La Chica del Pantano CAPÍTULO 10 #4
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CAPÍTULO 10 #4

Clara tardó bastante en contestar, como si pronunciar un nombre concreto fuera a invocar una presencia no deseada en mitad de su propia estancia.

—De todos —dijo al fin, alzando la vista para medir la reacción de Elena—. Cuando entras en esa dinámica, dejas de saber en quién puedes confiar y quién está comunicando cada uno de tus pasos al resto.

La mujer caminó hasta la puerta del salón, la abrió levemente para verificar que no hubiera ningún ruido exterior y volvió a cerrarla con el cerrojo echado. Luego miró a Martín con una mueca amarga.

—¿Ella sabe todo lo que le pasó a Alba en el pantano? —inquirió Clara señalando a Elena.

—Sabe que su hermana ha aparecido muerta en el agua —respondió Martín de forma directa—. Y sabe que Alba estaba siguiendo el mismo camino documental que nosotros abandonamos seis años atrás.

Clara giró la cabeza hacia Elena, observándola con una mezcla desgarradora de conmoción y piedad.

—Entonces ya sabes más que suficiente para coger tus cosas y marcharte de San Telmo antes de que sea demasiado tarde para ti también —sentenció Clara.

—No —replicó Elena con rotundidad, poniéndose de pie para acortar la distancia física—. No sé lo suficiente. Necesito entender qué estaba buscando mi hermana cuando revisaba los archivos de Natalia.

Clara guardó un silencio prolongado, apretando los labios hasta dejarlos blancos antes de pronunciar la frase que reordenó la perspectiva del encuentro.

—Alba estaba buscando exactamente lo mismo que buscaba Natalia antes de evaporarse —dijo Clara—.

Estaba intentando comprender por qué las mujeres que rodeaban a Darío terminaban desapareciendo en el silencio.

Sin añadir una palabra más, Clara caminó hacia la estantería del pasillo, reabrió la puerta corredera y regresó al salón portando el marco de plata entre las manos. Se detuvo junto a la mesa baja y contempló la imagen en blanco y negro con una fijación casi hipnótica.

—Natalia fue la primera que se dio cuenta de que algo no encajaba en la historia oficial del taller —comenzó a explicar Clara, con la voz volviéndose más fluida a medida que los recuerdos emergían—.

Comenzó a hacer preguntas aparentemente inofensivas sobre chicas de las primeras promociones, mujeres que habían formado parte del núcleo duro de las Ofelias dos o tres años antes que nosotras.

Quería saber por qué personas que parecían absolutamente integradas en las actividades de la librería dejaron de acudir de un día para otro, vendieron sus propiedades o cambiaron de provincia sin despedirse de nadie.

—¿Y qué descubrió? —inquirió Elena, atenta a cada matiz del relato.

—Descubrió que no eran salidas voluntarias ni mudanzas casuales —explicó Clara, acariciando el borde del marco—.

Al principio, cuando Natalia sacaba el tema en las meriendas informales, todas nos reíamos y le decíamos que era una exagerada.

Pero ella insistió. Empezó a buscar a las antiguas integrantes por su cuenta, a llamar a sus casas y a preguntar a los familiares.

—¿Y cuál fue la reacción del grupo? —intervino Martín.

—Las más veteranas se enfadaron muchísimo con ella —recordó Clara con una mueca de pesar—.

Dijeron que Natalia estaba enrareciendo el ambiente del taller con chismes de mal gusto.

Muchas dejaron de hablarle. Y una tarde, una de las chicas más cercanas a la organización se le acercó al terminar una lectura y le dijo al oído que dejara de hacer preguntas si no quería meterse en un problema serio.

—¿Quién le dijo eso? —preguntó Elena de inmediato, recordando las notas fragmentadas de su hermana.

—No lo sé —respondió Clara con una rapidez que delataba una evasiva aprendida.

Elena la miró fijamente, denotando el engaño con una sola mirada inquisitiva. Clara parpadeó, bajó la cabeza y corrigió su afirmación con amargura.

—No quería saberlo, Elena. En aquel momento comprendí que si averiguaba el nombre de quien amenazaba a Natalia, yo también quedaría atrapada en el medio.

—¿Fue Darío? —preguntó Martín, marcando la cuestión con voz grave.

Clara tardó unos segundos en cruzar la mirada con el expolicía.

—Darío jamás amenazó a nadie de forma directa, Martín —contestó la mujer—. Nunca lo vi levantar la voz, ni perder los modales, ni mostrar una sola ráfaga de agresividad con ninguna de nosotros.

—No te he preguntado si era agresivo —puntualizó el inspector retirado—. Te he preguntado qué papel jugaba en esa situación.

—Ya sé exactamente lo que me estás preguntando —repuso Clara, defendiéndose con cierta frialdad—. Y te repito que la figura de Darío era mucho más compleja que la de un simple manipulador violento.

Elena observó la tensión palpable entre ambos, comprendiendo que el método de control ejercido en el club no se basaba en la fuerza física sino en resortes mucho más sutiles.

—Si no usaba la amenaza directa, ¿cuál era la función exacta de Darío dentro del grupo? —preguntó Elena.

—Darío era el centro absoluto de todo el engranaje —explicó Clara, dejando la fotografía sobre la mesa de madera—.

Él seleccionaba los libros que debíamos leer, redactaba los textos de reflexión personal que teníamos que entregar cada semana y decidía qué alumnas estaban preparadas para pasar del grupo abierto de la librería al círculo reducido de las Ofelias.

Era culto, extremadamente atento y tenía una capacidad asombrosa para hacerte sentir que eras la persona más especial e inteligente de la sala.

Nunca obligaba a nadie a hacer nada que no quisiera; presentaba cada paso como una elección libre y poética.

—Y ese era el verdadero peligro —dedujo Elena, recordando la fascinación que el propio entorno del taller solía proyectar.

—Ese era el problema principal —asintió Clara con gravedad—. Que Darío jamás dejaba una huella o un acto que pudieras denunciar en una comisaría. Todo lo que ocurría bajo su tutela parecía completamente normal, voluntario y artístico desde fuera.

—¿Incluso las visitas al pantano de la Sombra? —cuestionó Martín, dando un paso hacia la mesa.

Clara contuvo el aliento antes de responder, mientras la expresión de su rostro se ensombrecía de forma notable.

—Allí la dinámica cambiaba por completo —admitió la mujer en voz baja—.

El pantano no era una simple excursión campestre.

Cuando una integrante era seleccionada para entrar en el núcleo cerrado, Darío organizaba lo que él denominaba un retiro de iniciación.

No tenía nada de fenómeno paranormal ni de ritual estrambótico; se presentaba como un ejercicio de confianza y despojo personal, una tradición que todas las Ofelias anteriores habían superado para demostrar su compromiso con el grupo.

—¿En qué consistía esa ceremonia? —preguntó Elena, sintiendo que un frío helado le recorría las manos.

—Había una caminata nocturna por el sendero perimetral de los pinares —relató Clara, recordando los detalles con dificultad—. Una serie de lecturas junto al agua en silencio absoluto y, finalmente, el traslado individual hacia la caseta de mampostería que está junto a los contadores.

—¿Y quién entraba en la caseta de piedra? —inquirió Elena con un hilo de voz.

—Únicamente Darío y la chica que estaba siendo iniciada esa noche —respondió Clara de forma tajante.

—¿A solas? —insistió Elena.

—A solas. La puerta se cerraba por dentro y el resto del grupo debía permanecer esperando a cien metros de distancia, junto a la orilla, sin hablar entre sí hasta que ellos salieran.

—¿Ocurrió eso siempre en cada una de las salidas? —preguntó Martín.

—Siempre —asintió Clara, mirando al antiguo inspector—. Sin una sola excepción.

—¿Y qué pasaba exactamente dentro de esa caseta, Clara? —preguntó Elena, buscando la clave que Alba no llegó a redactar en sus notas.

Clara bajó la mirada hacia sus propias manos, que se apretaban convulsamente sobre el regazo.

—No lo sé con certeza absoluta —murmuró.

Elena frunció el ceño, mostrando una mezcla de sorpresa e incredulidad ante la respuesta.

—¿Me estás diciendo que formaste parte de ese grupo durante meses y nunca supiste qué hacían allí dentro?

—Una noche entré —reveló Clara en un murmullo que hizo que la estancia quedara en absoluto silencio.

Martín se incorporó levemente sobre el sillón, fijando una mirada penetrante sobre la mujer.

—Eso no figuraba en ninguna de las ampliaciones de testimonio que me diste en su día, Clara —acusó el expolicía con gravedad.

—Porque no te lo conté, Martín —replicó ella con amargura—. Porque la misma noche en que vi lo que había en el interior de esa caseta, decidí que no volvería a poner un pie en el pantano ni a cruzarme en el camino de Darío.

La tensión en el salón alcanzó un punto crítico. Elena se inclinó hacia Clara, conteniendo la respiración.

—¿Qué viste cuando entraste en la caseta, Clara?

Clara tragó saliva con dificultad, mirando hacia el ventanal como si temiera que alguien pudiera escucharla desde el jardín.

—Vi algo que en aquel instante no fui capaz de comprender del todo —explicó la mujer, midiendo cada palabra con extrema cautela—.

No vi actos de violencia física, ni nada que a simple vista pudiera tipificarse como una agresión.

Vi a Darío de pie, con una calma absoluta, hablando en tono muy bajo con una de las chicas más jóvenes.

Ella estaba sentada en una silla de madera, completamente inmóvil, mirando una serie de papeles extendidos sobre una mesa auxiliar.

—¿Qué tipo de papeles eran? —inquirió Elena.

—Eran las fichas personales de las Ofelias —reveló Clara—. Carpetas individuales que Darío abría a cada una de nosotras desde el primer día que pisábamos la librería.

—¿Fichas personales? —repitió Martín, tomando nota mental del dato—. ¿Con qué contenido?