CAPÍTULO 8 #3
Reconoció de inmediato la alineación de las rocas, el fito de delimitación y la pendiente que descendía hacia la ensenada.
La contemplación de ese punto geográfico actuó como un resorte silencioso.
Tras dudar durante casi un minuto con la mano sobre el ratón, conectó un disco duro externo de seguridad que guardaba en el cajón inferior del escritorio, protegido por clave numérica.
Navegó por la estructura de carpetas antiguas hasta localizar un archivo de archivo fechado seis años atrás.
No necesitó desplegar todo el contenido del expediente para sentir la densidad de aquella época.
La carpeta pertenecía a una indagación administrativa y policial que él mismo había coordinado sobre el entorno social de San Telmo tras la interrupción repentina de la actividad de varias jóvenes en la comarca.
Entre las fichas digitalizadas, las declaraciones tomadas en comisaría y las fotocopias de registros locales, volvió a surgir una identidad que jamás se le había borrado del todo: Natalia Fuentes.
Martín contempló la fotografía en blanco y negro de la joven, recordando perfectamente el estancamiento de aquella línea de trabajo.
No se trataba de un crimen resuelto ni de un expediente con culpables señalados; el caso se había cerrado entonces por estricta insuficiencia de pruebas materiales, obligándolo a acatar las resoluciones superiores y el archivo formal de las actuaciones.
Recordó las reuniones tirantes en los despachos oficiales de la época, las llamadas discretas procedentes de estamentos con peso en la vida cultural de la zona y las recomendaciones paulatinas de no extender las averiguaciones más allá de lo estrictamente documentado.
Se habían argumentado trámites administrativos insuficientes, falta de denuncias formales por parte de los familiares y una evidente ausencia de indicios delictivos, lo que abocó el expediente al olvido en los estantes del archivo general.
Martín cerró los ojos un instante, recordando la frustración contenida de aquellos meses en los que su instinto chocó contra una pared de cortesía institucional e impecable reputación pública.
Volvió a la pantalla del ordenador y buscó ampliaciones sobre la identidad de la víctima del pantano.
Una breve nota de actualización en un suplemento regional aportaba un dato adicional: Alba ejercía como correctora de textos y colaboraba habitualmente con sellos editoriales de la provincia.
El oficio de la joven hizo que Martín entornara los ojos.
Sin conocer en absoluto los proyectos en los que Alba trabajaba ni la naturaleza de sus lecturas recientes, la coincidencia de una profesional del mundo del libro perdiendo la vida en el mismo entorno natural donde años atrás se proyectaron las sombras del Club de las Ofelias le pareció un trazo demasiado singular para ser ignorado.
El teléfono móvil volvió a sonar sobre la mesa, interrumpiendo su hilo de pensamiento.
Era Tomás de nuevo. —Oye, Martín, no quería molestarte otra vez —dijo el agente con tono distendido—, pero como sé que vives cerca de la salida hacia la variante, me preguntaba si tenías pensado acercarte un momento al pantano a echar un vistazo por curiosidad.
—No, Tomás. No voy a ir —respondió Martín con rotundidad tranquila—.
Ya no me corresponde estar en los escenarios de los hechos ni entrometerme en el trabajo de la unidad.
—Ya, te entiendo —admitió Tomás, guardando silencio durante unos segundos antes de añadir—: Solo quería saber qué piensas de todo esto.
De verdad. Tu opinión siempre ha contado.
Martín observó fijamente la fotografía de la caseta de piedra en la pantalla iluminada, midiendo el alcance de sus palabras para no transmitir una sospecha infundada pero negándose a mentir a su antiguo compañero.
—Pienso que deberían mirar muy bien todo el terreno antes de dar por cerrada la diligencia como un simple accidente —dijo Martín en voz baja.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Tomás, extrañado por la gravedad de la respuesta.
—Porque conozco ese lugar, Tomás. —Sé lo que hay allí y sé cómo funciona esa orilla —contestó Martín antes de despedirse con cortesía y finalizar la llamada.
Martín apago la pantalla del ordenador portátil, desconectó el disco duro externo y guardó el dispositivo de almacenamiento en la caja fuerte de su escritorio.
Se puso en pie, caminó hacia el ventanal del salón y contempló el patio trasero de su casa mientras las primeras gotas de una nueva descarga de lluvia golpeaban rítmicamente contra el cristal.
Durante los últimos seis años se había esforzado metódicamente por construir una rutina al margen de las investigaciones, convencido de haber dejado atrás los dilemas sin resolver de su etapa en la policía.
Sin embargo, la muerte de Alba y la reaparición del pantano de la Sombra en la actualidad local acababan de agrietar esa arquitectura de silencio.
Sin tomar todavía la decisión de actuar ni de iniciar ninguna indagación por su cuenta, Martín tomó la carpeta de papel manila con el expediente antiguo, la sopesó durante unos segundos entre sus manos con incertidumbre y terminó volviéndola a dejar sobre la mesa de trabajo, asumiendo con fría lucidez que había puertas que nunca terminaban de cerrarse del todo.