CAPÍTULO 6 #2
Con esa hipótesis rondándole la cabeza, Alba realizó una última búsqueda específica en un archivo de páginas web locales que había guardado previamente en su disco duro.
Entre las entradas recopiladas de un antiguo foro vecinal de San Telmo, hoy prácticamente extinto y cubierto por el olvido digital, localizó una breve cadena de mensajes iniciada años atrás por un usuario anónimo bajo el título: «¿Alguien sabe qué fue de Natalia Fuentes?».
El hilo apenas contenía dos intervenciones: la primera sugería vagamente que la chica se había marchado a vivir al sur con unos parientes, mientras que la segunda especulaba con que había cambiado de carrera universitaria.
Nadie ofrecía datos fidedignos ni volvía a responder.
Alba fijó los ojos en la fecha exacta de publicación de aquel mensaje anónimo: coincidía punto por punto con las semanas posteriores a la última reunión en la que Natalia figuraba como asistente en la librería de Darío.
Lentamente, Alba bajó la pantalla del portátil hasta que el chasquido del cierre devolvió la penumbra al salón, dejando como única iluminación la lámpara de pie situada junto a la mesa.
Sobre el papel de la libreta, cinco nombres destacados con círculos rojos destacaban en la página: cinco jóvenes que habían entrado fascinadas en el círculo cultural de Darío para terminar desapareciendo de su entorno en un periodo llamativamente breve
Alba sostuvo el bolígrafo y, bajo la lista de los cinco nombres, escribió con trazo firme una primera interrogante: «¿Qué ocurrió después del pantano?
». Mantuvo la vista fija en la tinta fresca durante unos segundos y, sintiendo un escalofrío helado recorriéndole la nuca, añadió una segunda pregunta justo debajo: «¿Dónde están ahora? ».
En ese preciso instante, un chasquido seco y lejano, como el de una pisada sobre la grava o el roce de una estructura metálica, resonó en el exterior de la casa, procedente del patio posterior que daba a la callejuela lateral.
Alba levantó la cabeza de golpe, con los músculos en tensión y el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas.
El silencio volvió a cerrarse de inmediato sobre la estancia, pesado e impenetrable, sin que volviera a escucharse ningún otro sonido.
Sin embargo, esta vez Alba no hizo el gesto de reabrir el ordenador ni de continuar escribiendo.
Permaneció completamente inmóvil en la penumbra, con los ojos fijos en la ventana de la entrada y el oído atento a la noche, plenamente consciente de que acababa de cruzar un límite invisible y de que la investigación en la que se había adentrado entrañaba un peligro mucho más real del que hasta entonces se había atrevido a admitir.
Una puerta entreabierta
La luz tenue de la mañana siguiente se filtró por las rendijas de las persianas, proyectando pálidas franjas lineales sobre las hojas esparcidas en la mesa del salón.
Alba apenas había dormido tres horas consecutivas; la mención anónima en aquel foro desfasado continuaba resonando en su mente con la persistencia de un crujido estructural.
Aunque la lógica le advertía que una pregunta flotando en un espacio digital abandonado no demostraba absolutamente nada, la exacta coincidencia entre la fecha de publicación y el momento en que Natalia Fuentes dejó de figurar en los registros del Club de las Ofelias se negaba a disolverse.
Consciente de que la investigación a través de la pantalla había alcanzado sus límites naturales y amenazaba con atraparla en un bucle de especulaciones, Alba decidió que necesitaba pisar terreno firme.
Reorganizó sus notas locales y rescató una ficha de inscripción manuscrita muy antigua, hallada en un lote de programas literarios archivados, donde figuraba una dirección vinculada a Natalia: no era una residencia actual ni una ficha catastral precisa, sino la referencia fragmentaria de una pequeña pensión familiar y casa de huéspedes que operaba años atrás a las afueras de un municipio vecino.
Tras recoger lo indispensable y asegurarse de dejar el portátil totalmente desconectado, Alba bajó al garaje y puso en marcha su vehículo. El trayecto desde San Telmo la llevó por una carretera secundaria de firme irregular que zigzagueaba ascendiendo entre las laderas de la comarca.
El paisaje circundante se desplegaba sombrío y húmedo, envuelto en una bruma baja que desdibujaba la copa de los pinos y humedecía el parabrisas con una llovizna constante.
Mientras mantenía las manos firmes sobre el volante, la mente de Alba oscilaba entre la determinación y la duda; era muy probable que estuviera siguiendo una pista muerta, gastando energías detrás de un simple rastro administrativo de alguien que sencillamente había optado por cambiar de vida.
Aun así, el rigor metódico que aplicaba cada día en la corrección de textos la impulsaba a comprobar el dato antes de descartarlo; en un manuscrito, una sola cita mal cotejada podía arruinar la solidez de todo un capítulo.
Al alcanzar su destino, comprobó que el inmueble había perdido cualquier función comercial previa. La antigua pensión era hoy una edificación de piedra desgastada con el tejado ligeramente hundido y un letrero de madera descolorido que apenas insinuaba su pasado.
El amplio patio delantero, donde antaño aparcaban los visitantes, se hallaba cubierto de maleza y grava húmeda.
Tras llamar a la puerta lateral de la vivienda anexa, Alba fue recibida por un hombre mayor de rostro surcado y ademanes pausados, vestida con una chaqueta de lana gruesa.
Alba abordó la conversación con exquisita prudencia, presentándose como una investigadora interesada en la historia reciente de los círculos literarios de la zona y mencionando de forma casual el nombre de Natalia Fuentes como una posible colaboradora de la época.
El hombre frunció el ceño, observando la llovizna caer sobre el marco de la entrada mientras intentaba rescatar recuerdos sepultados por el tiempo.
Al principio, su respuesta fue evasiva y vaga; muchas personas habían pasado por aquellas habitaciones a lo largo de los años y los rostros terminaban por confundirse.
Sin embargo, a medida que Alba le mostraba la pequeña fotografía impresa de la lectura poética en la librería y le formulaba preguntas concretas sobre las fechas, la mirada del anciano pareció adquirir una nitidez repentina.
Recordó a la muchacha: una joven callada que pasaba horas leyendo en el porche y que, durante un semestre, acudía con entusiasmo casi diario a las reuniones organizadas por Darío en la villa.
Comentó que, en aquel periodo inicial, Natalia hablaba con fascinación sobre el Club de las Ofelias y sobre la erudición del librero, a quien veía como un mentor excepcional.
No obstante, el anciano señaló que la actitud de Natalia cambió de forma drástica de la noche a la mañana.
Describió esa transformación utilizando detalles de una cotidianidad inquietante: la chica dejó abruptamente de mencionar las sesiones del club, comenzó a encerrarse en su habitación nada más regresar del trabajo y evitaba cruzarse con los demás huéspedes en las zonas comunes.
Rechazaba con evasivas cualquier invitación social y, si alguien traía a la conversación las actividades en el pantano de la Sombra o las excursiones de la librería, se tensaba visiblemente y abandonaba la sala.
Alba intervino en ese punto con voz serena pero directa, preguntándole si Natalia le había confesado en alguna ocasión que hubiera ocurrido un incidente concreto en el lago.
El hombre guardó silencio durante varios segundos, mirando hacia la carretera antes de responder. Explicó que una tarde de otoño, Natalia regresó a la casa mucho antes de lo previsto, visiblemente alterada y con la ropa húmeda por la niebla del pantano.
Aclaró de inmediato que la joven no presentaba heridas, marcas de violencia física ni signos de haber sufrido una agresión visible, pero traía en los ojos un desencaje extraño, una especie de rigidez contenida que preocupó a todos.
Cuando intentaron preguntarle si necesitaba ayuda o si le había sucedido algo durante la reunión, ella se limitó a recoger sus manos sobre el pecho y rechazar cualquier indagación.
Alba escuchó con atención contenida mientras el hombre repetía las palabras exactas que la joven pronunció antes de encerrarse bajo llave en su cuarto: «Hay cosas que es mejor no saber cómo funcionan» . El anciano admitió que nunca logró comprender el sentido exacto de aquella afirmación.
Aprovechando la apertura, Alba le preguntó si al marcharse definitivamente semanas después, Natalia había dejado alguna pertenencia olvidada o documentación sin recoger.
El hombre lo pensó un momento, se rascó la barbilla y le pidió que aguardara en el recibidor. Reapareció minutos más tarde sosteniendo un sobre de papel estraza manchado por el paso del tiempo, arrugado y conservado dentro de una caja de cartón en el trastero.
Explicó que la joven no volvió a por él y que nadie acudió a reclamarlo.
Alba tomó el sobre con cuidado casi quirúrgico, sintiendo el peso insignificante pero denso de su contenido.
Sin abrirlo de inmediato frente al testigo, agradeció la atención del hombre con cortesía y se despidió con desenvoltura.
Una vez en el interior de su vehículo, con las puertas cerradas y la lluvia golpeando el techo de chapa, Alba extrajo el contenido del sobre sobre sus rodillas.
Halló una entrada deteriorada para una jornada de poesía, una pequeña tarjeta impreso en cartulina oscura con el distintivo del Club de las Ofelias —mostrando exactamente el mismo grabado geométrico que ya conocía— y una hoja de cuaderno doblada en cuatro partes.
Al desplegar el papel, reconoció una caligrafía apresurada, ejecutada con trazos irregulares y marcados por la presión del bolígrafo.