La Chica del Pantano CAPÍTULO 9 #6
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CAPÍTULO 9 #6

Martín desvió la vista hacia el ventanal durante unos largos segundos, observando la lluvia sobre el pasaje antes de volver a mirar a Elena.

—Eso es precisamente lo que me ha quitado el sueño desde que me llamaste —admitió el antiguo policía—.

Creo firmemente que Alba descubrió un detalle determinante en ese borrador y que alguien se dio cuenta de que ella había enlazado la historia con el pasado.

—¿Cree que la mataron? —preguntó Elena con la voz entrecortada.

—Creo que tu hermana llegó demasiado lejos —respondió Martín con extrema prudencia—.

No puedo afirmar que fuera un asesinato sin la autopsia definitiva, pero sé que cada vez que alguien profundizaba en el caso de Natalia o en las reuniones del pantano, el nombre de Darío aparecía de una forma u otra.

Elena extrajo un último fragmento de las notas de Alba y lo colocó frente al inspector.

El papel contenía los términos manuscritos por su hermana: «Pantano de la Sombra.

Ritual. Nuevas integrantes. Caseta. Vehículo.

Sofía» . Al leer el nombre de Sofía, los párpados de Martín se contrajeron levemente.

—¿Conoció a esa mujer durante su investigación?

—preguntó Elena. —Sofía fue una de las primeras integrantes del club a las que tomé declaración hace seis años —asintió él.

—¿Dónde está ella ahora? —inquirió Elena.

Martín tardó un tiempo excesivo en responder, apretando los labios con gesto adusto.

—No lo sé —dijo finalmente—. Y eso es algo que debería preocuparte seriamente.

El antiguo inspector sacó entonces de su cartera una fotografía gastada y la colocó junto a la imagen del pantano. En la escena posaban varias muchachas a la entrada de la librería. Martín señaló con el dedo el rostro de tres de ellas.

—Cuando inicié las comprobaciones, estas tres jóvenes pertenecían al círculo estrecho del club —explicó él—.

Natalia es una de ellas. De las otras dos, Carmen y Laura, perdimos el rastro poco después.

Carmen nunca volvió a responder a nuestras llamadas.

A Laura la localicé meses más tarde en otra provincia; cuando me presenté para tomarle declaración, me exigió una sola cosa antes de articular palabra: que no volviera a buscarla jamás y que destruyera su dirección.

Elena permaneció en silencio, sobrecogida por la escala de una trama que parecía haberse cobrado múltiples víctimas silenciosas a lo largo del tiempo.

—¿Por qué Alba no acudió a usted directamente cuando empezó a sospechar?

—preguntó Elena. —Sí lo hizo —reveló Martín con amargura—.

Me dejó un mensaje en el contestador de casa tres días antes de su muerte.

Decía simplemente: «Creo que he encontrado el mismo patrón» .

Pensé que era otra lectora obsesionada con las viejas noticias de prensa.

Cometí el error de no responder a tiempo, y es un fallo que llevaré sobre la conciencia.

Martín se inclinó hacia adelante y preguntó con gravedad: —¿Qué más guardaba Alba en ese ordenador, Elena?

Elena vaciló sobre si debía confiar plenamente en el expolicía, pero terminó por resumirle lo esencial: la galería fotográfica, el intento de acceso remoto en el sistema y las notificaciones anónimas recibidas en su móvil.

Al escuchar lo de la intrusión informática, Martín mostró una alarma sincera.

—Ese equipo no debe volver a conectarse a ninguna red —advirtió Martín—.

Quienquiera que introdujera esa herramienta de acceso remoto sigue buscando borrar las huellas de lo que Alba guardó.

—¿Ahora me cree? —preguntó Elena. —Nunca dije que no te creyera —replicó él—.

Lo que intento es evitar que cometas el mismo error que cometió tu hermana al investigar en solitario.

—¿Me va a ayudar a averiguar la verdad? —preguntó ella.

—Sí —asintió Martín con firmeza—. Pero con una condición innegociable: si encuentras cualquier nuevo indicio o decides desplazarte a algún punto relacionado con el club, me llamas inmediatamente antes de dar un paso.

Antes de levantarse de la mesa y recoger sus pertenencias, Elena le hizo una última pregunta.

—Martín, en la llamada telefónica me dijo que para entender lo de Alba tenía que comprender por qué se cerró la investigación de Natalia.

¿Por qué se cerró realmente? Martín se detuvo, la miró fijamente y respondió con frialdad: —Porque alguien con mucho poder e inteligencia consiguió que todo lo que descubrimos pareciera una simple cadena de coincidencias.

El antiguo inspector abandonó el establecimiento, dejando a Elena a solas en la mesa. Con el café helado frente a ella, sacó de nuevo su teléfono móvil para examinar en detalle la fotografía digitalizada del pantano tomada seis años atrás.

Amplió la zona arbolada situada a la espalda de Natalia y Darío. Entre la maleza del fondo, percibió la silueta borrosa e incompleta de un segundo hombre parcialmente oculto tras los troncos, un detalle que confirmaba que Darío no se encontraba solo en aquellas excursiones.

En ese instante, el teléfono vibró en su mano al recibir una nueva notificación de texto de un remitente desconocido.

Elena abrió el mensaje y leyó una advertencia de cuatro palabras: «No confíes en Martín» .

Elena se quedó inmóvil, mirando la puerta por la que acababa de salir el inspector y comprendiendo que se hallaba atrapada en una red de engaños donde resultaba imposible discernir quién pretendía protegerla y quién la guiaba hacia un destino fatal.