La Chica del Pantano CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

La respuesta hace que Elena guarde silencio durante unos instantes, comprendiendo que el interlocutor no intenta amenazarla, sino prevenirla contra los riesgos de adentrarse en un terreno que él conoce de primera mano.

—¿Usted cree que lo de Alba fue un accidente, como dice la policía?

—preguntó Elena en voz baja. —No me corresponde a mí emitir un juicio sobre las actuaciones de la unidad actual —contestó Martín con evasiva cautela.

—Pero lo piensa. Sé que no se cree la versión oficial.

—Lo que pienso es que deberías tener mucho cuidado con lo que encuentres entre los papeles de tu hermana —advirtió el antiguo inspector.

—¿Por qué? —Porque Alba estaba siguiendo exactamente el mismo camino que yo ya recorrí hace seis años —concluyó Martín antes de indicar que debían dar por finalizada la llamada de momento.

Tras el corte de la comunicación, Elena permanece con el teléfono en la mano, fijando la vista en la pantalla apagada de su ordenador.

Las palabras de Martín confirman que la muerte de su hermana no constituye un evento fortuito e aislado, sino la reaparición de una trama previa que el inspector retirado no logró resolver en su momento.

Con determinación contenida, Elena abre una nueva carpeta en la unidad de almacenamiento de su equipo portátil y la rotula con la denominación « ALBA — INVESTIGACIÓN» .

En su interior traslada la totalidad de los archivos digitalizados, las notas de revisión del manuscrito, el registro de imágenes del pantano y los recortes de prensa sobre la desaparición de Natalia Fuentes.

A continuación, abre un procesador de textos e introduce una primera interrogante en la cabecera del documento: « ¿Qué descubrió Martín hace seis años?

» . Tras unos segundos de vacilación, añade una segunda línea debajo: « ¿Y por qué dejó de investigar?

» . Finalmente, tras un momento de reflexión sobre la figura de su hermana, redacta la tercera pregunta clave: « ¿Qué sabía Alba? .»

Elena cierra la pantalla abatible del ordenador portátil, se pone en pie y se acerca a la ventana del salón para observar la vía pública. En el exterior, la llovizna continúa cayendo sobre las aceras desiertas de San Telmo, sumiendo el municipio en un gris uniforme.

Sin embargo, la sensación de impotencia que la acompañaba desde la mañana del hallazgo ha dado paso a una fría certeza: la historia de Alba no ha concluido con la recogida de sus pertenencias, y la única forma de honrar su memoria es recorrer el trayecto que su hermana dejó inconcluso.

Seis años antes

El ambiente en la pequeña comisaría de San Telmo a mediados de semana resultaba rutinario y denso, marcado por el tecleo uniforme de las máquinas de escribir, el murmullo de las radiotransmisiones y el hedor a café recalentado en la sala de descansos.

El entonces inspector Martín repasaba un rimero de atestados menores sobre la mesa de madera de su despacho cuando su compañero Tomás se apoyó en el marco de la puerta abierta con una carpeta manila bajo el brazo.

Tras un breve intercambio sobre un requerimiento por daños en un comercio del centro, Tomás deslizó una hoja manuscrita sobre el escritorio y comentó que la tarde anterior una joven había acudido a la oficina preguntando de forma informal si la patrulla disponía de alguna novedad sobre la localización de una antigua compañera de estudios llamada Natalia Fuentes.

Martín alzó la vista del documento y anotó la filiación en la esquina superior de su libreta de campo. —¿Quién ha venido a pedir información? —inquirió Martín. —Una chica que solía coincidir con ella en los talleres de la biblioteca —explicó Tomás, cruzándose de brazos—.

No traía intención de formular denuncia. De hecho, admitió que Natalia es mayor de edad y que varios conocidos comentaban que simplemente había decidido mudarse a otra ciudad sin dar demasiadas explicaciones.

—Si es mayor de edad y no hay denuncia de la familia, formalmente no hay caso —observó Martín, repasando las líneas escritas.

—Ya lo sé —asintió Tomás—. Pero la chica parecía incómoda porque nadie en su entorno cercano sabe decir con exactitud a dónde se ha ido ni ha vuelto a contestar a los mensajes desde la semana pasada.

—Voy a hacer un par de llamadas antes de archivar la nota —decidió el inspector, reclinándose en la silla—. Conviene descartar que exista algún problema doméstico antes de dar el asunto por cerrado.

Para verificar la situación, Martín citó a última hora de la mañana en la comisaría a una de las jóvenes que continuaba asistiendo a los encuentros semanales del Club de las Ofelias.

La muchacha se sentó frente a él al otro lado del escritorio, cruzando las manos sobre el regazo con una rigidez nerviosa pero totalmente desprovista de alarma dramática.

Martín adoptó un tono coloquial para evitar la tensión de un interrogatorio formal, preguntándole cuándo había sido la última ocasión en que coincidió con Natalia en las actividades del grupo.

La joven respondió que la vio durante una de las sesiones ordinarias en la trastienda de la librería, asegurando no recordar si Natalia llegó a comentar algún proyecto inminente de viaje o traslado de residencia.

Martín observó la duda en la postura de la muchacha y la forma en que evitaba fijar la vista en su libreta.

—¿Ocurrió algún altercado durante esa reunión?

—preguntó Martín con voz firme y tranquila.

—No —negó ella de inmediato, moviendo la cabeza con rotundidad.

—Entonces, ¿por qué parece que estás pensando demasiado cada respuesta?

—insistió el inspector, apoyando los antebrazos sobre la mesa.

La joven guardó un largo silencio, desviando los ojos hacia la puerta del despacho antes de admitir en voz baja que Natalia se había mostrado progresivamente incómoda durante los últimos encuentros.

—¿Incómoda por qué motivo? —inquirió Martín.

—Había empezado a hacer preguntas —murmuró ella.

—¿Preguntas sobre qué asunto? —Sobre cosas que no le correspondían —respondió la muchacha, ajustándose el abrigo.

—¿Quién le dijo que no le correspondían?

—inquirió Martín. —Darío —contestó la joven con un matiz involuntario de respeto.

El inspector anotó la referencia en su cuaderno por primera vez dentro de las diligencias informales.

La muchacha explicó de forma espontánea que Darío gestionaba la librería, coordinaba las lecturas del club y aconsejaba con paciencia a las integrantes que buscaban una orientación en sus proyectos individuales.

—¿Y qué clase de cosas preguntaba Natalia para causar esa molestia? —continuó Martín. —Preguntaba sobre las chicas que habían dejado de venir a los talleres en los últimos meses —explicó la joven tras vacilar unos segundos.

—¿Cuántas chicas? —No lo sé con certeza.

Quizá tres o cuatro. —¿Y alguna de esas familias presentó alguna reclamación o denuncia por desaparición?

—preguntó el inspector. —No, que yo sepa —aseguró la joven—.

Simplemente dejaron de acudir a las reuniones.

—¿Y a vosotras no os parecía un detalle extraño?

—indagó Martín. —En el club todo el mundo tiene una vida fuera —respondió la muchacha con serenidad reflexiva.

Esa frase quedó grabada en la memoria del inspector mientras la joven abandonaba la comisaría. De vuelta a su despacho, Martín cotejó los registros informáticos de la plantilla policial, las bases de datos de la comandancia y los boletines de incidencias territoriales de los últimos dos años.

La verificación dio un resultado tajantemente negativo: no existía un solo atestado por desaparición involuntaria, no constaban denuncias por extravío de personas ni figuraba delito alguno registrado en torno a la actividad comercial de la librería.

Sin embargo, al cruzar las identidades mencionadas de forma indirecta por la testigo, Martín advirtió la reiteración de un patrón sutil: diversas jóvenes se matriculaban en los cursos, participaban activamente durante una temporada y, tras romper el contacto con el colectivo, algunas abandonaban el municipio para trasladarse a otros puntos de la comarca sin dejar rastro en los ficheros locales.

Ante la falta de indicios delictivos pero impulsado por una prudencia profesional metódica, Martín decidió acudir esa misma tarde a la librería del casco antiguo para entablar un diálogo directo con Darío.

El establecimiento conservaba un ambiente cálido y silencioso, impregnado del olor a papel antiguo y madera barnizada.

Darío recibió al inspector con una amabilidad impecable, mostrándose culto, sereno y dispuesto a colaborar desde el primer momento, llegando a ofrecerle un café mientras despachaba a un cliente habitual en el mostrador principal.

Martín expuso que su visita respondía a una comprobación rutinaria destinada a localizar el paradero actual de Natalia Fuentes.

—Sí, por supuesto —asintió Darío con tono pausado, apoyando las manos sobre el mostrador—.

Hace ya algunas semanas que no la veo por el establecimiento.

Era una muchacha sumamente inteligente y con una sensibilidad literaria muy prometedora.

—¿Tuvo algún desacuerdo o problema con alguien del entorno de los talleres antes de dejar de venir?

—preguntó Martín, recorriendo con la mirada las estanterías de la trastienda.

—No que yo tenga constancia —aseguró Darío con una leve inclinación de cabeza—.

El ambiente en las sesiones es siempre respetuoso y colaborativo.

—Algunas asistentes comentan que Natalia había comenzado a formular bastantes preguntas en las últimas reuniones —comentó Martín, observando la reacción del librero.

Darío sonrió ligeramente con una condescendencia pedagógica desprovista de acritud.