La Chica del Pantano CAPÍTULO 7 #6
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CAPÍTULO 7 #6

Darío se limitó a observarla en absoluto silencio durante unos segundos interminables.

No confirmó la afirmación ni la desmintió; su rostro permaneció completamente inexpresivo, y esa ausencia de respuesta resultó infinitamente más perturbadora que cualquier negativa tajante.

Alba deslizó la fotografía y el plástico en el bolsillo interior de su abrigo, bajo la mirada atenta pero inmóvil del librero.

—No sabes en qué terreno te estás introduciendo —comentó Darío con una gravedad pausada—.

Estás malinterpretando la naturaleza de nuestro trabajo en la librería.

—Entonces explícamelo —desafió Alba en voz baja—.

Explícame qué eran esas salidas nocturnas al pantano.

Darío adoptó una postura relajada, apoyando una mano en el tronco de un pino cercano. —Eran actividades de dinamización cultural, nada más.

Jóvenes con inquietudes que buscaban un espacio de pertenencia y de expresión que la enseñanza convencional no les proporcionaba.

El rito del agua era una metáfora literaria inocua, una escenificación simbólica inspirada en el mito de Ofelia para trabajar la sensibilidad y la disolución de los prejuicios.

Nada más. —¿Y las chicas que no querían participar?

—insistió Alba, pensando de inmediato en la figura de Sofía.

—Nadie estuvo jamás obligado a hacer nada que no deseara —aseguró Darío con aplomo rotundo—.

Vivimos en una sociedad donde la disciplina intelectual a menudo se confunde con la manipulación.

Esas tutorías individuales de las que seguro te han hablado no eran más que conversaciones orientativas para ayudar a alumnas que atravesaban momentos personales complicados.

Quizá deberías preguntarte por qué algunas personas prefieren transformar recuerdos perfectamente normales en historias oscuras para justificar sus propias frustraciones.

Alba comprendió con fría lucidez que la conversación había alcanzado su límite natural. La firmeza razonable de Darío, su elocuencia y su impecable imagen pública constituían una muralla infranqueable contra la que las meras sospechas se estrellaban sin remedio.

Decidió que no obtendría ninguna concesión adicional y que permanecer en aquel lugar aislado ya no aportaba nada a su investigación. —Tengo que volver a San Telmo —dijo Alba, dando un paso atrás por el sendero.

Darío no hizo el menor intento de cortarle el paso ni de modificar su actitud cortés.

Simplemente la observó iniciar el repliegue.

—Alba —la llamó con voz tranquila cuando ella había avanzado unos metros.

Ella se detuvo y se giró sobre sus talones.

—Deja descansar a los muertos —dijo Darío desde la penumbra del bosque.

—¿A cuáles? —pregunto Alba, sintiendo un escalofrío helado.

—A todos —respondió él, antes de dar media vuelta y alejarse despacio entre los árboles en dirección opuesta.

Alba aceleró el paso por el sendero húmedo, escuchando el crujido apresurado de sus propias pisadas sobre las hojas y la grava.

Aunque no corría para no perder la estabilidad en el firme resbaladizo, su respiración era agitada y corta.

El bosque parecía haber cerrado sus márgenes; al echar una mirada atrás en un tramo donde los pinos se densificaban, constató que la figura de Darío se había disuelto por completo en la espesura.

Continuó avanzando con prisa hacia la zona donde había dejado el automóvil, manteniendo la linterna encendida para iluminar el trazado del suelo.

A mitad de trayecto, un chasquido seco a su izquierda la hizo detenerse en seco. Alba contuvo el aliento y giró el haz de luz hacia la maleza.

El silencio del lugar volvió a imponerse, roto solo por el goteo de la lluvia. Reanudó la marcha a mayor velocidad, pero unos segundos después volvió a percibir el rumor de pasos sobre el lecho de follaje, esta vez más cerca y desplazándose en paralelo a su posición.

Sacó apresuradamente el teléfono móvil del bolsillo; en la esquina superior de la pantalla parpadeaba la indicación de "Sin servicio".

Intentó marcar el número de Elena de forma automática, pero la llamada se cortó al instante con un tono sordo.

La niebla del pantano había comenzado a ascender desde la orilla, cubriendo el camino con una densidad blanquecina que reducía la visibilidad a apenas unos metros.

Alba admitió por primera vez la gravedad del error cometido al acudir en soledad al pantano, pero concentró sus fuerzas en alcanzar la explanada de aparcamiento.

Apresuró la zancada, sintiendo la humedad del ambiente pegársele al rostro.

De pronto, entre las ramas cruzadas del arbolado, distinguió un destello de luz intermitente que se desplazaba a poca distancia.

Se detuvo, vacilante, sin poder determinar si la fuente luminosa procedía de los faros de un vehículo o de una linterna portátil. El destello se apagó de forma repentina, sumiendo el entorno en una penumbra aún más opresiva.

Alba retrocedió dos pasos de forma instintiva, y al hacerlo, su pie tropezó con un objeto metálico tirado en el suelo.

Se inclinó rápidamente y recogió una pequeña pulsera de eslabones de plata, idéntica a la que figuraba en la descripción de las pertenencias de una de las jóvenes desaparecidas del club.

La certeza de que no estaba sola y de que alguien había precedido sus pasos en aquel tramo exacto se transformó en una punzada de pánico real.

Un crujido pesado de ramas se produjo a sus espaldas, a menos de tres metros de distancia. Alba se giró con el corazón desbocado, apretando el teléfono inútil en la mano derecha mientras alzaba la linterna con la izquierda.

La bruma difuminaba los contornos de los árboles, construyendo siluetas amenazantes en el perímetro de su visión. Una voz baja y firme, cuya procedencia exacta resultaba imposible de precisar en medio del eco del bosque, pronunció su nombre desde la oscuridad:

—Alba.

El miedo agarrotó los músculos de la correctora, que dio un paso en falso hacia atrás intentando ganar espacio hacia la salida del sendero.

Su pie resbaló sobre la capa de musgo húmedo que cubría la piedra. Alba perdió el equilibrio y la linterna salió despedida de su mano, cayendo sobre el lecho de hojas mojadas.

El haz de luz quedó proyectado en diagonal sobre la base de los troncos, iluminando de forma parcial la niebla que avanzaba sobre el camino.

Alba perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre el suelo cubierto de musgo.

La linterna salió despedida de su mano y quedó proyectando un haz de luz oblicuo entre los troncos.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, escuchando.

El crujido de unas ramas volvió a sonar a su espalda.

Entonces comprendió que no podía quedarse allí.

Se incorporó de golpe, recogió la linterna y echó a correr entre los árboles, sin mirar atrás.

La pulsera seguía apretada en su mano. Alguien había estado allí antes que ella.

Y ahora sabía que había descubierto algo que no debía.Luego, la calma absoluta volvió a adueñarse de la masa forestal.

Sobre el sendero desierto, la linterna permaneció encendida, proyectando su luz amarilla sobre la grava mojada mientras las gotas de agua continuaban cayendo en el silencio del pantano.

Cuando alcanzó el vehículo, se encerró en el interior y bloqueó las puertas. Tenía las manos temblorosas mientras introducía la llave. Miró una última vez hacia la oscuridad de la arboleda. No vio a nadie. Pero sabía que alguien seguía allí. Alguien que conocía su nombre.