CAPÍTULO 6 #3
No había nombres de terceros, ni acusaciones formales, ni una narración detallada de acontecimientos. Tan solo una única línea anotada en la parte superior del folio: «No volveré al agua. No después de lo que ocurrió en la caseta» .
Un escalofrío helado corrió por la espalda de Alba mientras releía la frase una y otra vez.
La mención explícita a la caseta de madera junto al lago confirmaba sin lugar a dudas que Natalia había participado en la ceremonia privada y que la experiencia había quebrado de forma irreversible su vínculo con el grupo.
Antes de guardar el documento, Alba recordó una duda fundamental y bajó la ventanilla unos centímetros para formular una última pregunta al anciano, que aún permanecía cerca del porche. Le preguntó si Natalia había mencionado alguna vez el nombre de Darío tras aquel episodio.
El hombre se giró lentamente y respondió que sí, que la joven lo nombró en una ocasión, aunque su tono no expresaba ira ni odio evidente, sino una perplejidad opresiva.
Recordó que Natalia definió al librero con una frase que se le quedó grabada: «Tiene una forma de hablar que hace que todo parezca normal» .
Alba guardó el sobre de estraza en el fondo de su bolso, puso el motor en marcha y esperó a que los limpiaparabrisas despejaran la visión antes de incorporarse a la carretera.
Por primera vez desde que inició sus indagaciones, la sospecha dejaba de ser una mera construcción teórica alimentada por coincidencias.
La anotación manuscrita revelaba que alguien había salido de aquel entorno dominado por la elegancia de Darío sintiendo un temor lo suficientemente profundo como para plasmarlo por escrito y romper tajantemente con su vida anterior.
Sin embargo, su disciplina intelectual actuó de nuevo como contrapeso: como correctora profesional, Alba sabía que extraer una conclusión definitiva a partir de una oración descontextualizada era un error metodológico.
La nota sugería un conflicto o un suceso perturbador, pero no constituía la prueba incontestable de un delito ni aclaraba si la reacción de Natalia respondía a un hecho delictivo real o a una interpretación distorsionada de la ceremonia.
En un tramo recto de la carretera, el teléfono situado en el asiento del copiloto emitió una señal sonora. Era un mensaje de texto de su hermana Elena, preguntándole si había tenido tiempo de comer y recordando que debían organizar la cena del fin de semana.
Alba detuvo momentáneamente el vehículo en el arcén para escribir una respuesta. Redactó varias líneas intentando explicar que se encontraba fuera de San Telmo y que había descubierto algo extraño, pero borró el texto letra por letra antes de enviarlo.
Comprendió que involucrar a Elena en aquel estado de la investigación solo serviría para alarmarla inútilmente sin aportarle ninguna certeza. Borró el borrador, respondió con un mensaje breve afirmando que continuaba revisando textos y guardó el teléfono en la guantera.
Al reanudar la marcha y mirar por el espejo retrovisor, Alba advirtió la presencia de un sedán oscuro que se había incorporado a la vía secundaria desde una de las pistas forestales cercanas al recinto de la pensión.
El coche mantuvo una distancia constante de varias decenas de metros detrás de ella durante un tramo serpenteante de tres kilómetros, sin intentar adelantarse a pesar de la marcha moderada de Alba.
La tensión en los hombros de la correctora se intensificó mientras observaba el reflejo metálico a través del cristal empañado.
Sin embargo, al llegar al cruce principal que conectaba con la autovía regional, el vehículo accionó el intermitente a la derecha, tomó una desviación hacia un polígono industrial y desapareció de su vista.
Alba exhaló un suspiro largo, tratando de convencerse de que su mente, sugestionada por el hallazgo del sobre, estaba empezando a proyectar amalgamas de peligro sobre hechos absolutamente cotidianos.
Al regresar a su piso en San Telmo, Alba desplegó sobre la mesa de trabajo todo el material recopilado: las fotografías impresas del grupo, la tarjeta del club con el emblema geométrico y la hoja con la nota manuscrita de Natalia.
Observó el conjunto en silencio bajo la luz blanca del flexo, conectando las evidencias físicas con las fechas anotadas en su libreta.
Abrió una carpeta limpia donde guardaba el expediente de su investigación privada y escribió en el encabezado con letras claras: NATALIA FUENTES / Pantano de la Sombra / Caseta / No volver al agua .
Contempló los trazos recién dibujados sobre la celulosa y, tras una pausa prolongada, añadió una última línea en la parte inferior: «¿Qué ocurrió aquella noche? » .
Alba levantó despacio la mirada hacia el ventanal del salón. En el exterior, el crepúsculo comenzaba a teñir los tejados del barrio de un tono plomizo mientras una niebla densa y fría descendía lentamente desde las colinas, envolviendo la calle en un silencio absoluto.
Alba desconocía que su movimiento hasta la antigua pensión no había pasado desapercibido y que la pista de Natalia Fuentes acababa de situarla en una posición considerablemente más vulnerable.
Lo que Natalia dejó atrás
La quietud de la mañana siguiente no logró despejar la sombra de la duda que se había instalado en el piso de San Telmo. Alba contempló la libreta abierta sobre la mesa, donde el nombre de Natalia Fuentes permanecía subrayado con un trazo firme de bolígrafo.
Las horas pasadas frente a la pantalla y los documentos guardados no bastaban para reconstruir la verdad; las huellas digitales eran demasiado volátiles, propensas a desaparecer o a ser interpretadas como simples casualidades.
Alba comprendió que para romper el cerco de la especulación necesitaba abandonar el aislamiento de su escritorio y contrastar sus notas en el mundo físico.
A partir de una referencia secundaria encontrada en una antigua reseña de un periódico local sobre un recital poético, logró ubicar un comercio centenario que Natalia solía frecuentar en aquella época: una pequeña encuadernación y papelería tradicional situada en una callejuela angosta del casco antiguo de San Telmo, un negocio familiar que sobrevivía ajeno al ritmo precipitado de las franquicias modernas.
El establecimiento resultaba ser un espacio austero, impregnado de un aroma penetrante a cola vegetal, piel tratada y papel antiguo. Tras los mostradores de madera de nogal, una luz cálida y matizada caía sobre las estanterías repletas de guaflex, bobinas de hilo y carpetas prensadas.
A esa hora de la tarde, el local permanecía casi vacío, salvo por la presencia de un hombre maduro de cabello cano y gafas de montura metálica que arreglaba meticulosamente el lomo de un libro antiguo.
Alba entró haciendo sonar el timbre sobre la puerta y esperó con calma antes de aproximarse.
No se presentó como investigadora ni dio a entender que buscaba indicios de un posible delito.
Manteniendo un tono profesional y cortés, explicó que trabajaba como correctora e investigadora editorial en la recopilación de datos para un archivo sobre las actividades culturales y agrupaciones literarias del barrio durante la última década, mencionando de pasada la vinculación de varias jóvenes con la librería de Darío.
Al escuchar el nombre de Natalia Fuentes, el encuadernador detuvo por un instante la plegadera de hueso sobre la mesa de trabajo, aunque intentó restarle importancia de inmediato.
Recordó a la muchacha con una sonrisa melancólica, describiéndola como una joven sumamente inteligente, de maneras pulidas y apasionada por la literatura, que en sus primeros meses de universidad solía acudir al taller para encuadernar sus propios cuadernos de notas.
Mencionó que, en aquel periodo inicial, Natalia irradiaba un entusiasmo contagioso por las tertulias del Club de las Ofelias y por la figura de Darío, a quien consideraba un mentor exigente y brillante, capaz de dinamizar la vida cultural del municipio como nadie lo había hecho en años.
Sin embargo, a medida que Alba guiaba la conversación mediante preguntas formuladas con cautela sobre la evolución del grupo, la narrativa del comerciante comenzó a matizarse.
El hombre admitió que aquella fascinación inicial se fue apagando de forma progresiva hasta transformarse en algo completamente distinto. Describió cómo Natalia empezó a mostrase extrañamente esquiva, redujo sus visitas al taller y, cuando acudía, lo hacía con una actitud distante y preocupada.
Dejó de participar en los debates abiertos de la librería, evitaba cruzarse con las nuevas integrantes que se incorporaban al círculo y rechazaba de plano cualquier mención a las actividades extraordinarias del grupo.
Alba observó los gestos contenidos del hombre, el modo en que ajustaba sus herramientas antes de responder, y decidió dar un paso más. Preguntó directamente si aquel distanciamiento brusco había coincidido en el tiempo con la celebración del ritual de iniciación en el pantano de la Sombra.
La reacción del encuadernador fue discreta pero elocuente: dejó la herramienta sobre el fieltro, miró hacia la puerta de la tienda para asegurarse de que continuaban a solas y dejó escapar un suspiro pesado.
Su lenguaje corporal denotaba una reticencia evidente, esa incomodidad propia de quien prefiere no remover asuntos del pasado por temor a verse salpicado.
Finalmente, sin elevar el tono de voz, admitió que la fecha encajaba con precisión.
Rehusó entrar en detalles sobre lo que pudiera haber ocurrido en la caseta de madera junto al agua, aclarando que él nunca había formado parte de aquel círculo privado ni le correspondía juzgar las dinámicas de la librería.