La Chica del Pantano CAPÍTULO 6 #6
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CAPÍTULO 6 #6

Al desbloquear el terminal, comprobó que había entrado un mensaje de texto procedente de un número no almacenado en su agenda, compuesto por una secuencia numérica desconocida. El texto era escueto, desprovisto de firma o saludo: «Algunas historias deberían quedarse donde están.»

Alba leyó las seis palabras una vez. Luego las releyó despacio, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba en el cuello.

No había amenazas explícitas de violencia ni referencias directas a la librería, pero el momento y el contenido del mensaje resultaban devastadores en su contundencia.

La sombra de la duda se convirtió de golpe en una evidencia tangible: alguien estaba observando sus pasos con la suficiente proximidad como para advertirla de que se estaba acercando a un terreno vedado.

Durante unos instantes, la voz de Elena resonó en su memoria, recordándole la promesa que acababa de hacerle.

Deslizó el dedo sobre la pantalla para buscar el contacto de su hermana, rozando el botón de llamada.

Sin embargo, se detuvo a milímetros del cristal.

Si llamaba a Elena ahora, solo conseguiría sembrar el pánico en su familia sin aportar una sola solución práctica.

Bloqueó la pantalla con decisión y guardó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta.

Se inclinó de nuevo sobre la libreta abierta y, con trazo firme y enérgico, añadió una nueva anotación en la página principal del caso: «Natalia no fue la única» .

Justo debajo, escribió con precisión los otros dos nombres que el encuadernador le había facilitado esa misma tarde, rodeándolos con una línea continua.

Al final del esquema, redactó la instrucción inmediata que debía guiar sus siguientes movimientos: «Preguntar por ellas» .

Un chasquido seco, semejante al crujido de una rama al quebrarse bajo una pisada pesada, resonó en el exterior de la vivienda, rompiendo el silencio nocturno del barrio.

Alba levantó la cabeza al instante, conteniendo el aliento.

Apagó la lámpara del escritorio para no proyectar su silueta contra los cristales y se aproximó con sigilo hacia la ventana del salón, manteniéndose a resguardo tras el visillo espeso.

Desde su posición, la calle se desplegaba en una penumbra grisácea, envuelta en los jirones de una niebla densa que descendía desde las laderas forestales que rodeaban el límite urbano de San Telmo.

Las farolas de luz anaranjada apenas lograban iluminar el asfalto húmedo y el perímetro de las casas colindantes parecía desierto.

Alba estaba a punto de dar un paso atrás, convencida de que el sonido podía haber sido provocado por algún animal nocturno, cuando una tenue luz interior se encendió durante apenas tres segundos en el habitáculo de un vehículo estacionado al otro lado de la calzada, bajo la sombra de unos castaños.

La breve iluminación no permitió distinguir los rasgos de la persona sentada al volante, pero sí la silueta inequívoca de un automóvil oscuro. Instantes después, la luz se apagó por completo.

El motor del vehículo se puso en marcha con un murmullo sordo y contenido, los faros se encendieron en posición de cruce y el coche avanzó lentamente por la calzada desierta, alejándose hacia la carretera de salida del municipio hasta que sus pilotos traseros se diluyeron en la espesura de la niebla.

Alba permaneció inmóvil junto al ventanal, sintiendo el tacto frío del cristal cerca de su rostro. La coincidencia entre el mensaje de texto recibida minutos antes y la presencia del automóvil estacionado frente a su residencia disipó cualquier resto de ingenuidad.

Alguien conocía el alcance de sus indagaciones, alguien sabía que había estado haciendo preguntas sobre Natalia Fuentes y sobre las actividades privadas del pantano de la Sombra, y estaba dispuesto a hacerle saber que no se movía en el anonimato.

La incertidumbre sobre la identidad del observador y el grado de información que manejaba convertían la investigación en una carrera a oscuras donde los límites entre la búsqueda de la verdad y el peligro personal comenzaban a desdibujarse de forma alarmante.

Regresó despacio a la mesa de trabajo. Con movimientos metódicos y silenciosos, cerró la libreta de notas de pasta dura, apagó definitivamente el equipo informático y recogió las fotografías y los documentos sueltos para guardarlos en el interior de su carpeta personal.

Antes de dirigirse hacia el dormitorio, tomó el teléfono móvil por última vez para comprobar si había alguna notificación pendiente.

La aplicación de mensajería continuaba abierta en la conversación con su hermana.

En el centro de la pantalla, la última frase enviada por Elena destacaba con una claridad casi acusadora: «Si encuentras algo que realmente te asuste, me llamas» .

Alba contempló las letras durante un par de segundos, sintiendo el peso de la promesa no cumplida y la sombra del riesgo aceptado. Finalmente, sin redactar respuesta alguna, presionó el botón lateral y apago la pantalla, dejando la estancia sumida en la absoluta penumbra de San Telmo.