La Chica del Pantano CAPÍTULO 10 #5
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CAPÍTULO 10 #5

—Fichas donde se registraba todo —explicó Clara con tono apesadumbrado—.

No solo tus datos académicos o familiares.

En esas carpetas se anotaban tus conflictos personales, tus rupturas amorosas, tus dificultades económicas, tus secretos más íntimos y, sobre todo, tus miedos más profundos.

Darío nos animaba a escribir diarios de confesión como parte de los ejercicios de escritura del taller.

Nos decía que para ser buenas escritoras necesitábamos volcar nuestras debilidades en el papel sin reservas, para superarlas.

—¿Y tú creíste que lo hacía por vuestro desarrollo personal? —preguntó Elena con tristeza.

—Al principio todas lo creímos —admitió Clara con una mueca de auténtica vergüenza—.

Pero esa noche en la caseta comprendí la verdad.

Entendí que almacenar los miedos, las culpas y las vergüenzas de una persona no sirve para ayudarla a crecer.

Sirve para tener un control absoluto sobre ella cuando decide marcharse o hablar más de la cuenta.

Aquella revelación cayó sobre Elena como un mazo, iluminando de golpe la razón por la que tantas mujeres habían optado por el silencio o la huida repentina de San Telmo.

—¿Y qué ocurrió con Natalia en relación con esas fichas? —preguntó Elena, tratando de reconstruir los últimos días de la joven desaparecida.

—Natalia descubrió que Darío conservaba carpetas activas de mujeres que llevaban años fuera del taller —explicó Clara—.

Tuvo acceso a la caseta poco antes que yo y vio nombres de chicas que supuestamente se habían mudado por motivos de trabajo.

Fue entonces cuando empezó a atar cabos y a comprender que el control no terminaba cuando dejabas de ir a la librería.

—¿Entró Natalia en la caseta la misma noche que tú? —intervino Martín.

—Entró justo antes que yo —confirmó Clara—. Y cuando salió, estaba completamente desencajada. No gritaba ni lloraba; tenía el rostro pálido como la cera y solo repetía una frase una y otra vez mientras caminábamos hacia los coches: «Ahora entiendo por qué algunas no volvieron jamás» .

—¿Te explicó a qué se refería con esa frase? —insistió Elena.

—Nunca me lo quiso detallar —dijo Clara negando con la cabeza—.

Estaba aterrorizada. A partir de ese día empezó a investigar de forma clandestina, intentando contactar con las familias de las ausentes.

Y un par de tardes antes de dejar de responder al teléfono, me dijo algo que se me quedó grabado a fuego: «Clara, si algún día dejo de venir a las reuniones, no creas bajo ningún concepto que me he marchado porque he querido» .

Elena permaneció en silencio, sintiendo cómo las piezas del rompecabezas encajaban con una precisión aterradora. Giró la vista hacia Martín y descubrió que el antiguo inspector tenía la mirada baja, fija en la madera de la mesa, sumido en una melancolía pesada.

—Esa misma frase me la repitió Natalia a mí en la última conversación que mantuvimos en la comisaría —admitió Martín con la voz apagada.

Elena lo miró con un destello de indignación reprimida.

—¿Y sabiendo que ella te había dicho eso expresamente, diste por bueno el mensaje de texto que recibieron sus padres y permitiste que archivaran el caso?

—No tenía una sola prueba material de su desaparición forzosa, Elena —se defendió Martín con honestidad lacerante—.

La familia aceptó el mensaje, no había huellas de violencia en su piso y la fiscalía amenazó con sancionarme si continuaba investigando a un ciudadano respetado sin indicios judiciales. No pude hacer nada más.

—Siempre la misma respuesta burocrática —protestó Elena con amargura.

—No fue culpa exclusiva de Martín —intervino Clara, saliendo de forma imprevista en defensa del expolicía—.

Yo tampoco hice nada, Elena. Cuando Natalia desapareció, tuve tanto miedo de ser la siguiente en aparecer en las notas de Darío que recogí mis cosas, dejé el club y me prometí a mí misma no volver a pronunciar su nombre.

Un silencio denso y doloroso volvió a instalarse en el salón. Clara caminó hacia la ventana, observando la calle vacía antes de añadir un detalle que hasta ese momento se había guardado.

—Cuando dejé de acudir a las lecturas, Darío no me llamó ni una sola vez —reveló Clara—.

No hubo amenazas telefónicas ni visitas a mi casa.

Pero dos semanas después, encontré en mi buzón un sobre blanco sin remitente.

Dentro había una fotocopia de la ficha que yo misma había rellenado meses atrás sobre mis mayores temores familiares.

Y al pie de la página, escrita a mano con tinta negra, figuraba una sola oración: «Las Ofelias nunca dejan de serlo» .

—¿Conservas esa fotocopia? —preguntó Martín alzando la cabeza de inmediato.

—La quemé esa misma noche en la chimenea —respondió Clara—. Tenía pánico de que mi familia pudiera verla.

Elena observó a la mujer con una mezcla de compasión y determinación renacida.

—¿Por qué nos estás contando todo esto ahora, Clara? ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión después de seis años de silencio?

Clara se giró desde la ventana y miró a Elena directamente a los ojos.

—Porque tu hermana Alba está muerta —dijo con la voz firme—. Y porque he comprendido que mi silencio de entonces solo sirvió para que la historia se repitiera seis años después. No quiero llevar sobre la conciencia la muerte de otra persona.

—¿Queda alguien más de aquel grupo original que pueda aportar datos concretos sobre lo que hacía Darío? —preguntó Martín, regresando al plano operativo de la investigación.

Clara dudó durante unos segundos antes de responder, cruzando una mirada de incertidumbre entre el inspector y Elena.

—Sí —admitió finalmente—. Sofía.

Elena recordó al instante la fotografía del pasillo y las anotaciones que Alba había dejado guardadas en su memoria USB.

—¿Dónde está Sofía ahora? —inquirió Elena.

—No lo sé con certeza —respondió Clara.

—¿Cuándo fue la última vez que tuviste noticias de ella? —insistió Martín.

—Hace mucho tiempo —dijo la mujer, bajando la cabeza.

Sin embargo, Elena percibió un microgesto de duda en la voz de Clara, un ligero temblor en las manos que indicaba que no estaba siendo enteramente franca en ese último punto. Elena se levantó del sillón y se aproximó a ella hasta quedar a menos de un metro de distancia.

—Clara, por favor —rogó Elena con voz serena pero exigente—. Necesito que me digas la verdad completa. Alba murió buscando a estas personas. ¿Cuándo viste a Sofía por última vez?

Clara cerró los ojos, dejó escapar un suspiro entrecortado y terminó por ceder ante la presión de la evidencia.

—La vi hace apenas tres semanas —confesó Clara en un murmullo destrozado.

Martín se puso de pie de golpe, con la mirada fija en la mujer.

—¿Dónde la viste, Clara?

—En el casco antiguo de San Telmo, cerca de la avenida principal —respondió ella.

—¿Estaba sola? —preguntó Elena, sintiendo que la última pieza del rompecabezas estaba a punto de encajar.

Clara negó lentamente con la cabeza, mientras una ráfaga de temor absoluto volvía a reflejarse en sus ojos.

—No. No estaba sola.

—¿Con quién iba? —exigió saber Elena.

Clara tardó varios segundos en pronunciar el nombre, dejando que la revelación suspendiera el aliento de los presentes en la estancia.

—Iba caminando al lado de Darío.

Demasiado tarde

La revelación de Clara dejó un aire cargado dentro del salón, un silencio de plomo donde las palabras recientes parecían gravitando como una amenaza tangible.

Elena permaneció con la mirada clavada en la mujer, digiriendo la violencia implícita de aquella confirmación: Sofía, la misma joven de rostro melancólico que figuraba en las fotografías de hace seis años junto a Natalia, no era una simple sombra del pasado ni una víctima que hubiera logrado escapar definitivamente.

Seguía allí, moviéndose en la periferia de San Telmo, bajo el influjo incesante de Darío.

«La urgencia por dar con ella dejó de ser una hipótesis de trabajo para convertirse en una necesidad imperiosa».

Elena dio un paso al frente, acortando la distancia con Clara para exigir precisiones antes de que la mujer volviera a replegarse en el miedo.

—¿En qué punto exacto de San Telmo los viste, Clara?

—preguntó Elena con la voz tensada por la prisa—.

Necesito que recuerdes cada detalle, por insignificante que te parezca.

Clara dudó, apretando la fotografía contra su pecho como si fuera un escudo inservible, antes de dejarla sobre el mueble y mirarla con cansancio.

—Fue en la travesía posterior, a la espalda de la librería —explicó Clara, esforzándose por reconstruir la escena—.

—Yo salía de hacer unas gestiones en el centro y me los crucé casi por casualidad.

No entré en la tienda ni me acerqué. Me quedé al otro lado de la calzada, parapetada tras el toldo de la panadería.

Sofía estaba de pie en la acera, inmóvil, mirando fijamente hacia la cristalera como si esperara a que alguien saliera a darle una orden.

—¿Esperaba a Darío? —inquirió Elena. —Sí —asintió Clara con lentitud—.

A los pocos minutos él abrió la puerta de servicio.

—¿Hablaron? ¿Pudiste escuchar algo de lo que se dijeron?

—intervino Martín, dando un paso desde el centro del salón.

—No, había demasiado tráfico a esa hora y la distancia era grande —respondió Clara negando con la cabeza—.

Pero no parecía una conversación casual entre dos viejos conocidos.

Había una rigidez extraña en la postura de ambos.

Y había algo más, un detalle que me llamó la atención desde el primer momento: Sofía llevaba bajo el brazo una carpeta oscura, rígida, de tamaño cuartilla.

Era exactamente igual a los archivadores de tapas negras que Darío utilizaba en el taller para guardar las fichas confidenciales de las integrantes.