CAPÍTULO 10
Las que desaparecieron
La primera dirección
La noche no trajo consigo el descanso, sino una sobrecarga de sombras y conjeturas que mantuvieron a Elena en una vigilia exhaustiva frente a la ventana de la habitación.
Las cuatro palabras impresas en la pantalla de su teléfono móvil — «No confíes en Martín» — habían permanecido brillando en la penumbra como una advertencia venenosa cuya autoría resultaba imposible de determinar.
Elena contempló el mensaje durante horas, calibrando la fría exactitud con la que el remitente anónimo pretendía minar la única vía de avance real que había obtenido desde la muerte de Alba.
Sin embargo, en lugar de dejarse paralizar por la paranoia o entregarse a una sospecha ciega, la prudencia de Elena terminó imponiéndose sobre el miedo.
Comprendió que desconfiar por impulso de Martín equivalía a volver al punto cero, a quedar de nuevo a merced de quienes observaban cada uno de sus pasos desde las sombras.
El antiguo inspector no se había mostrado omnisciente ni le había ofrecido certezas absolutas; al contrario, su actitud cargada de culpa y su franca admisión de impotencia ante el archivo oficial del caso de Natalia Fuentes le otorgaban un pulso de autenticidad difícil de impostar.
Al despuntar las primeras luces sobre los tejados húmedos de San Telmo, Elena tomó una decisión basada en la pura necesidad lógica: no ignoraría el mensaje, pero tampoco permitiría que una provocación anónima dictara el ritmo de sus actos.
Tenía claro que para avanzar no bastaba con escuchar recuerdos del pasado en una cafetería; necesitaba confrontar los datos concretos que el expolicía había conservado al margen del legajo oficial.
Evitando deliberadamente realizar una llamada telefónica que pudiera ser interceptada o grabada, Elena redactó un mensaje breve, directo y desprovisto de preámbulos: «Necesito que me enseñes la lista de las antiguas integrantes» .
La respuesta de Martín no tardó en llegar; apenas transcurrieron siete minutos antes de que el indicador de su pantalla parpadeara con una confirmación escueta pero determinante: «Tengo una parte. Nos vemos» .
El punto de encuentro fijado por Martín fue un pequeño establecimiento de desayunos situado en una bocacalle cercana a la estación de autobuses, un local cotidiano de paredes entrelazadas de madera y azulejo donde a esa hora de la mañana comenzaba a registrarse un trasiego constante de trabajadores, viajeros y residentes locales.
Elena llegó primero y se situó en una pequeña mesa cuadrada próxima a la cristalera, observando cómo la luz grisácea del amanecer perfilaba los contornos del municipio.
Apenas un minuto más tarde, Martín cruzó el umbral portando bajo el brazo una carpeta de cartón rígido, bastante deteriorada por el roce y el paso de los años.
El antiguo inspector se aproximó a la mesa con paso firme pero discreto, vistiendo su habitual gabardina oscura y mostrando en los párpados la misma huella de fatiga que acompañaba a Elena desde el inicio de la pesadilla.
Se sentó enfrente, acomodó la carpeta sobre la mesa y, antes de desabrocharse el abrigo o desplegar la documentación, fijó sus ojos en Elena con una gravedad serena.
—¿Has vuelto a recibir mensajes en el teléfono?
—preguntó Martín, con el tono bajo de quien está acostumbrado a mantener la discreción en espacios públicos.
Elena dudó durante un par de segundos, sopesando las implicaciones de revelar el contenido exacto de la última alerta.
Comprendió que poner a prueba las reacciones de Martín constituía la mejor manera de calibrar su verdadera naturaleza.
—Sí —respondió ella con voz contenida. Martín no pestañeó, aunque la inclinación de su cabeza delató una concentración inmediata.
—¿Qué decía exactamente? —inquirió. En lugar de explicarse con palabras, Elena sacó su teléfono móvil del bolsillo del abrigo, desbloqueó la pantalla y se lo deslizó sobre la superficie de la mesa hasta dejarlo al alcance de sus manos.
Martín tomó el dispositivo y leyó la línea de texto en silencio.
No hubo un sobresalto exagerado ni un gesto de indignación teatral; simplemente permaneció durante cuatro o cinco segundos con la vista clavada en la pantalla, analizando la caligrafía digital del aviso como si estuviera procesando una prueba pericial de antigua factura.
—¿En qué momento exacto entró esto? —preguntó el expolicía, devolviéndole el teléfono con un movimiento metódico.
—Apenas dos minutos después de que te marcharas de la cafetería ayer por la tarde —explicó Elena, observando detenidamente cada microexpresión de su rostro—.
—Justo cuando me quedé sola repasando las imágenes del archivo.
Martín dejó escapar un suspiro lento mientras apoyaba las manos sobre la mesa de madera.
—Entonces alguien sabía perfectamente que nos habíamos citado allí —dedujo con voz pausada—.
O nos estaban siguiendo a alguno de los dos, o la llamada telefónica previa ya estaba comprometida.
—¿No te sorprende que busquen apartarme de ti?
—preguntó Elena con una sombra de desafortunada ironía.
—No me sorprende en absoluto —respondió Martín, mirándola fijamente a los ojos—.
A mí me preocuparía bastante más la intención que hay detrás de esa frase que el hecho mismo de que la hayan enviado.
—Siempre hablas como si te guardaras un as en la manga, Martín —le reprochó ella, inclinándose hacia adelante con amargura—.
Como si supieras perfectamente quién está jugando y cuáles son las reglas, pero solo me entregaras la información con cuentagotas.
—Porque sé más de lo que te he contado en un par de conversaciones precipitadas, Elena —replicó el inspector retirado con absoluta serenidad—. Y si te lo dosifico no es para jugar contigo, sino porque soltar hipótesis sin contrastar solo sirve para que cometamos un error irreparable.
Sin perder un segundo más, Martín colocó la mano sobre la tapa de la carpeta gastada y la abrió con cuidado.
En el interior se apilaban varias hojas de papel folio mecanografiadas, algunas anotaciones a lápiz en los márgenes y fichas de cartulina amarilla que conservaban la caligrafía minuciosa del trabajo policial de hace seis años.
—Para entender lo que Alba vio en esa máquina, primero tenemos que saber quiénes formaban ese grupo y qué fue de cada una de ellas —dijo Martín, organizando los folios en dos hileras paralelas—.
Cuando abrimos las diligencias sobre Natalia Fuentes, el Club de las Ofelias contaba con un núcleo de asistentes habituales.
No todas recibieron el mismo nivel de atención por parte de la comisaría; muchas eran simples estudiantes o lectoras que acudían a las charlas públicas de la librería y no tenían menor vinculación con el entorno privado de Darío.
Sin embargo, hubo un grupo muy concreto que emergió de forma reiterada en los testimonios.
—¿Cuántas eran exactamente en ese círculo reducido?
—preguntó Elena, fijando la vista en los nombres mecanografiados.
—Siete —afirmó Martín de manera tajante.
Elena repasó la lista con los dedos sobre la superficie de la mesa.
En la parte superior de la primera hoja leyó de inmediato el nombre de Natalia Fuentes, acompañado de su fecha de nacimiento y la última dirección conocida en San Telmo.
Justo debajo, Martín había trazado anotaciones manuscritas al lado de otros recuadros.
—Tres de estas mujeres abandonaron la provincia poco después de la desaparición de Natalia y no ha sido posible volver a localizarlas con las herramientas de un ciudadano retirado —explicó el expolicía señalando los renglones—.
Una de ellas falleció hace tres años en un accidente de tráfico fuera de Cantabria.
Otra se trasladó al extranjero y borró cualquier perfil digital.
La tercera simplemente dejó de responder a las citaciones antes de que cerráramos la causa oficial.
Pero de la lista original nos quedan dos nombres cuyos rastros no se han extinguido por completo.
El índice de Martín descendió hasta posarse sobre una ficha marcada en tinta roja. —Esta es Clara Valdés —dijo él—.
Sigue residiendo en San Telmo, en un barrio residencial de las afueras. —¿La interrogaste en su momento? —preguntó Elena de inmediato. —Varias veces —asintió el antiguo inspector—.
Y en cada ocasión obtuve la misma respuesta aprendida. —¿Que no sabía nada? —Exactamente —dijo Martín, negando con la cabeza lentamente—.
La misma respuesta vacía que repetían casi todas las demás para sacarse a la policía de encima. —¿Y te conformaste con eso? ¿Le creíste? —No le creí ni una sola palabra —afirmó él con rotundidad—.
Clara fue una de las pocas integrantes que, en una primera charla informal en la trastienda de la librería, admitió haber acompañado a Natalia y a Darío al pantano de la Sombra durante aquellas lecturas de fin de semana.
Sin embargo, cuando la citamos de forma oficial en la comisaría dos días después para ratificar la declaración, cambió su versión de manera drástica y aseguró que nunca había estado en la caseta de piedra.