La Chica del Pantano CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

El agua no olvida

El descubrimiento

El amanecer sobre el pantano de la Sombra trajo consigo una luz plomiza y helada que apenas lograba disipar la bruma acumulada durante la noche.

Tras varias horas de lluvia torrencial, el paisaje se encontraba sumido en un silencio denso, interrumpido únicamente por el goteo ininterrumpido del arbolado y el murmullo ciego del agua al chocar contra los juncos de la orilla.

El camino de acceso, convertido en un lodazal oscuro por la correntía de la montaña, conservaba los surcos profundos de la tormenta.

Cerca del borde oriental de la cuenca, un hombre de la localidad, que había acudido a primera hora para comprobar el estado de una pequeña caseta de contadores de riego tras la riada, avanzaba despacio entre la maleza empapada, con las botas de goma hundiéndose en el barro a cada paso.

Al bordear un tramo de matorral bajo donde el cauce formaba una pequeña ensenada, el hombre detuvo el paso al adivinar una silueta extraña entre los cañaverales.

Al principio supuso que la crecida de la noche habría arrastrado restos de vegetación o alguna prenda de vestir abandonada por los visitantes del fin de semana.

Sin embargo, al dar unos pasos más y apartar unas ramas bajas, la rigidez del volumen y el contraste de la tela oscura con la vegetación acuática lo paralizaron por completo.

«El cuerpo de una mujer joven yacía boca abajo en la orilla», parcialmente sumergido en la lámina de agua estancada.

Guardó unos segundos de silencio absoluto, incapaz de asimilar la escena mientras el aire frío le quemaba la garganta, antes de dar varios pasos hacia atrás sobre la grava mojada y sacar el teléfono móvil con manos temblorosas para marcar el número de emergencias.

Apenas media hora después, la serenidad del pantano quedó alterada por el destello sordo de los rotativos y el rumor de los motores al aproximarse por la pista forestal.

Dos patrulleros de la policía local fueron los primeros en estacionar en la explanada de tierra, seguidos al poco tiempo por la ambulancia del servicio de urgencias.

Los agentes permanecieron en silencio junto al cuerpo de Alba, tendido boca abajo en la orilla del pantano.

A pocos metros, oculto entre la vegetación, el coche siniestrado presentaba el frontal completamente destrozado.

Uno de los agentes dirigió la linterna hacia el vehículo y después volvió a mirar el cuerpo.

—¿Cómo salió del coche? —preguntó. —Eso tendremos que averiguarlo —respondió su compañero.

No había nadie dentro del vehículo. El cinturón estaba suelto y la puerta del conductor permanecía abierta. Entre el coche y la orilla aparecían algunas huellas, aunque la lluvia había borrado buena parte de ellas.

Todo indicaba que Alba había sobrevivido al accidente y había conseguido salir del vehículo. Pero nadie podía explicar todavía cómo había terminado muerta en el pantano.

Los agentes acordonaron el perímetro con cinta plástica entre los troncos de los pinos mientras el médico del equipo asistencial descendía hacia la orilla con el maletín en la mano.

Tras una comprobación ocular rápida y la verificación de ausencia de pulso, el facultativo confirmó formalmente el fallecimiento, dejando intacta la escena a la espera de la llegada de la comisión judicial.

La joven llevaba muerta varias horas, pero su identidad continuaba siendo un enigma para los efectivos desplegados sobre el terreno.

Uno de los policías se agachó con prudencia junto a las matas de helecho situadas a dos metros de la masa de agua, donde la riada había depositado un bolso de mano de piel oscura.

Tras colocarse los guantes de nitrilo, examinó la cartera en busca de documentación personal.

Extrajo una tarjeta de identificación y leyó el nombre en voz alta para que su compañero lo anotara en la libreta de incidencias: Alba.

El vocablo resonó en la penumbra del bosque con una gravedad singular, deteniendo por un instante el ajetreo de las radiotransmisiones.

El segundo agente arrugó el entrecejo al escuchar la filiación y confirmó que la muchacha residía en San Telmo, recordando haberla visto en la biblioteca local y sabiendo que trabajaba de forma autónoma como correctora de textos para varias editoriales de la comarca.

La escena no adoptó la dinámica de una inspección por delito violento, sino la de una intervención asistencial ante un suceso trágico de carácter fortuito.

Las características de la orilla favorecían de forma natural la hipótesis de un resbalón desafortunado: la pendiente pronunciada que descendía desde la senda superior presentaba considerables desprendimientos de tierra, la piedra marginal estaba cubierta por una capa viscosa de musgo húmedo y las precipitaciones de la noche anterior habrían convertido cualquier paso en una trampa helada.

Uno de los policías señaló con el dedo la inclinación del terreno y comentó que la víctima parecía haber perdido el equilibrio en el piso superior para deslizarse involuntariamente hacia el cauce.

Su compañero asintió con cautela, añadiendo que habría que esperar al informe definitivo del médico forense antes de aventurar conclusiones categóricas.

A pesar de la aparente simplicidad del accidente, pequeñas anomalías quedaban esparcidas por el entorno sin que nadie les otorgara una relevancia criminal inmediata.

El bolso de la joven reposaba a una distancia inusualmente separada de la posición del cuerpo, atascado entre dos raíces gruesas como si hubiera rodado de forma independiente durante la caída.

Unos metros más allá, semienterrado en el lodo, otro agente localizó el teléfono móvil de Alba; la pantalla aparecía fisurada por la presión de las piedras y el circuito interno se hallaba inutilizado por la filtración de agua de lluvia.

Los agentes recogieron los objetos con método, considerándolos meras pertenencias afectadas por el impacto de la ladera y el temporal.

En la vivienda de San Telmo, el teléfono de Elena sonó cuando apenas comenzaba a recoger la cocina para dirigirse a su puesto de trabajo.

Respondió al tono tras identificar un número oficial no memorizado.

La voz al otro lado de la línea, profesional y distante, le preguntó con sobria cortesía si era familiar directo de Alba.

Elena confirmó el parentesco con una sequedad instintiva, sintiendo cómo se le oprimía el pecho antes de que el interlocutor le comunicara que se había producido un hallazgo en las inmediaciones del municipio y que era necesaria su presencia para una verificación formal.

Elena se quedó paralizada en el centro del pasillo, incapaz de articular palabra mientras el auricular transmitía el rumor de fondo de una emisora policial.

—¿Dónde está? —alcanzó a preguntar Elena, con la voz reducida a un hilo imperceptible.

Al escuchar la respuesta del agente confirmando que los efectivos se encontraban desplegados en la margen oriental del pantano de la Sombra, un frío brusco le recorrió las extremidades.

La mención del lugar desencadenó de inmediato el recuerdo de la conversación mantenida la tarde anterior, el tono evasivo de su hermana y la promesa categórica que Alba le había formulado antes de despedirse: «No tengo intención de ir al pantano» .

Un llanto sordo y contenido se le quebró en la garganta, pero apretó los dientes con desesperación, se calzó el abrigo sobre la ropa de casa y salió hacia su coche impulsada por la necesidad imperiosa de negar la realidad de los hechos.

Cuando el vehículo de Elena frenó bruscamente sobre la grava de la explanada del pantano, el despliegue de los servicios de urgencia cubría ya gran parte del acceso.

Elena descendió del automóvil con paso vacilante y caminó directamente hacia la cinta de balizamiento.

Un agente de la policía local le cortó el paso de inmediato, sujetándola suavemente por el brazo para impedirle avanzar hacia el tramo de vegetación custodiado.

Elena no intentó forzar la barrera física; se limitó a fijar sus ojos desencajados en el espacio comprendido entre los pinos y formuló la pregunta que devastaba su mente: «¿Es mi hermana?

». El policía no respondió con rapidez; bajó la mirada unos instantes, exhaló un suspiro pesado y asintió en silencio con la cabeza.

Elena permaneció inmóvil al borde de la cinta plástica, observando la escena desde la distancia permitida.

Evitó fijar la vista en la figura cubierta que los asistentes sanitarios preparaban para el traslado y concentró su atención en los detalles cotidianos que reconoció al instante: la bufanda de lana cruzada sobre la maleza, el bolso de piel que Alba utilizaba a diario para transportar sus borradores y la textura conocida de su abrigo oscuro empapado de barro.

Reconocer aquellos objetos familiares fuera de su contexto habitual le infligió un dolor mucho más desgarrador que cualquier descripción explícita del siniestro.

Se cubrió el rostro con las manos mientras los sollozos le sacudían los hombros en medio del silencio helado del bosque.

Cuando logró recuperar un mínimo control sobre su respiración, Elena se dirigió al agente que custodiaba el perímetro y le preguntó qué había sucedido exactamente en la orilla.

El policía respondió con el tono prudente de quien transmite una evaluación preliminar, explicando que las condiciones climáticas de la noche, la visibilidad nula y el estado resbaladizo del terreno indicaban que Alba había sufrido un trágico resbalón desde el sendero superior mientras caminaba sola por la zona.

Elena escuchó la explicación con la cabeza gacha, sintiendo cómo las piezas de las últimas horas colisionaban de forma dolorosa en su memoria: la llamada telefónica, el temor admitido por su hermana en un murmullo y la promesa incumplida de no regresar al pantano.