La Chica del Pantano CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

En la mente de Elena germinó entonces la interrogante determinante que marcaría los días posteriores: ¿qué urgencia de última hora o qué descubrimiento inaplazable había llevado a Alba a romper su palabra y volver a adentrarse a oscuras en aquel lugar?

El policía le indicó que la investigación formal determinaría las circunstancias exactas tras los análisis correspondientes, reiterando que por el momento todo apuntaba a una desgraciada fatalidad.

Elena no rebatió la postura oficial; caminó despacio de regreso hacia su vehículo y se apoyó contra el lateral del capó, mirando fijamente la superficie plomiza del agua mientras el trasiego de los efectivos comenzaba a recoger el material sobre la explanada.

Un agente se aproximó hasta su posición portando una bolsa transparente que contenía los enseres personales que no requerían preservación para la diligencia judicial básica.

Entre los objetos figuraban un juego de llaves, un pañuelo de seda y la libreta de pasta dura que Alba utilizaba para sus correcciones editoriales.

El policía le entregó la bolsa con gesto respetuoso, sugiriéndole que, cuando se sintiera con fuerzas, entregase el cuaderno en la comisaría por si las anotaciones recientes podían ayudar a la unidad a reconstruir el itinerario de sus últimas horas antes del accidente.

Elena asintió en silencio, tomó la bolsa entre sus manos y observó cómo el agente se alejaba hacia los patrulleros.

Elena extrajo la libreta del plástico. El volumen de pasta dura, algo húmedo en los bordes, pero protegido por el compartimento interno del bolso, conservaba el tacto familiar de las jornadas de trabajo de su hermana.

Elena recordó que Alba jamás salía de casa sin ese cuaderno, utilizándolo como un depósito metódico de sus ideas y lecturas.

Con la mano temblándole sobre el papel, abrió el cuaderno por las páginas finales.

Entre los trazos limpios de la caligrafía de Alba, resaltaban varias palabras escritas con trazo urgente al final de la hoja: Natalia , Club de las Ofelias , Pantano de la Sombra .

Inmediatamente debajo, figuraba una última línea incompleta, donde la tinta de la estilográfica se interrumpía abruptamente tras un trazo irregular: «Darío sabe... » .

Elena alzó lentamente la mirada desde el papel hacia la inmensidad oscura del pantano.

La bruma matutina continuaba flotando sobre la superficie del agua, envolviendo la caseta de piedra y la silueta lejana de los pinos en una atmósfera impenetrable.

Sin comprender todavía el alcance ni el significado exacto de aquellas palabras escritas en la penumbra, Elena apretó la libreta contra su pecho con una firmeza desesperada, consciente de que la muerte de su hermana no era el punto final de una historia, sino el inicio de una trama silenciada que Alba había intentado desentrañar hasta su último aliento.

El hombre que ya estuvo allí

El eco del hallazgo en el pantano de la Sombra no tardó en traspasar los márgenes de la orilla para propagarse en un susurro sobrio por la red de llamadas y avisos de la comarca.

A media mañana, mientras la llovizna persistente volvía a empapar los tejados de la zona, Martín se encontraba en el despacho de su vivienda habitual, dedicada ahora a labores administrativas y de consultoría documental completamente ajenas a la actividad policial.

No había en su rutina rastros de ostentación ni la gestualidad atormentada del investigador retirado que persigue fantasmas del pasado; era simplemente un hombre de mediana edad que había tomado la decisión deliberada de cerrar una etapa exigente, adaptándose a una existencia metódica, silenciosa y distante de la presión institucional.

El teléfono móvil, colocado junto a una taza de té humeante, comenzó a vibrar con el identificador de una llamada entrante.

Al ver en la pantalla el nombre de Tomás, un antiguo compañero de la unidad con el que mantenía un trato cordial y esporádico, Martín respondió al segundo tono con tranquilidad.

—Dime, Tomás —saludó Martín, reclinándose levemente sobre el respaldo de cuero de su sillón.

—Martín, no sé si te has enterado ya —dijo Tomás, cuya voz traía el ruido sordo de una emisora y el ajetreo propio de las dependencias policiales en un día complicado—.

Han sacado a una chica muerta del pantano de la Sombra hace un par de horas.

Martín permaneció imperturbable, sosteniendo el auricular con mano firme.

—¿De quién se trata? —preguntó por pura inercia profesional.

—Alba se llamaba. Alba —respondió Tomás, hojeando lo que sonaba como un atestado preliminar sobre la mesa—.

A mí el nombre no me decía gran cosa de entrada.

Una mujer joven. Treinta y pocos años. —¿Y qué hacía allí a primera hora?

—inquirió Martín, dirigiendo la mirada hacia el ventanal empañado por la lluvia.

—Aparentemente, nada anómalo. La hipótesis principal es que resbaló desde el camino alto durante la tormenta de anoche.

El terreno estaba de pena, lleno de barro y piedra suelta.

Todo apunta a un accidente por falta de visibilidad.

Martín no reaccionó de inmediato. El nombre de Alba no le sugería ningún rostro ni antecedente familiar en San Telmo, pero la localización geográfica exacta del suceso provocó un leve cambio en la tensión de sus hombros.

—¿En qué zona concreta del pantano ha aparecido?

—preguntó Martín, afinando el tono con una precisión instintiva.

—En la margen oriental, bastante cerca de la antigua caseta de contadores —detalló Tomás al otro lado del hilo telefónico—.

Dónde están los cañaverales altos antes de la curva del pinar.

Martín apretó ligeramente los labios. Un recuerdo borroso pero nítido en sus coordenadas topográficas cruzó su mente, aunque se abstuvo de exteriorizarlo.

—¿Se han detectado indicios de violencia en el examen preliminar?

—Nada evidente —aseguró el agente—. El facultativo dice que el cuerpo presenta los traumatismos propios de una caída rodando por la pendiente de grava.

En principio, la judicial lo está procesando como una diligencia rutinaria por fallecimiento fortuito.

Imagino que en cuarenta y ocho horas estará archivado.

—Espero que así sea, Tomás. Por el bien de la familia y por la tranquilidad de todos —comentó Martín con tono neutro.

Al otro lado de la línea se hizo una pequeña pausa, seguida por una risa breve y pausada de Tomás. —No te notas muy convencido, Martín. Sigues siendo el mismo de siempre.

Recuerdo cuando estábamos en la comisaría central; tenías esa manía de buscarle tres pies a un gato cuando las explicaciones más sencillas estaban delante de nuestras narices.

Nunca te gustaron las caídas accidentales en noches de lluvia.

—Ya no trabajo en esto, Tomás —respondió Martín de inmediato, marcando una distancia categórica con un matiz de ironía serena—.

Esas lecturas minuciosas le corresponden a la plantilla actual.

—Pero sigues pensando exactamente como si llevaras la placa en la cartera —replicó su antiguo compañero con familiaridad.

—Eso es precisamente lo que intento evitar cada mañana —sonrió Martín antes de dar por concluida la conversación con un compromiso de saludarse pronto.

Tras cortar la llamada, el silencio de la estancia volvió a imponerse.

Martín permaneció inmóvil unos instantes frente a la mesa de madera.

Encendió el ordenador portátil y abrió el portal de noticias comarcales, donde la nota de prensa de última hora encabezaba la sección local: Hallado el cuerpo sin vida de una joven en el pantano de la Sombra .

El texto era breve y aséptico, confirmando que las primeras valoraciones oficiales orientaban el caso hacia una trágica imprudencia favorecida por el mal tiempo.

Junto al titular, una fotografía panorámica mostraba la explanada de acceso acordonada por la policía local, con la masa de agua oscura al fondo y la silueta gris de la caseta de piedra recortada entre los pinos.

Martín amplió la imagen digitalizada y fijó los ojos en la esquina superior de la toma, donde la maleza ocultaba el arranque del antiguo sendero de servicio.