepté hablar contigo en cuanto me buscaste.

—¿Me buscaste tú a mí utilizando la memoria de mi hermana?

—preguntó Elena, sintiendo una mezcla de desconfianza y confusión.

—No exactamente —matizó él con serenidad—.

Pero cuando supe que Alba estaba tirando del mismo hilo que yo dejé incompleto seis años atrás, entendí que no podía quedarme al margen.

—¿Y por qué no me contaste todo esto desde nuestro primer encuentro en la cafetería?

—reprochó Elena. —Porque todavía no tenía la certeza de si podía confiar en ti —confesó Martín con honestidad desarmante—.

No sabía si eras una pieza más enviada para medir mis intenciones o si realmente buscabas la verdad sobre Alba.

Elena sostuvo la mirada del expolicía durante unos segundos cruciales.

A pesar del recelo natural que la invadía, percibió en los ojos de Martín una fatiga sincera y una determinación paralela a la suya.

La desconfianza inicial dio paso a una alianza pragmática, un pacto no escrito moldeado por la absoluta necesidad de supervivencia.

—¿Y ahora? —preguntó Elena—. ¿Confías en mí?

—Ahora sé que estás dispuesta a llegar hasta el final para saber la verdad sobre tu hermana —contestó Martín—.

Y sé que compartimos exactamente la misma urgencia.

Elena sacó de nuevo el teléfono móvil de su abrigo y volvió a iluminar la pantalla con el mensaje de dos palabras.

—Quiero saber quién está detrás de este número y de esta vigilancia —afirmó ella con rotundidad.

—Lo sabremos —aseguró Martín, reanudando la marcha cuando el semáforo cambió a verde.

—¿Cómo? —Siguiendo las pistas que nos está dejando esa misma persona.

Elena frunció el ceño, observando la pantalla.

—¿Pistas? Esto no es una pista, Martín. Es una amenaza directa para que nos detengamos.

—Es un mensaje diseñado para asustarnos, sí —asintió el detective—, pero también es una confirmación implícita.

Ese mensaje no solo pretende intimidarnos; quiere que sepamos con absoluta certeza que nos están observando en cada esquina.

—¿Para qué querrían que lo supiéramos? —inquirió Elena.

—Para obligarnos a cambiar de dirección —explicó Martín—.

Quieren que abandonemos la pista de Sofía y dejemos de presionar a Clara.

Quieren redirigir nuestra atención hacia donde a ellos les resulte más fácil controlarnos.

—¿Y qué pasa si no cambiamos de rumbo? —preguntó ella.

Martín la miró de reojo con expresión sombría.

—Entonces la presión aumentará. Dejarán de enviar mensajes y pasarán a la acción directa.