La Chica del Pantano CAPÍTULO 10 #6
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CAPÍTULO 10 #6

—¿Estás completamente segura de que era una de esas carpetas? —preguntó Martín, entrecerrando los ojos con escepticismo profesional. —No puedo asegurarlo al cien por cien desde la otra acera, Martín —admitió Clara, corrigiéndose con prudencia—.

Pero al verla, la asociación de ideas fue instantánea.

Tuve un nudo en el estómago. —¿Entraron juntos en la librería?

—quiso saber Elena. —No —aclaró Clara—. Darío habló con ella unos segundos en el umbral, volvió a entrar y cerró la puerta.

Sofía se quedó sola en la acera un momento, miró a ambos lados de la calle y caminó a paso rápido en dirección contraria.

—¿Viste si subía a algún vehículo o si la esperaba alguien más?

—preguntó Martín. —No vi la matrícula porque había otros coches aparcados en batería —explicó Clara, arrugando la frente por el esfuerzo de memoria—.

Pero recuerdo un automóvil oscuro, de líneas sobrias, estacionado junto al paso de peatones.

No vi quién lo conducía, pero Sofía caminó directamente hacia él.

Elena sintió una sacudida eléctrica al recordar las copias en papel fotográfico que Alba guardaba en su cuaderno de campo. En las tomas del pantano de la Sombra, al fondo del pinar, destacaba la silueta de un vehículo de gama media con carrocería oscura.

—¿Si volvieras a ver ese coche, podrías reconocer el modelo?

—preguntó Elena con insistencia. —Probablemente sí —contestó Clara—.

No era un coche nuevo, pero estaba impoluto, muy cuidado.

—¿Crees que Sofía sigue viviendo en el municipio?

—inquirió Elena. —No lo sé —dijo Clara con sincera desazón—.

Hace seis años, tras la disolución del club, se dijo que se había marchado a trabajar a otra provincia.

Si ha vuelto, lo ha hecho en secreto. Nadie en el entorno de la librería habla de ella.

—Y estás segura de que esa escena fue hace solo tres semanas —puntualizó Martín para cerrar la secuencia temporal.

—Hace tres semanas, un martes —reafirmó Clara—.

Lo recuerdo bien porque era el aniversario del cierre del caso de Natalia.

Martín y Elena intercambiaron una mirada cargada de implicaciones. Tres semanas situaba el encuentro entre Sofía y Darío en la misma ventana de días en que Alba comenzó a recibir las filtraciones anónimas sobre el pantano.

Sin perder más tiempo, Elena recogió su bolso y Martín se encaminó hacia el recibidor.

Clara los acompañó en silencio hasta el umbral de la vivienda.

Justo cuando Elena disponía a cruzar la puerta, la mujer la agarró suavemente de la manga del abrigo, obligándola a detenerse en el pasillo.

—Si consigues localizar a Sofía —dijo Clara en un murmullo que rozaba la súplica—, no cometas el error de preguntarle directamente por la caseta del pantano.

Elena se giró hacia ella, percibiendo la gravedad del aviso.

—¿Por qué? —Porque si Sofía sigue atrapada en ese miedo, o si continúa bajo el control psicológico de Darío, escuchar esa palabra hará que se cierre en banda inmediatamente —explicó Clara con firmeza—.

Pensará que vais de parte del club o que queréis acorralarla.

—¿Y qué debería decirle para que entienda que queremos ayudarla?

—preguntó Elena. Clara guardó silencio durante unos segundos, mirando el suelo de la entrada como si sopesara la idoneidad del recurso, antes de responder con voz queda.

—Utiliza el nombre de Natalia —dijo Clara mirando a Elena a los ojos—.

Es la única palabra que puede romper su coraza.

Al salir a la calle, el aire fresco de la mañana chocó contra sus rostros, disipando la atmósfera claustrofóbica de la casa de Clara.

Subieron al coche de Martín en silencio y el motor arrancó con un ronquido sordo.

En cuanto se incorporaron a la vía principal, Elena dejó escapar la tensión acumulada dando un golpe seco sobre el salpicadero.

—Tenemos que encontrar a Sofía hoy mismo —afirmó Elena, mirando por el retrovisor exterior—.

Ella es la conexión viva entre la desaparición de Natalia y la muerte de Alba.

—Elena, te pido prudencia —respondió Martín sin apartar la vista del tráfico—.

No podemos empezar a dar palos de ciego por San Telmo basándonos en un avistamiento casual de hace tres semanas.

—Llevamos seis años siendo extremadamente prudentes, Martín —saltó Elena, encarando al antiguo inspector—.

Tú fuiste prudente cuando cerraste el expediente de Natalia y no conseguiste absolutamente nada.

—Y tu hermana tampoco tuvo tiempo de conseguir nada por actuar de forma impulsiva —replicó Martín con una frialdad calculada que hizo mella en el ambiente.

El silencio volvió a instalarse dentro del habitáculo durante varios kilómetros.

Elena apretó los puños sobre el regazo, consciente de que las palabras de Martín contenían una trágica verdad, aunque la doliera admitirla.

—No podemos ir directamente a la librería a exigirle explicaciones a Darío sobre el paradero de Sofía —explicó Martín con tono más suave, buscando reconducir la situación—.

Si hacemos eso, Darío sabrá de inmediato que estamos sobre la pista y cualquier cabo suelto que deje Sofía desaparecerá antes de medianoche.

—¿Y qué propones entonces? —preguntó Elena.

—Buscar primero su último domicilio registrado —contestó Martín, extendiendo la mano hacia el asiento trasero para coger la carpeta del caso antiguo—.

Tengo una dirección de hace seis años en la ficha del padrón que revisé durante la primera investigación.

Martín hojeó los documentos hasta encontrar la ficha.

La vivienda estaba ubicada en una urbanización residencial a las afueras del casco urbano, una zona de casas unifamiliares y viales tranquilos.

Veinte minutos después, el vehículo aparcaba a cincuenta metros de la propiedad.

La vivienda era un inmueble de dos plantas con fachada de piedra y persianas de madera bajadas hasta la mitad.

El jardín delantero mostraba signos de descuido, pero la estructura no presentaba el aspecto de un lugar abandonado.

El buzón exterior, encastrado en la verja de hierro, estaba lleno de folletos publicitarios recientes, lo que indicaba movimiento en la zona.

Sin bajarse del coche ni cometer ninguna imprudencia que pudiera llamar la atención de terceros, Martín observó la fachada con unos prismáticos de campo que guardaba en la guantera, comprobando que no hubiera actividad visible en el interior.

—Está vacía —dictaminó Martín guardando los anteojos.

En ese instante, una vecina de avanzada edad salió de la parcela colindante portando una regadera. Elena vio la oportunidad y bajó del vehículo antes de que Martín pudiera frenarla.

Se aproximó a la verja con paso tranquilo y sonrisa neutra.

—Perdone que la moleste —dijo Elena con voz amable—.

Estamos buscando a Sofía. ¿Sabe si se encuentra en casa?

La mujer mayor se detuvo, observando a Elena y a Martín, que se había sumado a la conversación permaneciendo a una distancia discreta.

—¿Sofía? Hace muchísimo tiempo que no la veo por aquí —respondió la vecina secándose las manos en el delantal—.

Desde que vendió la casa de sus padres casi no viene.

—¿Cuánto tiempo exactamente? —indagó Elena.

—Meses. Quizá más de medio año —contestó la anciana.

Martín dio un paso al frente, interviniendo con tono sereno.

—¿Está completamente segura de que nadie vive en la casa actualmente?

—Segura de que viva alguien de continuo, sí —aseguró la vecina—.

Aunque de vez en cuando viene alguien a supervisar la propiedad.

Elena sintió un vuelco en el estómago. —¿Quién viene?

¿Ha podido ver si es la propia Sofía? —No lo sé, nunca los he visto bajarse con claridad —explicó la mujer—.

Solo sé que de vez en cuando aparca un automóvil oscuro en la entrada.

No está mucho tiempo. Llega a última hora de la tarde o por la noche, pasa media hora dentro y se vuelve a marchar.

—¿Recuerda la matrícula o algún detalle de ese vehículo?

—preguntó Martín. La anciana negó con la cabeza de forma tajante.

—A mi edad no me fijo en las matrículas, hijo.

Pero sí me fijé una noche que dio marcha atrás porque el piloto trasero izquierdo tenía una grieta con celofán o una marca roja muy rara en la tulipa plástico.

Me llamó la atención porque brillaba diferente al dar el freno.

Elena reaccionó al instante. Sacó su teléfono móvil del bolsillo y accedió a la carpeta de archivos digitales extraídos del ordenador de su hermana.

Buscó la fotografía en alta resolución del pantano de la Sombra, aquella en la que aparecía el coche aparcado entre los pinos al fondo de la escena, y amplió la zona de las luces traseras.

La resolución de la toma no permitía ver la grieta con nitidez, pero las líneas de la carrocería y la forma de la óptica trasera encajaban de manera exacta con el modelo.

Le mostró la pantalla a Martín. El antiguo inspector contempló la imagen en silencio durante varios segundos, con la mandíbula apretada.

—¿Esta foto la tomó Alba en el pantano la semana pasada?

—preguntó Martín con voz muy baja. —Sí —confirmó Elena—.

Estaba guardada en el mismo directorio que los esquemas del taller.

—Ese vehículo podría haber estado allí el día que mataron a tu hermana —murmuró Martín sin atreverse a afirmativo categóricamente, guardando la cautela profesional.