CAPÍTULO 7 #2
El tintineo leve de la vajilla de loza y el murmullo velado de las conversaciones vespertinas envolvían el ambiente de la pequeña cafetería de San Telmo, un local de estética sobria y concurrido por vecinos del barrio a la hora de la merienda.
Alba había seleccionado intencionadamente aquel establecimiento por la ventilación de sus ventanales, la afluencia constante de clientes y la iluminación neutra que proyectaban sus lámparas de pared: un espacio previsible donde la conversación no llamara la atención de ningún curioso.
Sentada en una mesa redonda al fondo del comedor, vio entrar a Claudia a la hora acordada.
Era una mujer joven, de gesto contenido y expresión alerta, vestida con un abrigo oscuro que parecía abrocharse con firmeza a pesar del calor del local.
Antes de aproximarse a la mesa, Claudia detuvo el paso junto al mostrador, recorrió la sala con una mirada detenida y comprobó en dos ocasiones quiénes cruzaban la puerta de entrada antes de decidirse a ocupar la silla vacía frente a Alba.
Alba inició el encuentro con un tono moderado y profesional, cuidando cada inflexión de voz para no transmitir urgencia ni hostilidad.
Se presentó como correctora e investigadora editorial dedicada al procesamiento de materiales para un catálogo retrospectivo sobre la vida cultural y los talleres literarios de San Telmo durante la última década, justificando la cita en la necesidad de verificar algunas fechas de asistencia y publicaciones locales del Club de las Ofelias.
Claudia escuchó la explicación con los brazos cruzados sobre el regazo y la espalda rígida contra el respaldo de la silla.
Su mirada no se relajó en ningún momento, y tras guardar un breve silencio, lanzó una pregunta escueta que reveló la barrera de su reserva: «¿Por qué quieres saberlo? ».
Con la serenidad metódica que solía aplicar a sus jornadas de trabajo, Alba declinó cualquier insinuación dramática.
Evitó por completo mencionar la investigación sobre su propia hermana o proyectar sospechas directas sobre la librería de Darío, consciente de que un paso en falso cerraría la comunicación.
Explicó simplemente que, al cotejar las fichas de asistencia, los programas de mano digitalizados y los registros de socios que guardaba en sus notas, había detectado la interrupción repentina de la participación de varias chicas, así como pequeñas inconsistencias de fechas que no terminaban de encajar con el funcionamiento regular de una agrupación cultural.
Claudia arqueó las cejas ligeramente, fijó sus ojos en el borde de la taza de café que el camarero acababa de dejar sobre la mesa y le preguntó con voz baja qué nombres específicos formaban parte de esa búsqueda.
Alba fue desgranando tres o cuatro identidades de forma pausada, manteniendo una absoluta neutralidad en el rostro.
Cuando pronunció finalmente el nombre de Natalia Fuentes, la rigidez del cuello de Claudia sufrió un leve sobresalto, imperceptible para cualquiera que no la estuviera observando con la atención de Alba.
Aquella pequeña alteración en la postura de Claudia no pasó desapercibida.
Alba esperó dos segundos antes de afianzar el contacto visual y formular una pregunta directa pero desprovista de presión: «¿La conocías?
». Claudia bajó la vista hacia sus manos, apretó los nudillos sobre el mantel individual de papel y tardó unos instantes en asentir con la cabeza.
Confirmó que Natalia había formado parte activa del grupo durante una temporada específica, haciendo hincapié en que su incorporación coincidió en el tiempo con la llegada de un grupo de jóvenes apasionadas por la poesía neorromántica que terminaron por abandonar las reuniones de la librería de manera casi simultánea meses después.
A partir de ese instante, la dinámica de la mesa fue adoptando la cadencia de una indagación compartida entre dos mujeres que medían sus palabras con prudencia. Alba indagó sobre las rutinas internas del colectivo para entender la atracción que ejercía sobre las asistentes.
Claudia relató que los primeros encuentros eran magnéticos y sugerentes; Darío poseía una oratoria impecable, recomendaba lecturas descatalogadas de autores olvidados, dirigía los debates con un equilibrio maestro entre la exigencia intelectual y la cortesía, y lograbá que cada nueva integrante se sintiera intelectualmente elegida.
Su manera de escuchar, atenta y desprovista de prisas, inspiraba una confianza inmediata que llevaba a muchas chicas a abrirse sin reservas durante los coloquios.
Sin embargo, Claudia matizó que aquel clima inicial de camaradería comenzaba a enrarecerse tras la organización de determinadas actividades convocadas fuera del espacio físico de la librería.
«¿Qué actividades?», preguntó Alba, sosteniendo el bolígrafo sin llegar a apoyarlo en la mesa.
Claudia inclinó la cabeza hacia delante, bajando aún más el volumen de sus palabras para referirse a las excursiones nocturnas programadas hacia el pantano de la Sombra.
Alba mantuvo una expresión imperturbable, conteniendo cualquier ademán que pudiera delatar que ya conocía la existencia de la caseta de madera junto al agua o el simbolismo del lugar.
Claudia prosiguió explicando que Darío articulaba esas salidas como una tradición indispensable para el grupo, un rito pedagógico y estético que toda nueva integrante debía atravesar para ser considerada una verdadera integrante del Club de las Ofelias.
El protocolo consistía en acercarse a la orilla en la penumbra, descalzarse sobre la grava húmeda y permanecer unos minutos con los pies sumergidos en la corriente helada mientras Darío recitaba pasajes sobre la metamorfosis, la naturaleza y la disolución del ego, construyendo un marco de solemnidad que pocos se atrevían a cuestionar.
Alba tomó un sorbo de agua para asentar la información y planteó una cuestión crucial: «¿Todas las chicas aceptaban participar sin reservas?
». La respuesta de Claudia fue inmediata y rotunda: «No».
Ese monosílabo alteró el clima de la mesa, despojando a la conversación del tono académico para revestirla de una incomodidad palpable.
Claudia reveló que varias jóvenes se mostraban reticentes a la teatralidad de la ceremonia o experimentaban un rechazo instintivo al verse aisladas en un entorno natural oscuro.
Cuando Alba quiso saber qué ocurría con aquellas que se negaban a someterse al rito, Claudia miró de reojo la barra de la cafetería antes de admitir que Darío nunca reaccionaba con enfado visible, sino que insistía en convocar a la alumna en privado para celebrar lo que él denominaba una sesión de tutoría individualizada.
La mención de esas tutorías a solas evocó de inmediato en la mente de Alba la escena que había presenciado semanas atrás con Sofía en la penumbra de la librería, cuando Darío envolvía su autoridad bajo una pátina de tutoría paternal y preocupación pedagógica.
Alba contuvo cualquier gesto de reconocimiento y preguntó con voz serena si alguna de las chicas había presentado alguna queja o protesta tras esas conversaciones en privado.
Claudia negó con la cabeza, explicando que ninguna se atrevió a formalizar un reclamo oficial.
Ante la duda de Alba sobre los motivos de esa contención, Claudia explicó que la influencia de Darío en San Telmo no derivaba de un poder institucional directo, sino de una red tupida de prestigio social: era un referente cultural admirado, un hombre de maneras exquisitas con contactos clave en comités de becas, certámenes locales y medios de comunicación, cuya palabra resultaba incuestionable frente a las dudas de una estudiante.
La conversación retornó al punto inicial cuando Alba preguntó de nuevo por el caso de Natalia Fuentes.
Claudia entrelazó los dedos sobre la mesa y bajó la voz al mínimo audible: «Natalia fue una de las pocas que decidió cortar rotundamente después de aquella excursión».
Alba sintió la firmeza de haber localizado un eslabón firme en el itinerario del club y preguntó hacia dónde se había dirigido Natalia tras romper con la librería.
Claudia sacudió la cabeza para indicar que desconocía su paradero actual, pero antes de guardar silencio añadió una coletilla impredecible: «Aunque creo que ella sabía algo». Alba contuvo el aliento y repreguntó de inmediato qué clase de información poseía Natalia.
Al percatarse del alcance de sus propias palabras, Claudia experimentó un arrepentimiento instantáneo; la rigidez volvió a apoderarse de sus hombros y murmuró con pesar que no debería haber sacado a relucir ese detalle.
Alba intervino con absoluta suavidad, transmitiéndole la tranquilidad necesaria para que no se sintiera acorralada.
Tras una pausa vacilante, Claudia recordó que días antes de marcharse de San Telmo, Natalia había comentado en voz baja ante dos compañeras que no pensaba irse con las manos vacías y que guardaría una prueba concreta sobre lo acontecido en las inmediaciones del lago.
Ante la pregunta de Alba sobre el paradero de dicho objeto, Claudia admitió ignorarlo, pero reprodujo fielmente una enigmática indicación que la joven había pronunciado antes de romper el contacto: «Si algún día desaparezco, mirad donde empieza el camino».