CAPÍTULO 6 #5
El silencio se prolongó durante unos segundos en la línea.
Alba apretó el auricular contra la oreja, dividida entre la necesidad biológica de volcar sus dudas en alguien de confianza y la obligación moral de mantener a su hermana al margen de un terreno cada vez más turbio.
—Estoy revisando unos datos que no terminan de encajar —admitió finalmente Alba, eligiendo con extremo cuidado las frases—.
Nada grave, de verdad. Es solo una investigación secundaria sobre el historial de actividades culturales en el municipio durante los últimos años.
—¿Qué actividades culturales? —insistió Elena, cuya voz revelaba que no pensaba dar un paso atrás—.
San Telmo no es tan grande, Alba. ¿De qué estás hablando exactamente?
—Del Club de las Ofelias —soltó Alba en un susurro involuntario.
El nombre pareció flotar en el espacio intermedio de la comunicación, provocando un leve hiato en la conversación. Al otro lado, se escuchó el roce de una taza sobre una superficie y el suspiro contenido de Elena.
La librería de Darío era un referente ineludible en el paisaje social y cultural del pueblo, un lugar respetado que ambas conocían, aunque Elena solo lo frecuentaba de manera ocasional para comprar novedades editoriales.
—¿El club de la librería? —preguntó Elena, cambiando el tono hacia una mezcla de extrañeza y preocupación creciente—. ¿Qué puede haber de malo en un grupo de lectura?
Sé que has estado yendo allí a buscar material y que te interesaba su catálogo, pero no entiendo qué te trae de cabeza.
—Hay lagunas en los registros —explicó Alba, cuidando de no mencionar la nota manuscrita ni las conversaciones privadas—.
Algunas chicas que participaban de forma muy activa en las reuniones desaparecieron de las publicaciones del club de la noche a la mañana.
Había actividades organizadas fuera del local, en lugares apartados, y he encontrado ciertas contradicciones entre lo que se decía públicamente y lo que ocurrió con algunas integrantes.
—Alba, ¿te estás metiendo en algo que puede traerte problemas?
—la voz de Elena se volvió tajante, despojada de cualquier matiz casual—.
Estás hablando de gente respetada en el pueblo.
¿Qué pretendes encontrar exactamente? —No estoy acusando a nadie —replicó Alba con rapidez, alzando ligeramente la voz para defender su postura—.
Solo estoy intentando entender algunas cosas que no tienen sentido.
Si hay datos incompletos en un archivo, mi trabajo es contrastarlos.
Es lo que hago siempre. —Precisamente eso es lo que me preocupa —contestó Elena, y en su tono afloró una mezcla de resignación y nostalgia afectuosa—.
Que empiezas a hablar exactamente como cuando éramos pequeñas y te empeñabas en descubrir quién había abierto la caja del trastero o por qué faltaba una página en el libro de recetas de la abuela.
No te detienes. Te obsesionas con encontrar la pieza que falta y te olvidas de todo lo demás, sin importar si a los demás les parece una tontería o si es peligroso removerlo.
Alba esbozó una sonrisa involuntaria ante el recuerdo, rememorando aquella tarde lejana de verano en que pasó tres días enteros interrogando a los vecinos para averiguar qué había sido de un gato callejero que solía dormir en su porche.
La calidez del recuerdo disipó por un instante la tensión de la estancia, pero la sonrisa se congeló en sus labios cuando Elena formuló la pregunta decisiva, con una pausa meditada antes de cada sílaba. —¿Tiene algo que ver Darío en todo esto?
El aire pareció volverse más denso en el salón.
Alba guardó silencio, sintiendo cómo el corazón le latía con un ritmo acelerado contra las costillas.
Darío continuaba siendo, ante los ojos de toda la comarca, una figura intachable: un hombre culto, elegante, de conversación fascinante y una reputación impecable como promotor de la cultura local.
—Darío es el responsable de la librería y del club —respondió Alba con calculada neutralidad—.
Su nombre aparece en toda la documentación porque es él quien coordinaba a las chicas.
Pero no tengo motivos para afirmar que haya cometido ninguna ilegalidad.
Todavía no. —Eso no ha sonado precisamente a «no» —observó Elena, con una agudeza que no dejó espacio para la réplica—.
Alba, escúchame bien. Darío no es un desconocido que pasa por la calle.
Es un hombre con contactos, con influencia en el ayuntamiento, con dinero y con una imagen pública que la gente de San Telmo defendería sin dudarlo antes de escuchar cualquier sospecha.
Enfrentarse a alguien así, o simplemente andar hurgando en sus asuntos, no es un juego de corrección editorial.
—No me estoy enfrentando a nadie, Elena —intentó aplacarla Alba, reacomodando los papeles sobre la mesa para canalizar la inquietud de sus manos—.
—Solo estoy haciendo preguntas sobre el pasado.
—¿Y cómo sabes tú que esa gente no tiene formas de enterarse de las preguntas que haces?
—lanzó Elena con firmeza—. No me gusta que andes investigando sola por ahí, metiéndote en casas de desconocidos o buscando a antiguas alumnas.
Si hay algo extraño, déjalo estar o habla con alguien que pueda gestionarlo de forma oficial.
Las palabras de su hermana resonaron con una eco singular en la mente de Alba. La pregunta sobre cómo podía saber si alguien estaba al tanto de sus indicios tocó una fibra sensible, trayendo de vuelta la imagen del vehículo oscuro en el retrovisor y la brecha de seguridad en su equipo.
Por un instante, la tentación de romper su reserva fue casi abrumadora: deseó mostrarle a Elena la fotocopia de la tarjeta con el símbolo geométrico, la nota angustiada de Natalia Fuentes sobre la caseta y los nombres rodeados en rojo dentro de su libreta.
Sin embargo, el temor a arrastrar a su hermana a aquella red de incertidumbres la detuvo.
Si Elena conocía los detalles, se convertirá de inmediato en un elemento vulnerable, en alguien a quien ese entorno podría considerar una amenaza colateral.
—Sé cuidarme sola —dijo Alba en voz baja, aunque la frase carecía de la convicción que habría deseado.
—Prométeme una cosa —pidió Elena, endureciendo el tono pero dejando entrever la angustia que la embargaba—.
No voy a decirte lo que tienes que hacer porque sé que no me harías caso si decides seguir adelante.
Pero si encuentras algo que realmente te asuste, si ves la más mínima señal de que alguien te está siguiendo o de que estás en peligro, me llamas de inmediato.
Sin excusas y sin esperar a tener todas las respuestas.
¿Me lo prometes? Alba cerró los ojos y apretó los párpados antes de contestar. —Te lo prometo, Elena. De verdad.
Tras despedirse y cortar la llamada, Alba permaneció inmóvil durante largos segundos, contemplando la pantalla del teléfono que volvía a la oscuridad.
Una punzada sorda de culpabilidad le oprimía el pecho por haber omitido los hallazgos más graves, pero se convenció de que la omisión era el único escudo que podía ofrecerle a su hermana.
Se puso en pie, caminó hacia la cocina para servir un vaso de agua y regresó al escritorio con la determinación renovada.
Encendió el ordenador portátil, manteniendo la conexión a la red totalmente deshabilitada, y comenzó a crear una carpeta local estructurada bajo el rótulo del expediente de Natalia Fuentes.
Mientras organizaba los hipervínculos archivados y los documentos de texto escaneados, el sistema emitió una señal acústica leve y la pantalla parpadeó de manera anómala.
Una pequeña ventana emergente del cortafuegos local se desplegó en el ángulo superior derecho, notificando un evento de seguridad del sistema.
Alba frunció el ceño y desplegó el registro técnico de la alerta: la interfaz mostraba una comprobación de integridad fallida y un intento de acceso a los directorios temporales registrado horas atrás, durante el breve intervalo en que el equipo había estado sincronizado para descargar los ficheros del foro vecinal.
El identificador de la sesión remota no le pertenecía.
Recordando la intrusión que había detectado días atrás, un escalofrío helado le recorrió la nuca.
Sin dudarlo un segundo, cerró la aplicación de administración, apagó la interfaz de red mediante el interruptor físico del chasis y decidió no volver a emplear el soporte informático para almacenar datos sensibles.
Tomó de nuevo su libreta de papel y la pluma estilográfica.
En lugar de procesar la información digitalmente, comenzó a trazar el esquema a mano, utilizando un código de abreviaturas propio.
Mientras trazaba las líneas de conexión entre las fichas, su teléfono móvil, colocado junto al teclado, vibró una sola vez sobre la madera. Alba se sobresaltó ligeramente.