La Chica del Pantano CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La última noche

La pista de Natalia

El descanso de esa noche fue un parpadeo intermitente, interrumpido por el eco del mensaje anónimo y la silueta del vehículo oscuro difuminándose bajo la niebla de San Telmo.

Cuando los primeros rayos de una luz cenicienta entraron por la ventana del salón, Alba ya estaba sentada frente a su mesa de trabajo, con una taza de café humeante a medio consumir.

La investigación sobre las antiguas integrantes del Club de las Ofelias había rebasado de forma definitiva las fronteras de una simple curiosidad profesional.

El patrón ya no era una percepción abstracta: varias jóvenes habían orbitado alrededor de la figura refinada de Darío, habían participado en las dinámicas del grupo y, tras cruzarse con las ceremonias privadas del pantano de la Sombra, se habían diluido en el silencio.

Su prioridad absoluta era ahora encontrar una vía de acceso directa a Natalia Fuentes.

Alba comenzó a reconstruir el itinerario de Natalia empleando una metodología rigurosa basada en fuentes abiertas y archivos locales no sincronizados.

Cotejó programas de mano antiguos, boletines culturales impresos, guías comerciales de años anteriores y carpetas de prensa descargadas previamente en su almacenamiento local.

Con la paciencia de quien restaura un texto deteriorado, cruzó listas de asistentes a talleres con pequeñas referencias al pie de página en suplementos comarcales.

Tras horas de análisis sistemático, la tenacidad dio frutos: en un documento digitalizado perteneciente a la memoria de actividades de una fundación cultural de un municipio colindante, halló una mención breve sobre un contrato de colaboración temporal a nombre de Natalia Fuentes, fechado apenas dos meses después de su última aparición en la librería.

El registro indicaba una pequeña localidad hacia la que la joven podría haber reorientado su trayectoria tras romper con el entorno de Darío.

Al intentar verificar esa referencia en repositorios complementarios, Alba se topó con un obstáculo insólito.

Varios de los enlaces que guardaban relación con aquella época o con las publicaciones digitales del colectivo aparecían caídos, con errores de servidor o directamente eliminados de las plataformas originales.

Ciertas páginas donde meses atrás aún era posible consultar archivos fotográficos del club simplemente habían dejado de existir.

Alba permaneció unos instantes con el cursor congelado sobre la pantalla apagada, preguntándose si se hallaba ante el deterioro orgánico habitual de la información en internet o si, por el contrario, alguien con el tiempo y la determinación necesarios se había dedicado a borrar de forma minuciosa y sistemática cualquier huella digital de Natalia Fuentes y de sus compañeras.

Decidida a no depender de un entorno digital erosionado, Alba recurrió a su agenda personal y seleccionó el número de un antiguo gestor cultural de la comarca, un hombre retirado que en su momento coordinó redes de talleres locales y que conocía bien a todos los agentes del sector.

Tras marcar, esperó varios tonos hasta que la voz áspera y pausada del veterano respondió al otro lado.

Alba planteó sus preguntas con suma delicadeza, enmarcando la consulta en un supuesto catálogo retrospectivo sobre la literatura joven de la zona y evitando pronunciar el nombre de Darío con cualquier carga de sospecha.

El hombre tardó unos instantes en ubicar el nombre de Natalia, pero una vez que lo hizo, su tono adoptó una gravedad nostálgica.

Confirmó que recordaba a la chica y que su marcha fue tan repentina como definitiva, remarcando que tras dejar el club manifestó un deseo categórico de cortar todo vínculo con la vida social de San Telmo.

—¿Llegó a explicarle a usted las razones de esa decisión tan drástica? —preguntó Alba con voz suave, conteniendo la respiración mientras anotaba la fecha en su libreta.

—No de forma directa —respondió el hombre tras una pausa prolongada, donde se escuchó el encendido de un mechero—.

Natalia era una muchacha educada pero tremendamente reservada.

Sin embargo, la última vez que pasó por la oficina a liquidar un trámite de correspondencia la noté tensa, como si tuviera prisa por desaparecer.

Solo dijo una frase que se me quedó grabada por lo extemporánea que sonó en ese momento: «No quiero volver a ese sitio».

—¿A qué sitio se refería? —insistió Alba, apretando el bolígrafo contra el papel.

—Guardó silencio cuando le repregunté —admitió el interlocutor con un suspiro—. Supuse que se refería al pantano, porque era de lo único de lo que nadie quería hablar detalladamente por aquel entonces, pero no puedo asegurárselo.

—Lo que sí recuerdo es que mencionó haber dejado una libreta de direcciones o una carpeta con documentación personal en una antigua dirección donde estuvo residiendo un par de semanas antes de marcharse definitivamente. Si nadie la tiró, es posible que aquello siga allí.

Alba agradeció la información con amabilidad y dio por finalizada la llamada. Se quedó mirando la anotación en su libreta y volvió a examinar sus propias fotografías del club.

Al cruzar la fecha del trabajo temporal de Natalia con el calendario de eventos de la librería, la coincidencia volvió a manifestarse de forma matemática: la interrupción de la actividad de Natalia y su posterior traslado fuera de San Telmo se produjeron exactamente en los diez días posteriores a una de las lecturas nocturnas que Darío había organizado en la caseta del pantano de la Sombra.

El círculo del patrón volvía a cerrarse con una precisión inquietante.

Sin embargo, Alba respiró hondo y se obligó a guardar la distancia crítica; una coincidencia temporal no equivalía a una prueba incriminatoria, y en su trabajo como correctora sabía bien que dos acontecimientos sucesivos no siempre guardaban una relación de causa y efecto.

Mientras ordenaba las fichas sobre la mesa, el teléfono volvió a sonar. El nombre de Elena apareció en la pantalla. Alba respondió de inmediato, intentando que su voz sonara descansada.

—Hola, Elena.

—No me devolviste el mensaje de anoche —dijo Elena sin rodeos, aunque con un tono en el que predominaba la preocupación sobre el reproche—. Me quedé esperando a que me dijeras si habías dormido algo.

—Lo siento, me quedé traspuesta revisando unas pruebas de imprenta y no quise escribirte tan tarde para no despertarte —improvisó Alba, intentando aligerar el ambiente con una risa contenida—. Ya sabes que cuando me pongo con un índice no veo la hora.

Elena no se dejó convencer por la maniobra. Se hizo un silencio breve pero denso en la línea antes de que volviera a hablar.

—¿Te ocurre algo, Alba? Y no me respondas con una de tus frases evasivas sobre la editorial. Te conozco la respiración.

Alba dudó. Observó la libreta abierta, la nota sobre la caseta y los nombres rodeados en rojo. Estuvo a un paso de volcar todo lo que sabía, de admitir el miedo que había sentido al ver la luz del coche en la penumbra. Pero la prudencia y el deseo imperioso de proteger a su hermana prevalecieron.

—He encontrado algo —admitió Alba con voz baja pero firme—. Una pista clara sobre una antigua integrante del club. Natalia Fuentes.

—¿Y estás segura de que quieres continuar con esto? —preguntó Elena, y en su voz se percibió el peso de la incertidumbre—. Si la gente rehace su vida y se marcha, ¿por qué necesitas removerlo ahora?

—Solo quiero saber qué pasó —respondió Alba con sencillez—. No puedo dejar un texto a medias cuando sé que faltan páginas fundamentales.

—No tienes que demostrar nada a nadie, Alba —le recordó Elena con ternura afectuosa—. Tu trabajo no es resolver los enigmas del pueblo.

—Quizá precisamente eso sea lo que más me preocupa —musitó Alba, mirando hacia la ventana empañada—: que alguien haya decidido que ciertas cosas no deben demostrarse nunca.

La frase quedó suspendida entre las dos, revelando la profundidad del lazo que las unía y la comprensión mutua que no necesitaba de explicaciones minuciosas. Elena exhaló un largo suspiro al otro lado del hilo telefónico, asumiendo la determinación inamovible de su hermana.

—Solo te pido una cosa —dijo Elena con gravedad contenida—. Prométeme que no vas a ir sola a ningún sitio relacionado con el pantano ni vas a concertar citas a ciegas con desconocidos. Si vas a buscar esa dirección, avísame.

—Tendré cuidado, Elena. Te lo prometo —aseguró Alba con sinceridad.

Tras despedirse de su hermana y colgar el teléfono, Alba permaneció unos instantes contemplando el cuaderno.

En la última página figuraba el dato proporcionado por el gestor cultural: la antigua dirección donde Natalia había residido brevemente antes de desaparecer del mapa social de San Telmo.

Era una coordenada concreta, una estructura física que podía albergar la respuesta a la naturaleza de su huida.

Sin dudarlo más, Alba cerró la libreta de pasta dura, la guardó cuidadosamente en el interior de su bolso junto con la carpeta de notas y se puso el abrigo.

Caminó hacia la puerta de entrada, tomó las llaves del mueble del recibidor y se detuvo un segundo antes de accionar la cerradura.

Llevada por un instinto inevitable, miró a través de la mirilla y luego abrió la puerta con cautela, observando la calle desierta desde el umbral.

El asfalto continuaba húmedo por la llovizna matutina y las ramas de los castaños se mecían bajo una brisa fría.

No se veía ningún vehículo sospechoso estacionado en las inmediaciones ni había transeúntes a la vista.

Sin embargo, mientras echaba la llave y comenzaba a bajar los escalones hacia la vía pública, Alba no pudo desprenderse de la densa sensación de que cada uno de sus movimientos estaba siendo registrado por unos ojos invisibles.

La advertencia