CAPÍTULO 7 #3
A partir de ese instante, la compostura de Claudia comenzó a desmoronarse bajo una prisa sobrevenida.
Dirigió una mirada inquieta hacia el ventanal que daba a la calle principal y consultó el reloj de su muñeca con ademanes precipitados.
Alba le preguntó si se encontraba bien o si observaba algo anómalo en el exterior, a lo que Claudia respondió con evasivas secas mientras recogía su bolso del suelo.
Antes de ponerse en pie para abandonar el local, se inclinó ligeramente sobre la mesa, fijó sus ojos en los de Alba con una severidad imprevista y le dio una advertencia tajante: «No vuelvas al pantano sola».
Ante la mirada atónita de la correctora, Claudia añadió una última frase cargada de una extraña gravedad antes de dirigirse a la salida: «Porque no todo el mundo que entra allí vuelve siendo la misma persona».
Alba permaneció inmóvil en su asiento durante varios minutos, viendo cómo la silueta de Claudia se diluía rápidamente entre los transeúntes de la acera.
En su mente, las piezas de la investigación comenzaban a articularse bajo un esquema de inquietante lógica: el encanto literario del club, la selección de jóvenes, la ceremonia del agua en el pantano, los diálogos en privado para las disidentes, la postura firme de Natalia y la mención a una prueba oculta al inicio de un camino.
Sacó discretamente la libreta de su bolso y, bajo la luz de la mesa, anotó las palabras clave del encuentro: Natalia.
Ritual. Camino. Pantano . En la línea inferior redactó una pregunta crucial: «¿Qué ocurrió allí? » .
Al levantar la vista para guardar el cuaderno, los ojos de Alba se fijaron en el cristal del ventanal.
En la acera opuesta, parcialmente oculto por el tronco de un plátano de sombra, un automóvil oscuro permanecía estacionado con las luces apagadas.
Alba observó detenidamente la silueta del vehículo; no resultaba posible distinguir quién ocupaba el asiento del conductor debido al reflejo del sol poniente sobre la luna delantera.
Transcurridos unos segundos, el coche puso el motor en marcha, avanzó despacio por el carril derecho y se incorporó al tráfico hasta desaparecer en la esquina siguiente.
Una punzada de inquietud recorrió el cuello de Alba al recordar el mensaje anónimo recibido la noche anterior y las alertas de seguridad detectadas en su equipo informático, asumiendo con fría nitidez la posibilidad de que sus indagaciones hubieran dejado de ser invisibles.
Cerró la libreta, la guardó en el bolso y salió a la calle fresca de San Telmo, dirigiéndose a su vehículo con paso firme mientras vigilaba el entorno con una atención renovada.
La llamada
Alba cerró la puerta de la entrada con el pestillo de seguridad y permaneció durante más de un minuto en la penumbra del recibidor, sin despojarse siquiera del abrigo ni soltar las llaves de entre los dedos.
El eco amortiguado de San Telmo tras los cristales parecía haberse detenido por completo, sepultado bajo el peso inerte de las revelaciones de Claudia.
Por primera vez desde que se adentró en la estructura del Club de las Ofelias, la voz de una participante real había validado la existencia de un patrón trazado en las sombras: la manipulación mediante la palabra, el bautismo simbólico en el pantano de la Sombra, las tutorías individuales para contener a las reticentes y el posterior silencio de quienes no aceptaban el engranaje.
Apoyó la espalda contra la madera de la puerta y cerró los ojos, sintiendo el palpitar acelerado del pulso en las sienes mientras las palabras de Natalia Fuentes reverberaban en su memoria con la fijeza de una obsesión: «Si algún día desaparezco, mirad donde empieza el camino» .
Avanzó despacio hacia la mesa de trabajo del salón y dejó caer el bolso junto al flexo.
Con los dedos ligeramente entorpecidos por el frío que le traía la calle, hojeó la libreta de pasta dura hasta la página en blanco que acababa de inaugurar.
Las cuatro palabras aisladas que había garabateado apresuradamente en la cafetería — Natalia , ritual , camino , pantano — la miraban desde el papel como los vértices de una figura incompleta.
Alba sabía que el sentido común, la prudencia y la promesa implícita de no sobrepasar ciertos límites le exigían detenerse en ese preciso instante, cerrar el expediente y transferir la información a instancias formales.
Sin embargo, la disciplina propia de su oficio como correctora actuaba como una fuerza contraria; cuando detectaba un texto mutilado, una incoherencia de fondo o una omisión deliberada, la necesidad metódica de encontrar la página que faltaba se convertía en una marea ineludible que le impedía dar la vuelta.
El teléfono móvil comenzó a vibrar sobre la madera, rompiendo la tensión del salón con una sacudida seca.
Alba miró la pantalla iluminada. El nombre de Elena parpadeaba en el centro de la interfaz.
La correctora dudó unos instantes, tomando aire profundamente antes de deslizar el indicador con la intención de proyectar un tono relajado y cotidiano.
—Elena, hola —dijo Alba, forzando una respiración pausada mientras se desabrochaba finalmente los botones metálicos del abrigo.
—¿Dónde estabas? Te he llamado hace una hora y me daba fuera de cobertura —respondió Elena de inmediato, sin preludios ni rodeos—.
¿Has comido algo? —Sí, claro. He parado en una cafetería del centro después de hacer unas gestiones para el catálogo editorial —improvisó Alba con rapidez, caminando hacia la cocina para servirse un vaso de agua—.
Se me ha ido el santo al cielo revisando unos listados de publicaciones antiguas.
—Alba, no me mientas —interrumpió Elena al otro lado del hilo telefónico.
La calidez habitual de su hermana se vio atravesada por una inflexión firme, incisiva, que congeló a Alba junto al fregadero—.
Conozco perfectamente el tono que usas cuando intentas quitarte de encima una conversación.
¿Qué te pasa? —Solo estoy cansada, de verdad —murmuró Alba, apoyando la mano en el borde de la encimera—.
Llevo varios días durmiendo mal con las fechas de entrega de los manuscritos y se me está acumulando la fatiga.
—No me digas que estás cansada —insistió Elena, elevando ligeramente la voz pero manteniendo un matiz de honda preocupación que delataba la sintonía entre ambas—.
Te conozco demasiado bien como para tragarme eso.
Llevas semanas con la cabeza en otra parte.
Cuando te hablo del trabajo de la tía o de la cena de los domingos respondes con monosílabos, tienes la vista perdida y pareces estar esperando una llamada a todas horas.
Alba guardó silencio, bebiendo un trago de agua para ganar tiempo mientras sopesaba hasta dónde podía tensar la cuerda sin levantar sospechas definitivas.
—Es la investigación de las actividades del pueblo, Elena.
Hay cosas que se me están complicando un poco más de la cuenta.
—¿Has vuelto a investigar el Club de las Ofelias?
—soltó Elena sin vacilar. Alba se detuvo en seco, alzando la cabeza hacia el techo del pasillo.
—¿Cómo lo sabes? —Porque no hace falta ser detective para darse cuenta de que llevas semanas obsesionada con esa gente —respondió Elena con un suspiro amargo—.
Desde que empezaste a ir a la librería de Darío a buscar fondos descatalogados no hablas de otra cosa cuando nos vemos.
Pensé que era un capricho académico, una de tus rachas de documentación exhaustiva, pero esta semana has cruzado una línea.
Estás esquiva, Alba. Y cuando tú te pones esquiva es porque has encontrado algo que no te gusta y no quieres que los demás nos metamos por medio.
—Elena, estoy intentando ordenar unos datos locales —admitió Alba con voz queda, regresando al salón para sentarse al borde de la silla—.
He estado hablando con personas que formaron parte de ese colectivo hace años.
—¿Con quién has hablado? —la pregunta de Elena resonó con la urgencia de quien teme la respuesta.
—Con una antigua integrante del club —dijo Alba tras una pausa contenida—.
Una chica que participaba en los talleres en la misma época en que otras jóvenes dejaron de acudir de forma repentina.
—¿La chica que mencionaste ayer? —recordó Elena al instante—.
¿La que desapareció del entorno de la librería sin que nadie explicara por qué?
¿Natalia? —Sí, Natalia Fuentes —confirmó Alba, frotándose el puente de la nariz—.
Y no fue la única, Elena. Hubo más chicas que rompieron todo contacto con el club tras alcanzar una fase muy concreta de las actividades.
—¿Qué fase? —Elena hizo una pausa, y Alba pudo escuchar el roce de su respiración contra el teléfono—.
Alba, ¿qué tiene que ver el pantano en todo esto?
Dijiste que hacían excursiones fuera de San Telmo.
Alba cerró los ojos, midiendo el peso de cada palabra antes de lanzarla al abismo de la conversación.
—Las convocaban allí de noche —explicó, cuidando de mantener la voz en un tono analítico para no alarmar en exceso a su hermana—.
Darío lo organizaba como un rito literario, una especie de prueba estética de iniciación basada en la figura de Ofelia para integrar oficialmente a las alumnas.