CAPÍTULO 7 #4
Las obligaba a acercarse al agua, a permanecer allí en la penumbra.
Pero algunas chicas se negaban. No querían formar parte de esa puesta en escena.
—¿Un ritual de noche en el pantano? —la incredulidad de Elena se tiñó de un rechazo instintivo—.
¿Y qué pasaba cuando alguna de esas chicas decía que no?
—Darío se las llevaba a parte —musitó Alba, recordando la figura imponente del librero y la escena con Sofía en la penumbra de las estanterías—.
Celebraba tutorías privadas con ellas para convencerlas, para reorientar su perspectiva sobre el grupo.
Decía que era parte de la formación intelectual.
Y poco después de esas tutorías, esas mismas chicas dejaban de ir a la librería y terminaban marchándose de San Telmo.
Un silencio denso y prolongado se instauró en la línea. Elena tardó casi medio minuto en responder, y cuando lo hizo, la superficialidad del diálogo cotidiano había desaparecido por completo, dejando al desnudo la grieta de la tensión.
—Alba, escúchame bien —dijo Elena, y su voz tembló ligeramente antes de recuperar la firmeza—.
¿Qué estás investigando exactamente? ¿Crees que ese hombre les ha hecho algo?
¿Crees que Darío ha cometido un delito? Alba estuvo a punto de volcar en ese instante la acumulación de sus sospechas, la nota manuscrita sobre la caseta y la inquietante advertencia que Claudia le acababa de hacer en la cafetería.
Sin embargo, la ausencia de una prueba material irrebatible y el instinto protector hacia su hermana le frenaron el paso en el último segundo.
—No sé exactamente qué estoy buscando, Elena —confesó Alba con una honestidad desarmante—.
No tengo pruebas para acusar a nadie de nada.
Solo sé que hay demasiadas coincidencias que no encajan, demasiadas ausencias que se han cubierto con el silencio y una imagen pública impecable que nadie en este pueblo se ha atrevido a cuestionar jamás.
—Pues que no encajen no es motivo para que te pongas en peligro tú sola —replicó Elena con vehemencia contenidos—.
Estás jugando a desentrañar los secretos de personas que tienen recursos, dinero y una posición social que no van a dejar que nadie ensucie.
¿No te das cuenta de lo vulnerable que estás en ese piso, removiendo cosas de hace tres años que a nadie más le importan?
—Precisamente por eso necesito saber qué ocurrió —respondió Alba en un murmullo firme—.
Porque si nadie pregunta por ellas, esas chicas sencillamente dejan de existir en el registro de la comarca.
Es como si alguien hubiera tachado sus nombres del manuscrito.
—Alba... —Elena exhaló un aire pesado, y en el tono de la palabra afloró una vulnerabilidad inédita—. ¿Tienes miedo?
La pregunta quedó suspendida en el espacio de la estancia como un espejo implacable. Alba fijó la vista en la lámpara de pie y sintió cómo un frío soterrado le recorría la curva de la espalda.
Por primera vez en todo el proceso de indagación, se despojó de la armadura intelectual que la caracterizaba para asumir la realidad de su estado psicológico ante la persona que mejor la conocía en el mundo.
—Un poco —admitió Alba con la voz quebrada por un matiz de franqueza desnuda—.
Sí, Elena. Tengo un poco de miedo. —Entonces déjalo ya —suplicó Elena con una ternura apremiante—.
Por favor, Alba. Cierra la libreta, coge tus cosas y ven mañana a mi casa.
Te espero a comer. Hablamos tranquilamente, vemos las cosas desde otra perspectiva con un café delante y después decides con calma qué hacer, pero no te quedes ahí sola dándole vueltas a la cabeza.
—Mañana voy —asintió Alba, sintiendo una tibia oleada de consuelo ante la insistencia protectora de su hermana—.
Te lo prometo. Mañana comeré contigo. —Y prométeme otra cosa —añadió Elena, afinando el tono hasta volverlo imperativo—.
Prométeme que no vas a volver a acercarte a ese pantano.
Ni de noche ni de día. No tienes nada que hacer allí.
—No tengo intención de ir al pantano, Elena —respondió Alba, midiendo la exactitud literal de sus palabras para no faltar formalmente a la verdad pero reservándose el margen de su investigación.
—¿Me lo prometes? —insistió Elena. —Te lo prometo.
Para suavizar el peso de la tensión acumulada, Elena derivó la conversación hacia un territorio más cálido y distendido.
Le recordó entre risas contenidas una tarde lejana de su infancia en la que Alba se había quedado atrapada en el granero de los tíos por empeñarse en rescatar una colección de revistas antiguas que la lluvia amenazaba con echar a perder, y cómo Elena tuvo que subir por la escala de mano para ayudarla a bajar los tomos uno a uno bajo una tormenta de verano.
La anécdota arrancó una sonrisa sincera a Alba, evocando la complicidad inalterable de una vida compartida donde la una siempre había ejercido de ancla racional para los impulsos de la otra.
—Cuídate mucho, Alba —dijo Elena antes de dar por finalizada la llamada, con una calidez envolvente. —Tú también, Elena. Nos vemos mañana.
Tras cortar la comunicación, Alba permaneció sentada en penumbra con el teléfono móvil sopesado en la palma de la mano.
La calidez del recuerdo familiar se disipó gradualmente, dejando en su lugar la fría evidencia de las notas sobre la mesa.
Abrió la libreta de nuevo y releyó en voz baja la anotación que Claudia le había transmitido: «Si algún día desaparezco, mirad donde empieza el camino» .
La frase dejó de parecerle una vaga metáfora poética redactada por una joven asustada; la precisión léxica de la estructura sugería la existencia de una referencia geográfica concreta, un hito físico que Natalia Fuentes había seleccionado como depósito de su testimonio antes de romper todo contacto.
Encendió el ordenador portátil —manteniendo las conexiones inalámbricas desactivadas— y abrió la carpeta local donde conservaba las fotografías de alta resolución que había tomado semanas atrás durante su primera inspección del pantano de la Sombra.
Desplazó la pantalla examinando las tomas generales de la orilla, la estructura exterior de la caseta de madera y la masa forestal que bordeaba la cuenca hidrográfica. Amplió al máximo el cuadrante superior derecho de una imagen tomada desde la zona donde el vehículo solía aparcar.
Tras la maleza densa y los troncos alineados de los pinos, la luz del sol resaltó un detalle que previamente le había pasado desapercibido: el arranque de un antiguo sendero de servicio, marcado por un fito de piedra desgastado que señalaba la delimitación de las aguas.
Aquella senda no figuraba en la cartografía turística ni en las guías de senderismo actuales de San Telmo; era una vía de paso en desuso que se internaba directamente en la franja más umbría del bosque adyacente a la caseta.
Alba contempló el punto exacto donde la vegetación devoraba las primeras piedras del camino, sintiendo una certidumbre helada en el pecho.
Creó una carpeta de seguridad independiente en su almacenamiento local y la tituló sencillamente: NATALIA .
En su interior transfirió las fotografías ampliadas del sendero, las capturas de los registros de asistencia y las anotaciones digitalizadas de su libreta personal.
Justo cuando procedía a cerrar la sesión del sistema operativo, una pequeña ventana del sistema emergió en el centro de la pantalla.
No era una notificación de mensajería ni una amenaza anónima, sino la alerta roja del cortafuegos interno que notificaba la detección de un segundo intento de verificación remota de archivos no autorizado, ejecutado a través de una brecha en los temporales del sistema durante el último reinicio.
Alba observó la dirección IP cifrada que parpadeaba en el informe de auditoría. Esta vez no sintió la simple curiosidad profesional de quien descubre un fallo técnico; un escalofrío de vulnerabilidad real le recorrió las manos.
La llamada de Elena, el vehículo oscuro que la había observado tras su encuentro con Claudia, los accesos silenciosos a su equipo informático y la pauta sistemática de las ausencias del club se conectaron en su mente con una nitidez abrumadora.
Durante diez segundos de vacilación, rozó el botón de apagado definitivo del equipo, considerando seriamente la petición de su hermana de abandonar la investigación y dejar que el tiempo sepultara el expediente de las Ofelias.
Sin embargo, la imagen de la nota manuscrita de Natalia y el pensamiento de que aquella joven había intentado dejar una huella antes de ser silenciada prevalecieron sobre la angustia.
Desconectó el terminal de la corriente, cerró la pantalla y decidió que no volvería a usar el soporte digital para almacenar sus avances.
Se puso en pie y caminó hacia el dormitorio para preparar la bolsa de mano que llevaría al día siguiente a casa de Elena. Con movimientos metódicos y pausados, dobló una mudada de ropa, recogió sus enseres de aseo y guardó la libreta de pasta dura en el compartimento principal.
No obstante, al momento de cerrar la cremallera, Alba se detuvo un instante, regresó al escritorio, tomó la impresión en papel del mapa topográfico antiguo donde aparecía marcado el arranque del sendero del pantano de la Sombra y la deslizó de forma discreta en la funda interior del bolso.
Su promesa a Elena de no regresar al lago permanecía intacta en su voluntad inmediata, pero el rigor de la investigadora le impedía desprenderse del único esquema que explicaba la nota de Natalia.
Apagó la lámpara central del salón, dejando la vivienda envuelta en una penumbra suave y serena. Caminó hacia el gran ventanal que daba a la calle principal de San Telmo y miró a través del cristal.
La calzada asfaltada se mostraba completamente vacía, reluciente por la llovizna reciente bajo la luz amarilla de las farolas urbanas.