CAPÍTULO 10 #3
Clara examinó las facciones de Elena durante tres segundos interminables.
Las cejas de la mujer se elevaron con un rictus de comprensión repentina y trágica; la semejanza física entre Elena y su hermana era lo bastante evidente como para que cualquier persona que hubiera conocido a Alba estableciera el vínculo al instante.
—La hermana de Alba —murmuró Clara con un hilo de voz casi inaudible.
Elena sintió que un latigazo de electricidad le recorría la espalda al escuchar el nombre de su hermana en labios de aquella desconocida.
—¿Conocía usted a mi hermana? —preguntó Elena con la voz temblando por la emoción contenida.
Clara se quedó inmóvil durante un instante, mirándola con una mezcla de lástima y desconcierto, antes de bajar la vista hacia el suelo. —No —respondió la mujer, aunque la rapidez de la negativa y el temblor de sus manos al sujetar el pomo de la puerta resultaron trágicamente poco convincentes.
De forma instintiva, Clara intentó empujar la hoja de madera para cerrar la puerta y cortar la interacción de raíz.
Sin embargo, Martín reaccionó con agilidad y apoyó la palma de la mano sobre el marco exterior, sin aplicar violencia física pero impidiendo de forma efectiva que el cerrojo volviera a encajar.
—Solo te pedimos diez minutos, Clara —rogó el inspector en voz baja—.
Nada de lo que hablemos aquí saldrá de esta casa.
—No puedo hablar con vosotros —suplicó la mujer, con los ojos llenos de una angustia contenida—.
No puedo y no quiero volver a remover todo aquello.
—Mi hermana Alba ha muerto intentando averiguar exactamente qué ocurrió con Natalia y qué pasaba en las reuniones de ese club —intervino Elena con una contundencia desgarradora, fijando sus ojos en los de la mujer—.
Murió en el mismo pantano al que usted se negó a regresar hace seis años.
Al escuchar la mención explícita a la muerte de Alba y la referencia directa a su propia negativa del pasado, Clara se quedó completamente petrificada.
Sus labios entreabiertos temblaron levemente mientras la firmeza de su resistencia comenzaba a desmoronarse ante el peso ineludible de la tragedia.
—Y creo firmemente que usted sabe cosas que podrían ayudar a que se haga justicia de una vez por todas —añadió Elena sin apartar la mirada.
Clara permaneció inmóvil en el umbral durante unos segundos interminables, observando a Elena con una desesperación dolorosa, dividida entre el miedo acumulado durante seis años y la culpabilidad inevitable que la presencia de la hermana de Alba despertaba en su conciencia.
Finalmente, la mujer dejó escapar un suspiro largo y tembloroso, soltó la presión sobre el pomo de la puerta y la abrió por completo, haciéndose a un lado para dejar libre el acceso al interior de la vivienda.
—Entrad —murmuró Clara en tono resignado, evitando mirarles directamente mientras caminaba hacia el salón.
Elena y Martín cruzaron el umbral, adentrándose en el recibidor iluminado por una luz tenue. Mientras Clara caminaba por delante para indicarles el camino hacia la estancia principal, Elena desaceleró levemente el paso al pasar junto a una estantería de madera oscura situada en el pasillo lateral.
Sobre uno de los estantes superiores descansaba un pequeño marco de fotos de plata que conservaba una imagen antigua en blanco y negro.
De forma instintiva, la mirada de Elena se posó sobre el encuadre.
En la fotografía aparecía un grupo de seis o siete jóvenes sonriendo a la entrada de la librería de San Telmo durante una tarde de primavera; en la primera fila, Elena reconoció de inmediato las facciones jóvenes de Natalia Fuentes y, a su lado, a la propia Clara Valdés con el cabello suelto.
Sin embargo, lo que hizo que Elena se detuviera por completo fue la figura situada justo detrás de ellas: una mujer joven de mirada penetrante y cabello oscuro recogido hacia atrás.
Elena sintió que el corazón le daba un vuelco violento al identificar sin margen de error el rostro de la fotografía. Era Sofía. La misma Sofía cuya presencia Alba había registrado en sus notas secretas sobre la caseta de piedra del pantano y cuyo rastro Martín había dado por perdido años atrás.
Elena permaneció inmóvil frente a la estantería, contemplando la imagen fija del pasado que conectaba todas las piezas dispersas de la investigación de su hermana.
Clara, al percibir que sus visitantes no la seguían hacia el salón, se giró en mitad del pasillo y descubrió a Elena mirando fijamente el marco de plata.
El rostro de la dueña de la casa se mudó instantáneamente en una palidez cadavérica.
—Esa fotografía no debería estar ahí —dijo Clara con la voz quebrada por un arrebato de nerviosismo puro, dando dos pasos rápidos hacia la estantería para coger el marco y colocarlo bocabajo sobre el estante.
Elena la miró directamente a los ojos, sintiendo que la verdad estaba al alcance de sus manos.
—¿Por qué no debería estar ahí, Clara? ¿Quién es la mujer que está detrás de Natalia?
Clara apretó los puños contra el borde de la madera, respirando de forma agitada mientras la miraba con un temor visceral.
— Porque algunas personas prefieren que olvidemos para siempre que estuvimos allí y que fuimos parte de esa historia —respondió Clara con un hilo de voz helado.
Acto seguido, la mujer cruzó el umbral del salón y cerró la puerta corredera tras de sí, dejando a Elena y a Martín en el interior de la vivienda, listos para la conversación que estaba a punto de comenzar.
Lo que ocurrió en el pantano
La puerta del salón se cerró tras ellos con un chasquido sordo que pareció aislar la estancia del resto del mundo.
Clara permaneció durante varios segundos con la espalda apoyada firmemente contra la hoja de madera, respirando con una frecuencia agitada que delataba el enorme coste emocional que le había supuesto permitirles el paso.
La vivienda, lejos de resultar oscura o amenazante, destacaba por una pulcritud metódica y una iluminación cálida que filtraba la luz de la mañana a través de visillos claros
Paredes en tonos neutros, estanterías repletas de volúmenes ordenados por materias, fotografías familiares de viajes pasados y objetos cotidianos dispuestos con esmero componían un escenario de absoluta normalidad.
Sin embargo, esa misma atmósfera doméstica y serena chocaba frontalmente con la tensión psicológica que gravitaba sobre los tres presentes, acentuando el peso de los secretos que estaban a punto de aflorar.
Clara se despegó de la puerta con gesto cansado y les indicó con un movimiento sobrio de la mano que tomaran asiento en la pareja de sillones dispuestos en torno a la mesa baja del centro.
Elena eligió el extremo más cercano a la ventana, mientras Martín se acomodaba a su lado sin quitar la vista de la dueña de la casa. Tan pronto como se sentó, los ojos de Elena regresaron a la estantería del pasillo y a la imagen que Clara había volcado bocabajo apenas un minuto antes.
La memoria visual de Elena reconstruyó la composición exacta de aquella toma: Natalia Fuentes en el margen izquierdo, Clara en el centro con una sonrisa contenida, Sofía observando desde un segundo plano con la mirada fija en el objetivo y otras tres jóvenes cuyos nombres aún no encajaban en el puzle.
Elena rompió el silencio fijando su atención en Clara, que permanecía de pie junto al borde de la alfombra.
—¿Cuándo se tomó exactamente esa fotografía? —pregunto Elena con voz pausada pero inequívoca.
Clara se cruzó de brazos, apretando las manos contra sus codos en un intento visible de frenar un ligero temblor.
—Hace seis años —respondió la mujer, desviando la mirada hacia la cristalería del mueble principal—. Fue durante la primavera previa a la disolución del grupo.
Elena se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.
—La chica que aparece detrás de ti, Sofía... Ella estaba en el pantano de la Sombra, ¿verdad?
Clara cerró los ojos un instante antes de asentir de forma casi imperceptible.
—Sí. Estaba allí.
—¿Ella también era una Ofelia? —insistió Elena, buscando confirmar la jerarquía interna del taller.
—Todas las que íbamos a las reuniones privadas lo éramos —contestó Clara con tono apagado—. Sofía llevaba incluso más tiempo que Natalia y que yo.
Martín decidió intervenir en ese instante, ajustando el tono de voz para imprimirle la gravedad metódica de quien conoce bien la resistencia de un testigo reticente.
—Clara, he venido hasta tu casa porque necesito que nos cuentes exactamente qué ocurrió en aquel lugar durante las semanas previas a que Natalia desapareciera —dijo el expolicía con firmeza—. No las evasivas que me diste en la comisaría.
Clara fijó sus ojos en el antiguo inspector con una ráfaga de reproche reprimido.
—Ya te conté todo lo que podía contar en su momento, Martín —replicó ella—. Te firmé una declaración y respondí a cada una de tus preguntas oficiales.
—Me contaste una parte muy pequeña, Clara —corrigió Martín sin alterar la calma—. La parte que no ponía en riesgo tu tranquilidad ni te obligaba a dar explicaciones incómodas.
—La única parte que podía contar sin destruir por completo la vida que estaba intentando rehacer —repuso la mujer, con la voz quebrándose levemente.
—¿Por qué? —intervino Elena, atrayendo de nuevo la atención de Clara hacia su posición—. ¿Por qué ocultaste el resto durante seis años?
Clara bajó la mirada hacia el parquet, dejando que un silencio espeso se apoderara del salón mientras el reloj de pared marcaba los segundos con un goteo rítmico. Elena contuvo el impulso de insistir de inmediato, comprendiendo que la mujer necesitaba procesar la presión sin sentirse acorralada.
—Porque tenía miedo —admitió finalmente Clara en un susurro.
—¿Miedo de quién? —preguntó Elena frunciendo el ceño—. ¿De Darío? ¿De la gente del club?