CAPÍTULO 9 #4
—Según la hoja de índice digitalizada, este lote debería incluir varias páginas anexas con anotaciones de campo y ampliación de testimonios —explica la archivista mientras comprueba el libro de registro—.
Pero en el legajo físico no constan. —¿Y sabe dónde pueden estar esas páginas?
—inquiere Elena, tratando de no mostrar su impaciencia.
—No tengo ni idea —responde la mujer con absoluta naturalidad—.
El registro solo indica que fueron incorporadas posteriormente al fondo por la unidad encargada de la custodia inicial.
—¿Figura la identidad de quién las entregó?
La empleada revisa la ficha del depósito y señala un campo en el monitor.
—El inspector Martín. Figura su firma en la hoja de recepción del material.
Elena siente un escalofrío al comprobar que el mismo agente que firmó el cierre provisional de la investigación fue quien depositó —y posteriormente extrajo del circuito público— las páginas faltantes del expediente.
De vuelta a la mesa de consulta, Elena continúa explorando el resto de los documentos hasta dar con una carpeta con material gráfico antiguo.
Entre las imágenes de la librería y del casco urbano, aparece una fotografía tomada a larga distancia en la que se distingue la lámina de agua del pantano de la Sombra, la caseta de mampostería de los contadores y la orilla rocosa donde apareció el cuerpo de Alba. Elena reconoce el lugar al instante.
La ficha al reverso de la imagen indica que la toma fue realizada por los servicios de la policía local durante las indagaciones coordinadas por Martín.
En la misma bolsa protectora halla otra toma fotográfica en blanco y negro, ligeramente deteriorada por la humedad, que registra a un grupo de alumnas del club conversando junto a la vegetación del pantano.
Elena utiliza la cámara de su teléfono móvil para ampliar el encuadre y reconoce las facciones de Natalia Fuentes entre las muchachas.
Sin embargo, al desplazar la vista hacia el fondo de la composición, descubre la figura de Darío, vestido con un abrigo oscuro y observando la reunión a escasa distancia.
La presencia del librero en el pantano hace seis años confirma a Elena que la vinculación de Darío con las jóvenes se extendía mucho más allá del espacio institucional de su negocio.
Al dar la vuelta a la imagen impresa para examinar la etiqueta, Elena percibe tres palabras manuscritas a lápiz en el reverso, trazadas con una caligrafía rápida que no figura en los registros oficiales: No estaba sola .
—¿Sabe quién pudo escribir esta nota en la fotografía?
—pregunta Elena mostrándole el reverso a la archivista.
—No consta en el libro de entrada —responde la mujer tras examinar el papel con atención—.
No es el formato habitual de la administración.
—¿Puedo fotografiar las imágenes y los documentos con el teléfono?
—solicita Elena. La empleada vacila unos segundos antes de asentir.
—Los documentos disponibles son de acceso público, de modo que no hay inconveniente.
Pero si necesita los folios que faltan en la carpeta, tendrá que solicitarlos formalmente en la comisaría central.
Elena toma captura digital de cada folleto, guarda el teléfono en el abrigo y abandona el edificio del archivo municipal. Ya en la acera, bajo una lluvia fina que empieza a calar el asfalto, marca el número de Martín.
El teléfono emite cuatro tonos prolongados antes de que la voz del antiguo inspector rompa el silencio.
—Elena —responde Martín con su tono sobrio habitual.
—¿Por qué faltan páginas en el expediente de Natalia Fuentes que se custodia en el archivo municipal?
—pregunta ella sin dilaciones ni preámbulos.
Se produce un silencio denso al otro lado de la línea. Martín tarda varios segundos en reaccionar. —¿Dónde has tenido acceso a ese expediente? —inquiere el antiguo policía con voz pausada. —En la sede del archivo local —replica Elena—.
Hay declaraciones contradictorias, faltan anexos firmados por usted y he encontrado las fotografías del pantano de la Sombra. —No deberías estar removiendo esa documentación, Elena —advierte Martín con severidad contenida.
—Mi hermana ha muerto en ese mismo pantano —protesta ella con un hilo de voz alterado—.
Necesito entender qué estaba buscando Alba y por qué su nombre y el de Darío siguen apareciendo juntos desde hace seis años.
Martín guarda silencio de nuevo, calculando el peso de la información que la joven tiene entre las manos.
—Hay anotaciones y valoraciones que no se consolidan en un expediente por razones muy precisas —explica Martín con voz baja.
—¿Por qué no eran relevantes? —insiste Elena.
—Porque nunca llegamos a reunir las pruebas materiales necesarias para demostrar que fueran ciertas ante un tribunal —admite el antiguo inspector.
—¿Y las fotografías del grupo en la orilla del agua?
—pregunta Elena—. ¿Y la anotación del reverso?
La pausa al otro lado de la línea se prolonga de tal manera que Elena llega a dudar de si la llamada continúa activa.
—¿Qué fotografías has visto exactamente?
—pregunta al fin Martín. —Las que tomó la policía en la caseta de piedra —responde Elena, percibiendo que acaba de cruzar una línea firme en la conversación—.
Sé que usted estuvo allí y sé que conocía la presencia de Darío con las chicas.
¿Qué ocurrió en el pantano hace seis años, Martín?
—Esa no es una pregunta para responder por teléfono —sentencia el antiguo inspector con firmeza—.
Si realmente quieres hablar de esto, nos vemos en media hora en la cafetería del pasaje Central, cerca de la plaza mayor. Es un sitio tranquilo.
Antes de que el antiguo agente pueda dar por concluida la llamada, Elena interviene con una última pregunta.
—Martín. —Dime. —¿Natalia Fuentes estuvo en el pantano antes de desaparecer?
Martín tarda en responder, dejando escapar un suspiro sordo.
—Sí —confirma finalmente. —¿Y Darío también estaba allí con ella?
El silencio de Martín resulta esta vez definitivo antes de pronunciar una sola palabra: —También.
La comunicación se corta de manera drástica.
Elena baja el teléfono móvil y permanece inmóvil en mitad de la acera mientras los transeúntes caminan a su alrededor protegidos por sus paraguas.
Con las fotografías guardadas en la memoria de su dispositivo y la cita concertada en el centro de San Telmo, Elena asume que la muerte de su hermana no fue un hecho aislado, sino el desenlace trágico de una investigación que Martín dejó inconclusa años atrás y que ahora la obliga a verse cara a cara con el pasado.
El hombre que cerró el caso
El local elegido para el encuentro era una pequeña cafetería con fachada de madera desgastada situada en una calle secundaria del pasaje Central de San Telmo.
A esa hora de la tarde, el establecimiento apenas albergaba a dos clientes habituales repartidos en las mesas del fondo, envueltos en el murmullo bajo de la radio tras el mostrador y el aroma denso a café molido.
Elena llegó con quince minutos de antelación, escogiendo una mesa de rincón protegida de las miradas directas desde el ventanal exterior.
Sentada frente a la madera barnizada, con el abrigo todavía puesto y las manos entrelazadas sobre su bolso, Elena sentía el peso acumulado de dos días de vigilia, agravado por la muerte de Alba y la certeza creciente de que los secretos de su hermana la arrastraban hacia un terreno desconocido.
Dentro de su bolso custodiaba con celo la memoria USB y las copias impresas extraídas del archivo municipal.
Mientras observaba la entrada de cristal, atenta a cada silueta que cruzaba por el callejón, la puerta hizo sonar una campanilla metálica al abrirse.
Martín entró con paso pausado, quitándose la boina con un gesto sobrio.
Elena lo reconoció al instante por la antigua imagen de prensa que conservaba en el teléfono.
No se trataba de una figura imponente ni de un personaje sombrío, sino de un hombre maduro de mirada limpia y arrugas marcadas en torno a los ojos, cuya presencia transmitía la fatiga discreta de quien ha dedicado décadas a la función pública y lleva años intentando convivir con un expediente inconcluso.
Martín recorrió el espacio con la vista, identificó a Elena en la esquina y caminó hacia ella sin vacilación.
Al alcanzar la mesa, ambos se observaron durante unos segundos en silencio antes de romper la distancia.
—Martín —dijo ella, manteniendo la voz firme.
Él asintió levemente mientras tomaba asiento en la silla frente a Elena.
—Elena —respondió él con tono bajo. El inicio del diálogo resultó tenso y contenido, impregnado de una desconfianza mutua que tardó en disiparse.
El antiguo inspector la examinó con cierta preocupación contenida.
—¿Cómo estás encajando todo esto? —preguntó él.
—Mi hermana está muerta —contestó Elena con frialdad sincera, sin buscar la compasión de su interlocutor—.
Supongo que eso responde a la pregunta. Martín encajó el golpe sin mostrar molestia alguna, limitándose a inclinar la cabeza con respeto.
Un camarero se aproximó al cabo de unos instantes y el expolicía pidió un café solo, mientras Elena rechazaba cualquier consumición con una leve negativa de la mano.