CAPÍTULO 10 #2
Elena mantuvo la mirada fija sobre la hoja donde figuraba el nombre y la dirección de Clara Valdés.
—¿Por qué cambió su versión de esa forma tan repentina?
—inquirió Elena. —Nunca quiso dar una explicación coherente —respondió Martín—.
Alegó que se había confundido de fecha y que las excursiones de las que hablaba pertenecían a un viaje escolar totalmente ajeno al taller literario.
—Tenía miedo —dedujo Elena en voz alta, pensando en las notas que Alba había escondido en los directorios del ordenador.
—Tuvo un cambio de actitud radical en cuestión de cuarenta y ocho horas —admitió Martín—.
Pensé entonces, y sigo pensando ahora, que alguien habló con ella entre la primera entrevista y la citación oficial para recordarle lo que se jugaba si mantenía su testimonio original.
Elena observó la dirección escrita al pie de la ficha: un chalet unifamiliar en una urbanización tranquila y apartada del casco urbano de San Telmo.
Nada en esa referencia escrita evocaba un escenario de violencia ni un secreto turbio, sino más bien el refugio anodino de alguien que ha construido una vida gris para pasar desapercibido.
—¿Sabes si Clara ha mantenido el contacto con Darío durante todos estos años?
—preguntó Elena. —Es imposible saberlo sin una orden de intervención telefónica —contestó Martín con pragmatismo—.
Oficialmente no se las ha vuelto a ver juntas en ningún acto público del entorno cultural del pueblo.
—Entonces tendremos que ir a preguntárselo directamente —sentenció Elena, haciendo el ademán de guardar la ficha en su bolso.
—Hay un detalle más que debes ver antes de tomar cualquier iniciativa —intervino Martín, deteniendo su movimiento y sacando una última hoja doblada de la parte posterior de la carpeta.
Se trataba de un cuadrante de notas manuscritas redactado por el propio Martín seis años atrás, con trazos rápidos que delataban la urgencia del momento en que fue escrito.
En la parte central del papel destacaba una frase subrayada dos veces con bolígrafo azul: «Clara se negó rotundamente a volver al pantano» .
—¿Quién redactó esta nota? —preguntó Elena levantando los ojos hacia él.
—La escribí yo la tarde en que acudí a su domicilio particular para intentar que firmara una aclaración voluntaria —explicó el expolicía.
—¿Por qué anotaste esto con tanto énfasis?
—Porque cuando le pregunté directamente por qué se negaba a acompañar a los agentes para señalar el punto exacto de la orilla donde se reunían, Clara rompió a llorar de forma desconsolada —recordó Martín, con una sombra de pesar reviviendo en sus rasgos faciales—.
No fue un llanto de nerviosismo común; era la reacción de alguien aterrorizado.
No quiso interponer denuncia alguna ni señalar a ninguna persona en concreto.
Se limitó a repetir una única frase antes de cerrarme la puerta en la cara.
Martín hizo una breve pausa, dejando que la memoria trajera intactas las palabras escuchadas seis años atrás.
—Me dijo: «No quiero volver a ese sitio jamás» .
Aquella frase resonó en la mente de Elena con una fuerza demoledora, conectando de forma inmediata con las anotaciones que Alba había dejado plasmadas en su último borrador sobre los rituales y la presencia del grupo en el pantano de la Sombra.
—¿Y no volviste a intentar hablar con ella después de aquel día?
—preguntó Elena. —Lo intenté unos meses más tarde, cuando la causa principal estaba a punto de ser archivada por el juzgado —admitió Martín con cierta amargura—.
Me presenté en su casa sin uniforme y de forma totalmente extraoficial.
Pero Clara ya no estaba dispuesta a escuchar nada de lo que yo tuviera que decir.
Había tapiado su vida por completo. —¿Crees que puede estar dispuesta a hablar ahora, si sabe lo que le ha ocurrido a Alba?
—Sinceramente, no lo sé —respondió Martín con prudencia—.
Pero quiero que entiendas las consecuencias de lo que vamos a hacer, Elena.
Si esa mujer lleva seis años intentando sepultar lo que vio o lo que vivió en ese club, ver aparecer a la policía retirada y a la hermana de Alba en su puerta puede provocar que se cierre en banda de forma definitiva o que ponga en alerta a la persona adecuada.
—Mi hermana no tuvo la oportunidad de cerrar nada ni de buscar refugio en el olvido, Martín —respondió Elena con una firmeza helada que no admitía réplica.
El antiguo inspector encajó el impacto de la frase con la cabeza gacha. La mención directa a la muerte de Alba actuó como el argumento definitivo para disipar cualquier sombra de duda sobre el siguiente paso.
—Está bien —asintió Martín, recogiendo los documentos con ligereza y guardándolos de nuevo en la carpeta de cartón—. Iremos juntos. Yo conduzco.
El trayecto hacia la urbanización residencial transcurrió en un silencio tenso dentro del vehículo de Martín, un turismo sobrio y bien conservado que avanzaba bajo el cielo plomizo de la mañana.
Elena contemplaba las calles de San Telmo desfilando tras la ventanilla, sintiendo la opresión constante en el pecho ante la perspectiva de encarar a la primera persona real que había compartido espacio con Natalia Fuentes antes de su desaparición.
—Martín —rompió Elena el silencio mientras dejaban atrás las últimas edificaciones del casco urbano—.
—Después de seis años dando vueltas a este expediente en tu cabeza, ¿todavía no tienes una teoría clara de lo que ocurrió? Martín mantuvo las manos firmes sobre el volante, con la vista fija en la carretera secundaria que serpenteaba hacia la zona residencial.
—Tengo varias teorías, Elena —respondió con voz grave—. Y ninguna de ellas es tranquilizadora. —¿Cuál es la que más te preocupa? Martín tardó un par de kilómetros en responder, sopesando la gravedad de la respuesta.
—Que Natalia no fuera una víctima fortuita, sino alguien que descubrió un patrón de comportamiento que otras mujeres ya habían descubierto antes que ella dentro de ese taller —explicó el expolicía—.
Y que cuando intentó tirar del hilo para entender qué había sido de las demás, la red se cerró sobre ella.
—¿Y qué era exactamente ese patrón? ¿Qué era lo que hacían en el pantano? —insistió Elena, buscando una respuesta concreta. —Eso es precisamente lo que nunca pudimos demostrar con pruebas en la mano —concluyó Martín mientras reducía la marcha al entrar en la urbanización.
El barrio al que llegaron destacaba por su tranquilidad sobria y apartada. Se trataba de una hilera de chalets de dos plantas con pequeños jardines delanteros, aceras pulcras y calles sembradas de árboles donde apenas se registraba tránsito peatonal a esa hora del día.
La vivienda de Clara Valdés era una construcción de fachada clara con verja de hierro forjado y persianas parcialmente echadas.
Martín estacionó el vehículo a unos metros de la entrada, apagó el motor y miró a Elena con severidad antes de desabrocharse el cinturón.
—Déjame hablar a mí en primer lugar —indicó él—.
No podemos entrar con agresividad; necesitamos que sienta que venimos a buscar ayuda, no a incriminarla.
Elena asintió con un leve movimiento de cabeza, aunque la adrenalina aceleraba sus pulsaciones mientras cruzaban el pequeño patio delantero.
Martín ascendió los escalones del porche y presionó el timbre de la puerta principal. El sonido del timbre resonó en el interior de la vivienda sin que se produjera una respuesta inmediata.
El inspector retirado aguardó diez segundos y volvió a presionar el pulsador.
Esta vez, tras una breve pausa de incertidumbre, se escucharon pasos amortiguados avanzando sobre el suelo de madera del recibidor.
Los pasos se detuvieron justo al otro lado de la hoja de madera.
—¿Quién es? —preguntó una voz femenina, amortiguada y cautelosa.
—Clara, soy Martín —respondió el expolicía inclinándose ligeramente hacia la junta de la puerta—.
El antiguo inspector. Se produjo un silencio denso en el interior.
La mujer al otro lado no respondió de inmediato, delatando la duda y la brusca sacudida que el nombre había provocado en su rutina.
—Necesito hablar contigo unos minutos, Clara —añadió Martín con tono sosegado pero firme—. Es importante.
Transcurrieron varios segundos cargados de tensión psicológica hasta que se escuchó el chasquido metálico del cerrojo.
La puerta se abrió apenas unos centímetros, dejando ver el rostro de una mujer de unos cuarenta años, de vestimenta sencilla y cabello recogido en un moño apresurado.
Clara Valdés no presentaba el aspecto de una figura misteriosa o amenazante, sino el de una persona corriente cuya expresión facial reflejaba una alarma inmediata al reconocer los rasgos del hombre que pisaba su porche.
—¿Por qué has vuelto aquí? —preguntó Clara con la voz alterada por el sobresalto—.
Te dije hace años que no quería saber nada más de aquel asunto.
—Ha ocurrido algo grave, Clara —explicó Martín sin dar un paso hacia adelante—.
Y necesitamos tu ayuda. La mujer desplazó la mirada hacia un lado y descubrió a Elena, que permanecía erguida a un metro de distancia de Martín.
—¿Quién es ella? —inquirió Clara, frunciendo el ceño con recelo creciente.
—Soy Elena —intervino la joven, dando un paso al frente para ser vista con claridad—. Elena Valdés.