CAPÍTULO 6
Lo que queda en silencio
Los nombres que faltan
El crujido del parquet bajo sus pies pareció más fuerte de lo habitual cuando Alba volvió a la mesa del salón.
La noche en San Telmo había descendido con una densidad pesada, amortiguando los ruidos habituales del barrio hasta dejarlos reducidos al murmullo lejano del tráfico y al zumbido monótono de su propio aliento.
Consciente del acceso remoto que había detectado días atrás, había tomado precauciones drásticas antes de abrir el ordenador: desactivó la red inalámbrica principal, desconectó el equipo de cualquier cuenta personal, correo o almacenamiento en la nube y aisló el sistema operativo para trabajar únicamente con los archivos locales y las notas que había ido recopilando metódicamente en las últimas semanas.
Su objetivo no era construir una acusación formal ni demostrar ante nadie que Darío hubiera cometido un delito; sabía perfectamente que carecía de la capacidad y de las pruebas para ello.
Lo que necesitaba era entender la geografía del grupo, poner orden en el caos de nombres y reconstruir el mapa de las jóvenes que habían transitado por el Club de las Ofelias antes de que ella ocupara su propio lugar en la librería.
Frente a la pantalla iluminada, Alba comenzó a desplegar carpetas locales donde guardaba capturas de pantalla, archivos guardados de publicaciones descatalogadas, programas de mano digitalizados y comentarios rescatados de antiguos blogs literarios.
Junto al teclado, su libreta de pasta dura permanecía abierta en blanco, lista para recibir el trazado de su investigación.
Con la minuciosidad de quien está acostumbrada a buscar erratas imperceptibles en textos ajenos, comenzó a cotejar los rostros de las fotografías de grupo con las listas de asistencia a los talleres y lecturas poéticas organizados por la librería.
Elaboró una cronología rigurosa: anotaba el nombre de cada chica, la fecha exacta en que aparecía mencionada por primera vez en las redes o en los folletos del club y la última imagen en la que su presencia quedaba registrada.
Muchas de ellas mostraban una continuidad constante durante unos meses, participando sonrientes en los debates sobre literatura decimonónica o posando en el patio interior de la librería, para luego diluirse sin dejar rastro en las publicaciones posteriores.
Al principio, la prudencia de Alba actuó como un filtro racional que aplacaba cualquier sospecha precipitada. Era absurdo ver una conspiración en cada ausencia; un club de lectura universitario y juvenil era por naturaleza un espacio fluido e inestable.
Muchas de aquellas chicas habrían finalizado sus estudios, cambiado de residencia, encontrado trabajos absorbentes o simplemente perdido el interés por las dinámicas del grupo para volcarse en otras aficiones.
La vida continuaba y las personas se alejaban sin necesidad de que existiera una tragedia de fondo.
Sin embargo, conforme los datos se agrupaban en filas y columnas organizadas dentro de su libreta, la simple casualidad comenzó a resentirse.
Al cruzar las fechas de abandono con las actividades extraordinarias de la librería, Alba detectó un patrón difuso pero persistente: la interrupción brusca de la participación de varias jóvenes no coincidía con los exámenes de fin de curso ni con las pausas veraniegas, sino que se producía sistemáticamente poco tiempo después de haber sido invitadas a las actividades privadas que Darío organizaba fuera del circuito público del barrio.
Esa constatación trajo de inmediato a su memoria la experiencia en el pantano de la Sombra. Alba recordó el frío punzante de la noche, la bruma espesa flotando sobre el agua estancada y la atmósfera impregnada de una solemnidad casi religiosa con la que Darío conducía el ritual de iniciación.
Recordó la presión silenciosa, el tono cálido pero tajante con el que él presentaba aquella ceremonia como un paso indispensable para profundizar en la verdadera esencia del club, lejos de la mirada del público general.
Alba se obligó a mantener la objetividad y no precipitarse en afirmaciones categóricas; no había nada legalmente incriminatorio en una excursión nocturna ni en un rito estético entre apasionados de la literatura.
Aun así, la pregunta resultaba inevitable: ¿por qué Darío ponía tanto empeño en mantener esa faceta del club en la más absoluta penumbra, y por qué el entusiasmo de varias integrantes parecía extinguirse de forma tan drástica tras haber cruzado ese umbral?
Entre los archivos recopilados, el nombre de Natalia Fuentes volvió a captar su atención. Alba recuperó las notas breves que había encontrado días atrás sobre ella y se dispuso a reconstruir su trayectoria paso a paso dentro de la estructura de las Ofelias.
Los datos eran concretos pero fragmentarios: una ficha de inscripción fechada tres años atrás, un par de fotografías donde aparecía sentada en la segunda fila durante una presentación de poesía, y una mención en la reseña de un debate sobre relatos de misterio. Y después de eso, el silencio absoluto.
Alba dedicó casi una hora a rastrear su nombre en bases de datos públicas, boletines oficiales y registros digitales accesibles sin conexión directa a sus perfiles habituales.
El resultado fue inquietante por su total neutralidad: no había denuncias por desaparición, ni peticiones de búsqueda de familiares, ni notas de prensa, ni el más mínimo rastro de alarma social.
Natalia no había desaparecido oficialmente del mundo; simplemente había dejado de acudir a la librería de Darío y, poco después, su presencia en la vida pública y en los círculos sociales de San Telmo se había evaporado por completo sin hacer ruido.
Aquella falta de indicios policiales o judiciales lejos de tranquilizar a Alba, aumentó su desasosiego. La ausencia de un hecho violento comprobable dejaba su deducción suspendida en un terreno peligroso donde la línea entre la intuición certera y la paranoia era demasiado fina.
Sabía que cualquiera podía romper sus lazos sociales, mudarse sin avisar o cambiar de vida de forma drástica sin dar explicaciones a su entorno, y que ella misma podía estar cayendo en la trampa mental de conectar puntos inconexos para justificar sus propios temores hacia Darío.
Mientras contemplaba la lista de datos sobre Natalia, el teléfono móvil, situado en el extremo opuesto de la mesa y configurado solo con la línea telefónica básica, comenzó a vibrar con un zumbido seco contra la madera.
Alba se sobresaltó, conteniendo el aliento antes de deslizar la pantalla para responder a la llamada de su hermana Elena.
Elena notó de inmediato la tirantez en su voz y le preguntó con insistencia qué estaba haciendo a esas horas de la noche y por qué sonaba tan distante.
Alba se forzó a relajar el tono, manteniéndose firme en la mentira que había ensayado previamente: le explicó que se hallaba inmersa en la corrección urgente de un manuscrito complejo cuya entrega vencía a primera hora de la mañana y que probablemente la obligaría a pasar la noche en vela.
Elena, aunque poco convencida por el tono esquivo de su hermana y visiblemente preocupada por el cansancio acumulado que detectaba en ella, suspiró al otro lado de la línea, le pidió que no se sobreexigiera tanto y se despidió pidiéndole que la llamara al día siguiente para desayunar juntas.
Al colgar, Alba dejó el teléfono boca abajo y se quedó unos segundos con la frente apoyada en las manos, esperando a que las pulsaciones recuperaran su ritmo habitual antes de volverse a concentrar en la investigación.
De regreso frente a la pantalla del portátil, Alba abrió una de las fotografías más antiguas del grupo, tomada durante un encuentro de lectura en la zona posterior de la librería.
Mientras desplazaba el cursor para examinar los rostros en busca de algún detalle imperceptible, amplió por accidente una esquina del fondo, donde la iluminación de la sala decrecía hacia la penumbra de las estanterías.
En la escena principal aparecían varias chicas jóvenes sonriendo junto a un Darío imponente, impecable y paternal; entre ellas distinguió el rostro de Natalia y el de otra integrante cuyo nombre todavía no figuraba en sus notas.
Sin embargo, lo que detuvo su mirada no fue la expresión de las jóvenes, sino un objeto situado sobre una mesa auxiliar tras ellas: una carpeta de cuero oscuro que llevaba grabado en la cubierta un símbolo geométrico muy específico.
Alba abrió rápidamente otra ventana con una fotografía reciente de los anaqueles de la librería y comparó ambas imágenes minuciosamente. El símbolo era idéntico en trazo y proporción al que ella misma había descubierto días atrás grabado en el marco de la caseta junto al agua.
Anotó cuidadosamente el hallazgo en su libreta, absteniéndose de aventurar el significado de la marca, pero registrando su presencia como un elemento de continuidad que vinculaba directamente la librería con las actividades del lago.
Continuó revisando la lista de nombres y rodeó con un círculo rojo aquellos cuyas fechas de salida del club coincidían temporalmente con las visitas organizadas al pantano de la Sombra.
Al llegar al registro de Natalia Fuentes, la mano de Alba se detuvo con el bolígrafo suspendido en el aire.
De pronto, un fragmento de conversación que había escuchado semanas atrás en la librería cobró un sentido completamente distinto: recordó que Natalia había sido una de las pocas integrantes que se negó rotundamente a entrar en la caseta durante una de aquellas expediciones nocturnas.
Aquel detalle cambió por completo la perspectiva con la que contemplaba el caso.
La marcha de Natalia dejaba de parecer un simple abandono pasivo; cabía la posibilidad de que no hubiera dejado el club por hastío, sino que hubiera decidido cortar todo contacto tras presenciar u obtener conocimiento de algo que se negaba a acatar.