La Chica del Pantano CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Las preguntas que quedaron atrás

El nombre en el expediente

Han transcurrido aproximadamente dos días desde que el cuerpo de Alba apareció flotando en la orilla del epantano de la Sombra, y la quietud que domina el interior de su vivienda se ha vuelto densa, casi insoportable.

Elena apenas ha pegado ojo desde entonces; la falta de sueño le pesa en los párpados, pero una inquietud febril le impide descansar.

Los objetos cotidianos de su hermana continúan ocupando sus lugares habituales en las estanterías y la mesa de trabajo, manteniendo una pátina de cotidiana normalidad que contrasta de forma dolorosa con la realidad del fallecimiento.

Con el paso de las horas, la hipótesis oficial del accidente fortuito debido a un resbalón bajo la lluvia ha comenzado a desmoronarse en la mente de Elena.

No dispone de pruebas categóricas que demuestren que Alba fue víctima de un crimen, pero la acumulación de detalles inconexos y la secuencia de avisos anónimos que ha recibido la empujan a rechazar la comodidad del archivo definitivo.

Sentada frente al escritorio de la estancia pequeña, Elena inicia la mañana conectando la memoria USB en su propio ordenador portátil, extremando las precauciones para no alterar las fechas de modificación de los archivos originales ni interactuar con el equipo de su hermana, cuyo sistema teme que siga bajo la supervisión de la conexión remota detectada la tarde previa.

Abre con lentitud el directorio que contiene las notas de revisión del borrador, repasa las tomas fotográficas del arbolado y el entorno del Club de las Ofelias, y finalmente sitúa el cursor sobre el documento rotulado con el apellido « MARTÍN» .

El archivo se muestra fragmentario y desestructurado; consta de referencias bibliográficas, marcas temporales de hace seis años y anotaciones que mencionan de forma insistente la filiación de Natalia Fuentes junto a la indicación manuscrita «Investigación archivada» .

Sin perder tiempo, Elena despliega el navegador de su ordenador e inicia una búsqueda cautelosa en internet, utilizando combinaciones de palabras clave dirigidas a la prensa comarcal de la época.

Los resultados iniciales son dispersos y poco esclarecedores, limitándose a breves notas de página sobre la dinámica social de San Telmo y referencias generales a las actividades culturales de la zona.

Tras depurar los filtros de búsqueda, Elena localiza el archivo digital de una cabecera regional que conserva un artículo de portada fechado años atrás.

El titular huye del sensacionalismo habitual para adoptar una formulación sobria y administrativa: La desaparición de Natalia Fuentes queda sin nuevas líneas de investigación .

Al avanzar en la lectura del texto impreso, Elena descubre que la joven había dejado de ser vista en los círculos habituales del municipio sin que se formalizara una denuncia por parte de sus familiares directos, lo que condicionó desde el primer momento el alcance de las actuaciones policiales.

El reportaje menciona de pasada que Natalia frecuentaba con asiduidad los talleres literarios organizados por el Club de las Ofelias en la librería de Darío antes de romper de forma drástica todo vínculo con la localidad.

La reiteración de las mismas identidades y escenarios confirma a Elena que la indagación iniciada por Alba no respondía a una intuición reciente, sino a la búsqueda metódica de un patrón que comenzó a gestarse mucho antes de su muerte.

Un párrafo posterior del artículo alude a la intervención inicial de la unidad de la comisaría local, citando explícitamente al entonces inspector Martín como el funcionario encargado de coordinar la recogida de testimonios en el entorno institucional del club.

Elena rastrea esa línea en otras publicaciones de la misma época y constata la existencia de un esquema repetitivo: Martín había tomado declaración a diversas alumnas, examinado los libros de registro y verificado las rutinas del arbolado junto al pantano, pero las actuaciones terminaron clausurándose por falta de indicios de criminalidad.

De vuelta a los archivos almacenados en la memoria externa, Elena lee con atención una anotación marginal que Alba dejó redactada en el documento: «Martín llegó hasta aquí.

Después, nada» . Y un par de líneas más abajo, trazada con una interrogación remarcada: «¿Por qué dejó de investigar? » .

La formulación de esa pregunta se convierte de inmediato en el núcleo de las dudas de Elena.

Decidida a averiguar el paradero actual del antiguo inspector, contrasta fuentes de información pública hasta confirmar que Martín abandonó el cuerpo policial tiempo atrás para fijar su residencia en la comarca de forma discreta, sin mantener vínculos profesionales con la actividad detectivesca ni figurar en registros de peritaje privado.

Tras cotejar un directorio digital antiguo, Elena consigue anotar un número de teléfono fijo y una línea móvil que podrían continuar operativos.

Antes de marcar la numeración, Elena busca en la agenda el contacto de Lucía, una antigua compañera de la editorial que compartía proyectos con Alba, con la intención de validar la información de la que dispone antes de dar un paso en falso.

Lucía atiende la llamada con voz apesadumbrada tras la conmoción de los días recientes.

—Elena, qué alegría escucharte, aunque las circunstancias sean terribles —comenta Lucía tras un breve intercambio de condolencias—.

¿Cómo estás encajando todo esto? —Apenas duermo, Lucía —admite Elena, apoyando el codo sobre el escritorio—.

He estado revisando algunos borradores y notas que Alba dejó guardados.

Necesitaba preguntarte algo directamente.

—Dime. Si puedo ayudarte en algo, lo haré.

—¿Notaste si Alba estaba investigando algo ajeno a sus lecturas habituales en las últimas semanas?

¿Te comentó algo sobre un antiguo caso de la zona?

Lucía vacila unos instantes al otro lado de la línea antes de responder con tono preocupado

—Estaba muy distante, Elena. Absorbida por completo por un texto que le había llegado.

Le pregunté si necesitaba ayuda con las fechas de entrega, pero me dijo que no me preocupara, que eran solo preguntas que necesitaba cerrar.

—¿Preguntas sobre qué? —inquirió Elena. —Demasiadas preguntas para alguien que ya no puede contestarlas —respondió Lucía con un murmullo triste—.

Recuerdo que una tarde, tomando un café cerca de la oficina, me habló de un policía retirado.

Me dijo exactamente: «Si quiero entender lo que pasó con Natalia, tengo que encontrar a Martín» .

No le di importancia en su momento, pensé que era documentación para un prólogo.

—No era para ningún prólogo —afirma Elena en voz baja antes de despedirse de su interlocutora.

Con la confirmación de que la figura de Martín resultaba determinante para la reconstrucción de los hechos, Elena marca el número móvil del antiguo agente en el teclado de su teléfono.

La señal de llamada suena durante cuatro tonos prolongados antes de ser derivada de forma automática al buzón de voz.

Elena no deja ningún mensaje grabado y cuelga la comunicación de inmediato, decepcionada por la interrupción.

Sin embargo, apenas transcurridos tres minutos, su teléfono móvil comienza a vibrar con una llamada entrante procedente de un número no memorizado.

Elena responde al segundo tono con el pulso agitado.

—¿Elena? —pregunta una voz masculina grave, pausada y distante desde el otro lado. —Sí, soy yo —responde ella, manteniendo la firmeza—. ¿Quién habla? —Martín —dijo la voz sin rodeos, tomándose un segundo de silencio.

Elena experimenta un vuelco en el estómago al constatar que el antiguo inspector acaba de devolver la llamada identificándola por su nombre de pila sin necesidad de presentación previa.

—¿Cómo ha conseguido mi número de teléfono?

—pregunta Elena, ajustando el auricular contra su oreja.

—Estaba anotado entre los datos de contacto que Alba dejó en una consulta reciente —explica Martín con prudencia—.

Su hermana intentó ponerse en contacto conmigo la semana pasada.

—¿Conocía usted a Alba? —No personalmente —responde Martín tras una breve pausa reflexiva.

—Entonces, ¿por qué conservaba su referencia?

—Porque Alba estaba haciendo preguntas —afirma el antiguo policía con tono medido.

—¿Preguntas sobre Natalia Fuentes y lo que ocurrió hace seis años?

—insiste Elena. El silencio se prolonga de nuevo en la línea durante varios segundos antes de que Martín vuelva a hablar. —Sí. Sobre Natalia.

—¿Qué relación tenía esa chica con la librería y el Club de las Ofelias? —pregunta Elena, buscando una respuesta directa. — Esta no es una conversación para mantener por teléfono, Elena —respondió Martín con severidad tranquila—.

Hay aspectos de ese expediente que no se pueden resumir en una llamada. —Mi hermana ha aparecido muerta en el pantano —replicó Elena, elevando levemente la voz—. Y usted sabe perfectamente lo que Alba estaba buscando allí.

—Sé algunas cosas —admitió Martín, conservando una calma profesional que denotaba años de experiencia en interrogatorios—.

Pero también sé por experiencia que sacar conclusiones precipitadas cuando la emoción está a flor de piel resulta extremadamente peligroso.

—¿Peligroso para quién? —desafió Elena. —Para quien hace las preguntas —contestó Martín con una gravedad neutra, desprovista de cualquier matiz intimidatorio pero cargada de una advertencia implícita.