La Chica del Pantano CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

—Las jóvenes hacen preguntas, inspector.

Es el rasgo primordial de su edad y la base de cualquier inquietud intelectual sana.

—¿Preguntas sobre el funcionamiento interno del club?

—insistió Martín. —Sobre literatura, sobre los autores que analizamos, sobre la vida cotidiana y sobre sus propias aspiraciones personales —aclaró Darío con fluidez—.

Nada fuera de lo corriente en un taller de escritura.

Mientras escuchaba las explicaciones, Martín examinó los detalles del espacio: las fotografías en blanco y negro de promociones anteriores expuestas en un panel de corcho, las vitrinas con ediciones históricas y una pequeña lámina enmarcada que reproducía una panorámica del pantano de la Sombra al atardecer.

No detectó ningún elemento fuera de lugar ni un solo indicio que justificara una sospecha formal.

—Inspector, ¿existe alguna razón para pensar que Natalia pueda estar en peligro?

—inquirió Darío con un matiz de seriedad educada.

—Todavía no lo sé —admitió Martín. —Espero sinceramente que no —añadió Darío, bajando levemente la mirada antes de añadir—: Porque sería una verdadera desgracia para todos en el municipio.

La respuesta de Darío resultaba impecable en la forma, pero Martín percibió una contención calculada en la inflexión de su voz; no era temor ni nerviosismo, sino la precisión absoluta de un hombre que sopesa el alcance exacto de cada término pronunciado.

—Si Natalia se ha marchado por su propia voluntad para iniciar otra etapa, quizá lo más prudente sea respetar su decisión y dejarla tranquila —sugirió Darío con tono comprensivo mientras acompañaba al inspector hacia la salida.

—Si confirmo que se ha marchado voluntariamente, no tendré ningún problema en archivar la nota —respondió Martín. —Entonces estamos plenamente de acuerdo —concluyó Darío con una sonrisa cordial antes de despedirse.

Una vez en la acera, Martín se detuvo a contemplar el escaparate iluminado de la librería bajo la luz gris de la tarde.

Carecía de pruebas materiales, de testimonios incriminatorios o de una hipótesis delictiva consistente, pero su instinto le advertía que la amabilidad sobria de Darío escondía un conocimiento mucho más profundo sobre el destino de la joven de lo que había estado dispuesto a admitir.

Al regresar a la comisaría, se reunió con Tomás en el despacho para poner en común las impresiones de la jornada.

—¿Tienes algo concreto contra él? —preguntó Tomás tras escuchar el relato.

—No —reconoció Martín, dejando la carpeta manila sobre la mesa.

—Entonces, ¿qué tenemos en el expediente?

—Nada —admitió el inspector. —Pues parece que hemos terminado el trámite —sonrió Tomás, dando por cerrado el asunto.

—Todavía no —replicó Martín, negándose a abandonar el rastreo simplemente por la ausencia de un atestado formal.

En los días posteriores, Martín intentó localizar de forma individual a las antiguas integrantes de los talleres para reconstruir la dinámica del grupo.

Las gestiones chocaron contra un muro de respuestas evasivas y desacuerdos insignificantes: Sofía ya no atendía a las llamadas de la línea fija, Claudia manifestó una tajante negativa a mantener cualquier entrevista con la policía, y Marta aseguró con frialdad que Natalia era una joven dramática que seguramente habría decidido cambiar de aires sin avisar a nadie.

Aunque los testimonios diferían en los detalles secundarios, Martín detectó un rasgo común en todos los contactos: una marcada resistencia a profundizar en las rutinas del Club de las Ofelias.

Al final de la semana, Martín desplegó sobre su mesa una fotografía de grupo obtenida del archivo municipal en la que figuraban las alumnas de una de las primeras promociones.

En la toma aparecía Natalia Fuentes sonriendo de forma contenida, acompañada por Darío en el margen posterior y por varias muchachas que habían dejado de figurar en la vida social de San Telmo.

El inspector tomó su libreta personal de notas y escribió con tinta negra en una hoja limpia: Natalia Fuentes — Club de las Ofelias — Pantano de la Sombra .

Tras dudar un instante, añadió una segunda anotación debajo: Comprobar antiguas integrantes .

Cerró el cuaderno de cuero con lentitud, sin llegar a imaginar en ese momento que acababa de inaugurar una vía de investigación que permanecería inconclusa y archivada en la penumbra durante los siguientes seis años.

Las páginas que faltan

Han pasado apenas unas horas desde la conversación telefónica con Martín, pero la resonancia de sus palabras continúa retumbando en la mente de Elena con una persistencia helada.

«Alba estaba siguiendo un camino que yo ya recorrí hace seis años» .

La frase se ha fijado en su pensamiento como una certeza incómoda mientras permanece sentada frente a la mesa de trabajo en la vivienda de su hermana.

Elena comprende que, antes de volver a ponerse en contacto con el antiguo inspector para exigir respuestas, necesita averiguar de forma autónoma qué indicios logró reunir la policía en aquella primera indagación y hasta dónde estuvo dispuesto a llegar el propio Martín antes de que la causa quedara sepultada por el paso del tiempo.

Con la pantalla de su ordenador portátil iluminando la penumbra del despacho, Elena inicia un rastreo minucioso sobre la filiación de Natalia Fuentes.

Las primeras consultas en la red la dirigen a un callejón sin salida de enlaces caídos, directorios actualizados que eliminaron los registros antiguos y portales locales donde la información sobre la joven parece haber sido borrada de forma metódica.

No obstante, al acceder al buscador de la hemeroteca digital de un diario de la provincia, Elena localiza finalmente una breve reseña de prensa publicada seis años atrás.

El texto, redactado con un tono burocrático y aséptico que elude cualquier tono sensacionalista, menciona que Natalia había dejado de frecuentar las sesiones del Club de las Ofelias sin que mediara una denuncia por desaparición forzada.

Una frase puntual al cierre de la noticia le provoca un ramalazo de inquietud: «La investigación policial no ha encontrado indicios que permitan determinar que la joven se encuentre en peligro» .

Al examinar los metadatos de la publicación, Elena descubre una referencia al número de expediente de las diligencias previas tramitadas en San Telmo bajo la supervisión directa del inspector Martín, aunque al intentar acceder al hipervínculo el sistema despliega una alerta de acceso restringido para usuarios no autorizados.

Duda durante unos instantes sobre la conveniencia de acudir directamente a la comisaría local para requerir el expediente, pero desecha la idea al comprender que la policía oficial se limitaría a repetir la versión oficial del accidente de Alba.

En su lugar, opta por seguir el rastro documental que su propia hermana dejó trazado en su correspondencia de trabajo; revisa el archivo de correo de Alba y localiza un intercambio de mensajes enviado tres semanas atrás a la dirección de un archivo histórico comarcal.

En la respuesta, el personal de recepción informaba a Alba de que los recortes de prensa, fotografías y actas públicas no custodiadas en la hemeroteca central habían sido derivados al fondo documental del Archivo Municipal de San Telmo.

Elena anota la dirección de la sede institucional y se desplaza en su automóvil hasta el edificio, una casona sobria de piedra situada en los márgenes del casco histórico.

Al cruzar el vestíbulo y aproximarse al mostrador de atención al público, una empleada de mediana edad alza la vista de sus ficheros y reconoce de inmediato sus facciones.

La mujer le expresa un pésame sincero pero contenido, comentando que conocía vagamente a Alba de las jornadas de consulta que su hermana realizaba allí para cotejar la ambientación de sus proyectos editoriales.

Elena le agradece el gesto con una inclinación de cabeza y explica que desearía revisar la carpeta de prensa e informes locales sobre el entorno del Club de las Ofelias y la marcha de Natalia Fuentes que su hermana había dejado reservada.

La archivista asiente con una mueca de leve extrañeza al escuchar el nombre de la joven desaparecida.

Comenta con tono natural que la historia de esa muchacha generó bastante expectación en el pueblo años atrás antes de caer en el olvido, y se adentra en el depósito contiguo.

Tras diez minutos de espera, la funcionaria reaparece cargando con una carpeta de cartulina gastada marcada con un código numérico.

Elena se sienta en una mesa lateral de la sala de lectura y comienza a desglosar el contenido: notas de prensa de la época, copias de avisos institucionales y transcripciones de declaraciones voluntarias recogidas durante las primeras comprobaciones de la comisaría.

Entre las hojas mecanografiadas, Elena descubre la copia de un testimonio prestado por una antigua integrante del taller literario.

En la primera declaración, la chica afirmaba que Natalia se mostraba profundamente preocupada por la dinámica de las reuniones fuera del municipio y por la actitud de algunas personas del grupo; sin embargo, en un segundo documento fechado apenas tres días después, la misma testigo corregía su versión de forma drástica, asegurando con frialdad que Natalia simplemente deseaba cambiar de vida y trasladarse a otra provincia.

La contradicción resulta tan evidente que Elena acude de nuevo al mostrador para preguntar si la carpeta contiene el atestado completo o si existen más folios de seguimiento.

La empleada examina la base de datos de su pantalla y frunce el ceño con ligera perplejidad.