CAPÍTULO 9 #5
Sin rodeos ni preámbulos cordiales, Elena sacó del bolso una de las copias fotográficas tomadas en el archivo municipal y la deslizó sobre la mesa, deteniéndola junto a la taza de Martín.
En la imagen aparecía la orilla del pantano de la Sombra con el grupo de muchachas y la figura de Darío al fondo.
—¿Por qué estaba usted allí hace seis años?
—preguntó Elena directamente. Martín bajó la vista hacia el papel, observando el encuadre sin sobresalto teatral, reconociendo la toma al instante.
—Esa fotografía se tomó durante las primeras comprobaciones sobre la rutina de Natalia Fuentes —explicó él, apoyando los codos sobre la mesa—.
Queríamos verificar las actividades del club fuera de la librería.
—Esa fotografía estaba depositada en una carpeta restringida del archivo municipal y faltaban folios completos en el expediente —reclamó Elena, fijando los ojos en él—.
La investigación no fue limpia. —La investigación nunca fue sencilla, Elena —respondió Martín con calma.
—No le he preguntado si fue sencilla —insistió ella, acortando la distancia sobre la mesa.
Martín la miró fijamente durante unos segundos antes de formular la pregunta clave.
—Entonces, ¿qué quieres saber exactamente de mí?
—Quiero saber todo lo que Alba estaba intentando descubrir antes de aparecer muerta en el agua.
Martín guardó un largo silencio, dejando que el sonido tenue de la radio llenara la pausa mientras sopesaba sus palabras.
—¿Qué te contó exactamente tu hermana antes de morir?
—inquirió él. —Muy poco —reconoció Elena con amargura—.
Apenas dejó notas y fragmentos guardados en su ordenador.
Elena extrajo entonces una hoja mecanografiada con la transcripción de las anotaciones personales de Alba y se la entregó a Martín.
En ella destacaban dos frases subrayadas: «Martín llegó hasta aquí.
Después, nada» y «¿Por qué dejó de investigar?
» . El antiguo inspector leyó las dos líneas en voz baja.
Elena percibió un cambio sutil en el rictus de su rostro; no hubo una reacción dramática, sino un ensombrecimiento repentino en su mirada que delataba el impacto del reproche de Alba.
—¿Por qué lo dejó, Martín? —preguntó Elena con insistencia.
Martín tardó varios segundos en responder, dejando la hoja sobre la madera.
—No dejé la investigación porque quisiera, Elena —dijo él con voz pausada—.
La causa se cerró porque la fiscalía y la jefatura consideraron que no existían pruebas materiales para mantenerla abierta.
Natalia era mayor de edad. No había una denuncia formal de su familia, no teníamos un cadáver, no había signos de violencia en su vivienda ni pudimos acotar una escena del delito.
Solo contábamos con testimonios vagos, versiones contradictorias y una serie de coincidencias que nunca se tradujeron en indicios judiciales.
—¿Y la marcha repentina de las chicas que abandonaban el club tampoco les pareció un motivo suficiente?
—cuestionó ella. —Algunas declararon que se habían marchado del municipio por voluntad propia —explicó el expolicía—.
Otras simplemente dejaron de acudir a las reuniones sin dar explicaciones.
—¿A usted le parecía normal esa dinámica?
—No —admitió Martín, mirándola directamente a los ojos—.
No me parecía normal en absoluto. —Pero que algo no te parezca normal en el comportamiento de un grupo no te permite imputar un delito a un ciudadano —añadió Martín con rigor profesional.
—¿Se refiere a Darío? —indagó Elena. —Darío era el nexo que aparecía en el fondo de cada conversación —reconoció el inspector retirado—.
Lo investigamos de manera discreta durante semanas.
Interrogamos a sus proveedores, revisamos sus cuentas y hablamos con decenas de alumnas.
Todas hablaban impecablemente de él. Gozaba de excelente reputación en el ámbito cultural, su negocio era transparente y las reuniones del club eran públicas y voluntarias.
Legalmente no teníamos absolutamente nada contra él.
Elena recordó las anotaciones de Alba sobre las descripciones del borrador y el empeño de su hermana por seguir la pista de Natalia.
—Si todo parecía impecable, ¿qué fue lo que le hizo a usted continuar indagando por su cuenta?
—preguntó Elena. —La propia Natalia —respondió Martín en voz baja.
Elena guardó silencio, atenta a la revelación.
—Natalia comenzó a acudir a la comisaría semanas antes de desaparecer —continuó el antiguo inspector—.
Hacía preguntas constantes sobre chicas de promociones anteriores que habían dejado de asistir.
Le preocupaban las excursiones que el club organizaba al pantano de la Sombra como parte de unas lecturas al aire libre.
Decía que no comprendía el propósito de llevar a las integrantes más jóvenes a ese lugar.
—¿Qué hacían en el pantano? —insistió Elena.
—Eso nunca quedó acreditado en los informes —explicó Martín con cautela—.
Algunas chicas dijeron que eran simples convivencias literarias.
Otra se negó en redondo a declarar y una tercera insinuó que se trataba de una tradición del grupo.
Pero ninguna formuló una acusación concreta.
—¿Y qué le dijo Natalia a usted la última vez que hablaron? —preguntó Elena.
Martín la observó con la mirada perdida en el pasado durante unos instantes. —Me dijo literalmente: «No quiero que me pase lo mismo que a las demás» . Le pregunté a qué se refería exactamente con eso, y me contestó: «Eso es lo que intento averiguar antes de que sea tarde» .
Elena comprendió en ese instante que Natalia había estado indagando sobre el pasado del taller por su propia cuenta, exactamente igual que Alba seis años después.
—Pocos días después de esa charla, Natalia dejó de responder al teléfono —continuó Martín—.
Cuando acudí a su domicilio, sus padres me mostraron un mensaje de texto recibido desde el móvil de la chica donde decía que necesitaba alejarse un tiempo de San Telmo.
—¿Usted creyó que ese mensaje lo había redactado ella?
—preguntó Elena. —Dudé desde el primer momento —admitió Martín—.
Pero la policía no podía desacreditar un mensaje directo de la titular sin pruebas de coacción.
Tuve que acatar la orden de cierre, aunque durante meses seguí rastreando sus movimientos bancarios y sus contactos sin obtener un solo resultado. Su rastro se extinguió por completo.
Elena dio un golpe suave sobre la mesa, exigiendo precisión.
—¿Y las páginas que no figuran en el legajo del archivo municipal?
Martín no se movió de la silla, pero la tensión psicológica en la mesa se volvió casi palpadle.
—¿Cuántas páginas faltaban en la carpeta?
—preguntó él. Elena le indicó el número de folios ausentes según el índice digital.
—Esa documentación no se destruyó —reveló Martín en voz baja—.
Eran notas de trabajo de la unidad policial, hipótesis de campo y sospechas informales sobre varios entornos que el juzgado rechazó incorporar al atestado oficial por carecer de sustento probatorio.
—¿Sospechas sobre Darío? —espetó Elena. —Sobre Darío y sobre la red de contactos del taller —precisó Martín—.
No juegues a los detectives conmigo, Elena.
Mi hermana ha muerto tras revisar esas mismas anotaciones que usted dejó archivadas —añadió ella con amargura.