La Chica del Pantano CAPÍTULO 6 #4
20%

CAPÍTULO 6 #4

Se limitó a señalar que la noche siguiente a aquella excursión, Natalia pasó por la tienda a recoger un encargo y su actitud inquietó a los pocos que la conocían.

Ante la mirada inquisitiva de Alba, el hombre resumió la transformación con una afirmación que quedó flotando en el aire con un peso denso: «Natalia ya no volvió a mirar a Darío de la misma manera».

El testigo se negó tajantemente a especular sobre supuestos comportamientos anómalos o faltas por parte del librero.

Mantuvo en todo momento una prudencia cautelosa, dejando entrever un respeto reverencial —o un temor soterrado— hacia la reputación y la posición social de Darío en San Telmo, un hombre culto, acomodado y reconocido por su labor cultural.

Cuando Alba le preguntó si sabía dónde se encontraba Natalia en la actualidad, el encuadernador agitó la cabeza en señal de ignorancia; solo recordaba una antigua dirección postal en una localidad vecina donde la joven había alquilado un pequeño estudio antes de perderle la pista por completo.

Para cerrar el encuentro, Alba sacó de su bolso la lista de nombres que había elaborado en su libreta y le preguntó si recordaba a otras jóvenes que hubieran atravesado por una experiencia similar en el club.

El hombre permaneció en silencio durante unos largos segundos antes de pronunciar dos nombres más.

Alba los reconoció al instante: figuraban en sus notas con la misma marca de salida repentina tras las visitas al lago.

Ese instante marcó un punto de inflexión decisivo en la mente de Alba. Por primera vez, una persona totalmente ajena a sus sospechas confirmaba la existencia de una pauta sistemática en la trayectoria de las integrantes.

Aunque aquel patrón no constituía en sí mismo una prueba de conducta criminal, la acumulación de coincidencias alcanzaba una densidad que la razón no podía atribuir al azar.

Al salir a la calle, el aire fresco del atardecer golpeó el rostro de Alba, dejándole una sensación contradictoria: por un lado, la satisfacción metódica de quien ve encajar las piezas de un texto complejo; por otro, una sombra de inquietud psicológica al percatarse de que estaba indagando en asuntos que alguien había mantenido cuidadosamente bajo la superficie durante años.

Mientras caminaba hacia el lugar donde había estacionado su vehículo, el teléfono móvil comenzó a sonar dentro de su bolso.

Era su hermana Elena. Alba respiró hondo antes de descolgar, tratando de proyectar una normalidad absoluta.

Elena, sin embargo, detectó de inmediato el tono bajo y distanciado de su hermana.

Con afecto genuino pero firme, le preguntó si se encontraba bien, señalando que en las últimas semanas parecía completamente absorta por el trabajo y que apenas compartía tiempo con la familia.

Alba contuvo el impulso de desahogarse, consciente de que revelar sus sospechas sin pruebas sólidas solo serviría para alarmar a Elena e involucrarla en un terreno potencialmente peligroso.

La tranquilizó asegurándole que simplemente atravesaba una fase de alta exigencia profesional con la revisión de varios manuscritos complejos y prometió llamarla con más calma al día siguiente para organizar una comida juntas.

Tras finalizar la llamada, Alba subió a su coche, pero no puso el motor en marcha inmediatamente.

Apoyó la libreta sobre el volante y, con trazo limpio, anotó los dos nuevos nombres proporcionados por el encuadernador justo debajo del de Natalia Fuentes.

A continuación, dibujó una línea vertical que conectaba los tres registros y escribió en el centro una única palabra en mayúsculas: PANTANO.

Contempló el esquema en la penumbra del habitáculo, asumiendo por primera vez que el ritual nocturno de Darío trascendía la mera puesta en escena literaria o el esteticismo neorromántico que el librero solía preconizar ante sus seguidores.

En ese instante, al ajustar por instinto el espejo retrovisor interior, la mirada de Alba se fijó en un vehículo oscuro estacionado unos metros más atrás, al otro lado de la calzada.

El automóvil mantenía las luces apagadas y los cristales tintados impedían distinguir la figura del conductor. Alba experimentó una punzada de alarma al recordar que un modelo idéntico había permanecido aparcado días atrás en las inmediaciones de la librería de Darío.

Mantuvo la vista fija en el espejo durante un minuto entero; el coche no realizó movimiento alguno.

Sin mostrar prisa deliberada, Alba arrancó y se incorporó a la circulación.

Durante varias manzanas, comprobó con tensión creciente cómo el vehículo avanzaba a su mismo ritmo, manteniendo la distancia de seguridad, pero siguiendo cada uno de sus giros por el trazado urbano de San Telmo.

Solo al llegar a una rotonda principal, el coche accionó el intermitente y se desvió por una avenida lateral hasta perderse de vista.

Alba apretó el volante, intentando racionalizar el episodio como un simple trayecto compartido en hora punta.

Al regresar a su vivienda, ya entrada la noche, Alba volvió a desplegar el material sobre la mesa de trabajo.

Colocó las fotografías antiguas, la lista actualizada de nombres y las fichas ordenadas por fechas.

Contaba ya con tres integrantes identificadas que habían roto drásticamente con el Club de las Ofelias tras acudir al lago, siendo Natalia la única de la que poseía un testimonio sobre su reacción inmediata.

Releyó en voz baja la anotación que guardaba en su expediente: «No volveré al agua».

La contundencia de esas palabras descartaba cualquier interpretación inocua. Alba comprendió que no podía quedarse atrapada en el análisis documental; su siguiente paso lógico debía ser localizar el paradero actual de Natalia Fuentes para escuchar su testimonio directo.

Rechazó de nuevo la idea de acudir a la policía, sabiendo que las suposiciones de una correctora sobre abandonos voluntarios acaecidos años atrás no constituían base suficiente para una investigación oficial.

Tampoco podía comprometer a Elena. Con determinación metódica, Alba tomó el bolígrafo y escribió en la libreta la indicación de su próximo objetivo: Localizar a Natalia Fuentes .

Tras una breve pausa, impulsada por un pálpito oscuro que apenas lograba articular, añadió una segunda línea inmediatamente debajo: Antes de que alguien lo haga por mí .

Alba se quedó observando la frase redactada con tinta negra sobre el papel.

Un escalofrío leve le recorrió los brazos al comprender que, al reconstruir la memoria de las Ofelias, podía haber iniciado una carrera silenciosa contra una sombra que seguía con atención cada uno de sus movimientos.

El nombre de Alba

El murmullo de la noche en San Telmo comenzaba a filtrarse por las fisuras de los ventanales cuando Alba terminó de organizar las notas sobre la mesa de pino.

Frente a ella, la libreta abierta exhibía las dos frases redactadas en un impulso casi febril: «Localizar a Natalia Fuentes» y, justo debajo, «Antes de que alguien lo haga por mí» .

Contempló la tinta negra todavía fresca, experimentando una presión opresiva en la boca del estómago.

Aquella segunda oración no respondía a un razonamiento deductivo ni a una prueba material; era una intuición amarga, el destello de un peligro difuso que pugnaba por abrirse paso a través de su habitual cautela.

No lograba apartarla de su pensamiento, como si al formularla en papel hubiera verbalizado una certidumbre que su propia mente analítica se negaba a admitir.

El zumbido intermitente del teléfono móvil sobre la madera interrumpió abruptamente la espiral de sus cavilaciones. La pantalla iluminada mostraba el nombre de Elena.

Alba exhaló un suspiro largo, tratando de serenar la respiración antes de deslizar el indicador para descolgar.

Elena no solía llamar a esas horas a menos que tuviera algo preciso que comentar o hubiera detectado alguna anomalía en la rutina familiar.

—Pensé que ya estabas dormida —comenzó Alba, intentando infundir a su voz una calidez cotidiana mientras se acomodaba en el respaldo de la silla.

—No, y tú tampoco, por lo que veo —respondió Elena al otro lado de la línea.

Su tono no era acusatorio, pero contenía un matiz de firmeza que hizo que Alba se erizara—.

He hablado esta tarde con la tía y me ha dicho que no te ha visto en toda la semana.

Luego intenté localizarte en la editorial y me comentaron que habías salido temprano para hacer unas gestiones de documentación.

—Estás rara últimamente, Alba. Muy rara.

Alba entornó los ojos, desviando la mirada hacia las carpetas alineadas junto al flexo. —Solo son correcciones acumuladas, Elena. Tengo dos manuscritos con fechas de entrega cruzadas y el trabajo de investigación para el archivo de la comarca me está llevando más tiempo del que preveía.

—Sabes cómo me absorben estas cosas cuando quiero que todo quede impecable.

—No me digas que es el trabajo —interrumpió Elena con rotundidad, cortando el intento de evasión de su hermana sin perder el afecto—.

Te conozco demasiado bien. Cuando estás cansada por el trabajo hablas más rápido, protestas por las erratas de los autores y te quejas del café.

Ahora estás distante, mides cada palabra antes de decirla y llevas días esquivando mis preguntas. —¿Qué está pasando realmente?