CAPÍTULO 10 #7
Decidida a confirmar la sospecha, Elena comenzó a pasar las fotos del archivo de Alba con el pulgar.
Entre las imágenes tomadas en las inmediaciones del centro urbano de San Telmo, localizó una captura realizada desde el interior de una cafetería, enfocando la calle de la librería de Darío.
En el margen inferior derecho aparecía estacionado el mismo modelo de coche oscuro.
Elena hizo un zoom sobre la parte trasera y descubrió que el reflejo de la luz del sol dejaba ver una discontinuidad en el piloto izquierdo.
—Mira esto, Martín —dijo Elena mostrándole la pantalla—.
Es el mismo coche. Estaba en la puerta de la librería y estaba en el pantano.
—Podría ser —admitió Martín, observando los píxeles con frialdad—.
Es una coincidencia demasiado específica.
—¿Es el coche de Darío? —preguntó Elena mirándolo fijamente.
—No lo sé —respondió Martín—. Darío suele desplazarse a pie por San Telmo o utilizar un vehículo de empresa a nombre de la librería.
—Pero tú has visto este vehículo antes, Martín —insistió Elena al notar la tensión en la mirada del expolicía—.
Lo viste durante la investigación original.
Dímelo. Martín tardó unos segundos en responder, mirando hacia la calle vacía antes de admitir la verdad.
—Apareció mencionado indirectamente en las notas de campo de la investigación de Natalia —confesó Martín con amargura—.
No como una prueba formal ni como propiedad de ningún sospechoso, sino como un vehículo no identificado que varios vecinos dijeron haber visto merodeando cerca de las casas de las chicas que terminaron dejando el club.
—¿Y por qué no me dijiste nada de esto cuando revisamos los papeles en tu casa?
—reprochó Elena con indignación creciente.
—Porque hace seis años era un dato ambiguo sin verificar y no quería alimentar teorías sin fundamento, Elena —respondió Martín con rotundidad—.
Ahora que veo la foto de Alba, la situación cambia por completo.
—Entonces volvamos a San Telmo —determinó Elena guardando el teléfono—.
Pero antes de seguir buscando direcciones a ciegas, quiero pasar por la librería.
—No —se negó Martín de forma tajante mientras caminaban de regreso al vehículo—.
Eso es una imprudencia absoluta. —¿Por qué no?
Solo quiero observar desde fuera. —Porque en este momento no sabemos exactamente quién nos está siguiendo ni cuántos ojos tiene Darío puestos en la calle —argumentó Martín abriendo la puerta del conductor—.
Si nos ve merodear por su negocio, perderemos el factor sorpresa.
Elena se acomodó en el asiento del copiloto y sacó de nuevo su teléfono.
En la pantalla volvía a estar presente el mensaje de texto anónimo recibido horas atrás: «No confíes en Martín» .
Miró al expolicía de reojo mientras este ponía el coche en marcha.
—¿Y si el mensaje que me mandaron no era para que desconfiara de ti?
—planteó Elena de forma repentina. Martín giró la cabeza un segundo para mirarla antes de acelerar.
—¿A qué te refieres? —Quizá quien envió esa nota no buscaba separarnos, sino hacerme saber que ellos ya son conscientes de que estamos investigando juntos —explicó Elena con un escalofrío recorriéndole la espalda—.
Querían que supiera que nos tienen ubicados desde el principio.
Martín no respondió, pero sus manos apretaron el volante con renovada fuerza mientras tomaba la carretera de regreso al casco histórico.
Llegaron a la zona comercial de San Telmo veinte minutos después.
Martín aparcó el coche a una distancia prudencial, en una esquina desde la que se dominaba la fachada de la librería sin exponerse excesivamente.
A través del ventanal del establecimiento se podía ver el movimiento habitual de un negocio de provincia: clientes revisando estanterías, la luz cálida sobre los mostradores de madera y la figura inconfundible de Darío, impecablemente vestido, atendiendo a los visitantes con la amabilidad y el respeto que siempre lo habían caracterizado.
Nada en su comportamiento delataba el menor rasgo de inquietud o sospecha.
—No bajamos —ordenó Martín en voz baja—.
Solo observamos unos minutos y nos retiramos.
Elena no respondió, manteniendo los ojos fijos en la cristalera.
De pronto, la puerta lateral del establecimiento se abrió y una figura femenina salió a la calle acera.
Llevaba una chaqueta oscura, el pelo recogido en un moño bajo y sostenía un teléfono móvil contra la oreja.
Elena reconoció al instante las facciones de la mujer: era la misma cara de la fotografía de Clara, la misma joven de la mirada evasiva. Era Sofía.
—Es ella —susurró Elena, incorporándose en el asiento impulsivamente—.
Martín, es Sofía. Elena hizo amago de abrir la puerta del coche para abordarla, pero Martín le agarró el brazo con firmeza, frenando el movimiento.
—Espera —ordenó él en un susurro imperativo—.
No lo hagas en mitad de la calle. Sofía cruzó la calzada sin mirar a los lados, hablando atropelladamente por el teléfono con gesto tenso.
Se detuvo justo al lado de un automóvil oscuro estacionado en la acera opuesta.
Elena fijó la vista en el vehículo: era exactamente el mismo modelo que aparecía en las fotos del pantano, con la tulipa del piloto trasero izquierdo mostrando una evidente reparación casera.
Sofía introdujo la llave en la cerradura, pero antes de subir, giró la cabeza hacia la librería.
En la puerta del negocio, Darío acababa de salir a la acera.
Durante tres segundos interminables, ambos se sostuvieron la mirada a través de la calle en absoluto silencio, sin hacer un solo gesto ni intercambiar una palabra.
Fue un contacto visual cargado de un entendimiento opaco y denso que congeló la escena.
Finalmente, Sofía subió al coche, cerró la puerta y el motor arrancó de inmediato.
El vehículo se incorporó al tráfico a velocidad moderada.
—¿La seguimos? —preguntó Elena con la respiración acelerada.
Martín dudó medio segundo, evaluando los riesgos, antes de engranar la primera marcha.
—Sí, pero manteniendo la distancia máxima.
Si nota que la perseguimos, la perderemos del todo.
El seguimiento comenzó de forma discreta por las arterias principales de San Telmo.
Martín mantuvo tres vehículos de distancia entre ambos automóviles, aprovechando la densidad del tráfico matutino para no destacar.
Sofía no conducía de forma errática ni temeraria; respetaba los semáforos y mantenía una trayectoria lineal.
Elena no apartaba los ojos de la parte trasera del coche oscuro, memorizando cada giro.
El vehículo perseguido giró a la derecha adentrándose en una calle secundaria del barrio viejo, una vía estrecha flanqueada por edificios antiguos de varias plantas que limitaban la visibilidad.
Martín esperó un par de segundos antes de tomar el mismo desvío.
Al entrar en la calle, el coche oscuro avanzaba hacia una nueva intersección y dobló a la izquierda por un tramo en pendiente.
Martín aceleró ligeramente para no perder el contacto visual.
Superaron el cruce y encararon el siguiente tramo, pero al llegar a la esquina, la calle estaba completamente vacía.
No había rastro del vehículo oscuro, ni luces de freno encendidas, ni portones de garaje abriéndose.
El automóvil parecía haberse evaporado en mitad de la manzana.
Martín clavó los frenos, dejando el coche al ralentí en mitad de la calzada desierta.
—¿Dónde se ha metido? —exclamó Elena mirando desesperada a ambos lados del callejón—.
Es imposible que haya desaparecido tan rápido.
Martín no respondió. Observó los retrovisores con atención, notando la ausencia absoluta de movimiento en la calle.
En ese preciso instante, el teléfono móvil de Elena vibró violentamente sobre su regazo. La pantalla se iluminó mostrando un mensaje de texto entrante. No había número de origen ni identidad registrada en la cabecera. La pantalla solo mostraba dos palabras en letras claras:
«Llegáis tarde.»
Elena sintió que el aire se le congelaba en los pulmones.
Le mostró la pantalla a Martín con la mano temblorosa.
El antiguo inspector contempló las dos palabras en silencio, luego alzó la vista y miró a través del parabrisas hacia los edificios vacíos que los rodeaban.
—No nos han perdido por casualidad, Elena —dijo Martín con una voz sombría que confirmaba sus peores temores—.
Querían exactamente que los siguiéramos hasta aquí.
Dentro del habitáculo congelado por el silencio, Elena comprendió que el escenario de la investigación había cambiado de forma irreversible.
Ya no estaban rastreando las huellas del pasado ni desenterrando secretos archivados de una tragedia antigua: el juego estaba ocurriendo en tiempo real, y alguien, desde la sombra, dirigía cada uno de sus pasos.
Alguien está mirando
El coche permaneció al ralentí en mitad de aquella travesía angosta y sombría de San Telmo, mientras el ligero temblor del motor vibraba a través del salpicadero.
Elena mantenía los ojos fijos en la pantalla encendida de su teléfono móvil, donde las dos palabras del texto anónimo proyectaban un resplandor azulado sobre sus manos: «Llegáis tarde» .
No figuraba un número de cabecera ni una clave de encriptación reconocible; el canal de entrada era un vacío absoluto.
Su primer impulso, casi visceral, fue pulsar la casilla de respuesta y exigir una identidad, pero la mano dura de Martín se posó con firmeza sobre la suya, impidiéndole tocar el cristal.