CAPÍTULO 7 #5
No había vehículos estacionados bajo los castaños ni figuras sospechosas en las bocacalles. Todo transmitía la apariencia de una normalidad inalterable y apacible.
Sin embargo, mientras daba la vuelta para retirarse al dormitorio, Alba permaneció alerta, plenamente consciente de que el manto de tranquilidad que cubría el municipio era solo una fachada fina que comenzaba a resquebrajarse bajo sus pies.
Donde empieza el camino
El compromiso que Alba le había hecho a Elena la noche anterior resonó en su mente durante horas, pero la lógica inexorable de la investigación terminó imponiéndose sobre el temor.
Convencida de que su incursión no implicaba un riesgo real sino una simple verificación de campo, Alba decidió acudir al pantano únicamente para localizar el arranque del sendero, tomar un par de fotografías del terreno con la cámara del teléfono y regresar de inmediato a San Telmo para comer con su hermana.
Guardó en la funda de su bolso una pequeña linterna de mano, su libreta, el teléfono completamente cargado y la reproducción impresa del mapa topográfico antiguo.
No envió ningún mensaje a Elena para no generar una alarma innecesaria, prometiéndose a sí misma que estaría de vuelta en la localidad antes de mediodía.
A medida que el turismo de Alba avanzaba por la carretera de montaña en las últimas horas de la tarde, la urbanización de San Telmo fue quedando atrás, sustituida por alineaciones densas de pinos y eucaliptos que estrechaban el firme.
El cielo, cubierto por una masa homogénea de nubes plomizas, comenzó a descargar una llovizna fina y persistente que obligó a activar los limpiaparabrisas a velocidad constante.
La soledad del trayecto acentuó el aislamiento del paisaje; las curvas cerradas flanqueadas por taludes de piedra conducían hacia la cuenca hidrográfica con un dinamismo hipnótico.
Al coronar el último cambio de rasante, el pantano de la Sombra emergió entre la niebla como una superficie de agua oscura e inmóvil, rodeada por el perímetro negro del arbolado.
Alba estacionó el vehículo en la explanada de grava contigua a la orilla, completamente desierta a esa hora.
Descendió del coche percibiendo de inmediato el olor a pino húmedo y tierra mojada.
Una mezcla de familiaridad e inquietud la embargó mientras contemplaba la masa de agua; recordó la primera tarde que vio salir a Sofía de la caseta de piedra, con los hombros hundidos y la mirada esquiva, el vehículo no identificado que había aparecido en el margen de sus fotografías y las advertencias veladas que Claudia le había formulado en la cafetería.
Ajustándose el abrigo y asegurando el bolso cruzado sobre el pecho, Alba caminó hacia la franja de vegetación donde la cartografía señalaba la interrupción del camino oficial y el inicio de la senda en desuso.
Internarse bajo la copa de los árboles supuso una atenuación inmediata de la luz matutina. La llovizna quedaba parcialmente amortiguada por el ramaje, pero el goteo constante sobre el follaje creaba un rumor continuo que envolvía el avance de Alba.
Siguió la huella difusa del suelo, pisando sobre una alfombra de agujas de pino y raíces expuestas, mientras sus ojos examinaban los márgenes de la ruta.
Tras unos minutos de caminata pausada, la luz de su linterna iluminó una piedra de señalización baja y rectangular, semisepultada entre el musgo y las ortigas.
Era el hito delimitador que aparecía en la fotografía ampliada.
Alba se detuvo, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba de forma controlada; la indicación de Natalia no era una figura literaria, sino una referencia topográfica precisa.
Alba se inclinó sobre la piedra y comenzó a examinar el perímetro con meticulosidad.
Entre la cara posterior de la señal y la fisura de un bloque de roca adyacente, advirtió una cavidad protegida de la humedad directa.
Al introducir la mano con cuidado, sus dedos tropezaron con un envoltorio rígido.
Extrajo un sobre de plástico translúcido, bastante deteriorado por el paso del tiempo y manchado de barro seco.
En su interior se custodiaba una fotografía en papel mate y un pliego impreso doblado en cuatro partes.
Alba extrajo la imagen con suma delicadeza: la instantánea mostraba a un grupo de cinco jóvenes sentadas en la orilla del pantano durante un atardecer de verano; entre ellas reconoció sin dificultad el rostro de Natalia Fuentes, sonriendo de forma contenida hacia la cámara.
No obstante, al examinar el encuadre con mayor atención, advirtió que, al fondo de la escena, parcialmente oculto tras la sombra de la caseta, figuraba la silueta inconfundible de Darío, observando la reunión.
Alba reconoció asimismo a otra de las chicas del grupo, cuya participación en los talleres había cesado abruptamente en la misma época.
—No deberías estar aquí —dijo una voz serena a su espalda.
El sonido de las palabras, pronunciadas con un tono pausado y modulado, hizo que Alba se girara en seco, guardando instintivamente el sobre de plástico contra el pecho.
A escasos metros de ella, erguido sobre el camino húmedo y protegiéndose del goteo del arbolado con un gabán oscuro de corte impecable, se encontraba Darío.
Su aspecto era exactamente el de siempre: pulcro, sereno, cortés y dueño absoluto de la situación.
No había en su postura ningún rasgo de agresividad física ni de alteración teatral; mantenía las manos en los bolsillos del abrigo y la miraba con una expresión de paciente corrección.
Alba hizo un esfuerzo consciente por contener la aceleración de su respiración y sostenerle la mirada sin retroceder.
—Podría decirte lo mismo —respondió Alba, procurando que su voz sonara firme y desprovista de vacilación.
Darío esbozó una leve sonrisa, inclinando la cabeza apenas un par de centímetros.
—«Yo conozco este lugar desde hace muchos años, Alba».
Forma parte de la historia de la comarca y de la mía propia.
—«Yo también empiezo a conocerlo —replicó ella, manteniendo la distancia».
Un silencio denso se instauró entre ambos, interrumpido únicamente por el chasquido uniforme de las gotas cayendo sobre las hojas secas.
La mirada de Darío descendió con calma hacia el sobre de plástico que Alba sostenía entre los dedos, pero no hizo el menor ademán de avanzar para arrebatárselo ni de romper la neutralidad de su postura.
—¿Qué es lo que estás buscando realmente?
—preguntó él con un matiz de curiosidad intelectual. —A Natalia —contestó Alba sin rodeos.
Al escuchar el nombre, las facciones de Darío experimentaron una leve modificación, una imperceptible rigidez en la comisura de los labios que se disipó casi de inmediato, dejando de nuevo paso a su habitual máscara de amabilidad sobria.
Alba lo observó fijamente, tratando de descifrar si aquella mínima reacción respondía al cálculo o a la sorpresa.
—Natalia Fuentes —dijo Darío en un murmullo meditado, como quien evoca una ficha de catálogo traspasada—.
Una muchacha talentosa, pero sumamente compleja.
Se marchó de San Telmo hace ya bastante tiempo.
No entiendo por qué su figura despierta de pronto tanto interés en tu trabajo.
—Intento comprender qué ocurrió con ella y con otras chicas que pasaron por el Club de las Ofelias —explicó Alba, cuidando de mantener el diálogo en el terreno de la indagación formal—.
Hay trayectorias que se interrumpen de forma demasiado drástica en los registros.
—Las personas cambian de rumbo, Alba —respondió Darío con tono pedagógico y comprensivo—.
Los jóvenes llegan a los talleres, buscan referencias, atraviesan etapas de formación y, cuando completan su ciclo o descubren que la literatura no es su camino, simplemente continúan con sus vidas en otros lugares.
No todo el mundo que abandona una localidad está huyendo de algo.
—Tampoco todo el que se queda está libre de culpa —replicó Alba con severidad.
La frase quedó flotando en la penumbra del bosque como un reto directo.
Darío no mostró el menor atisbo de contrariedad; al contrario, exhaló un suspiro sereno y dio un paso lateral sobre el sendero, manteniendo siempre una distancia respetuosa.
—Estás construyendo una narrativa compleja a partir de simples coincidencias temporales —dijo él con voz pausada y convincente—.
Te dejas llevar por la deformación profesional.
Eres correctora de textos, Alba; estás habituada a buscar dobles sentidos, lagunas de información y patrones de estructura donde a veces solo hay eventos inconexos de la vida cotidiana.
—Quizá precisamente por eso sé reconocer cuándo una historia tiene demasiados elementos que no encajan —sostuvo Alba, cruzando los brazos sobre el sobre de plástico—.
Las ausencias repetidas no son un error de imprenta.
—¿Y qué clase de historia has construido exactamente sobre mí en tu mente?
—inquirió Darío, fijando sus ojos oscuros en los de ella con una lucidez desarmante.
Alba guardó silencio. La pregunta exigía una acusación explícita que no podía sostener sin comprometer su posición.
Ambos sabían perfectamente qué límites estaban rozando, midiendo cada término con la precisión de dos jugadores frente a un tablero.
—Sé que has estado haciendo preguntas en el municipio —continuó Darío al ver que ella no respondía—.
Esta comarca es pequeña, Alba. Las consultas informales en las instituciones o los encuentros en las cafeterías terminan sabiéndose antes de lo que uno desearía.
—¿También sabes que hablé con Claudia? —preguntó Alba, probando la solidez de sus datos.