CAPÍTULO 5 #6
Se giró de nuevo hacia las fotografías esparcidas sobre el tablero y tomó la imagen de grupo en la que figuraba Natalia Fuentes.
Al darle la vuelta para examinar la textura del papel fotográfico, advirtió un detalle que le había pasado desapercibido en el primer examen: en el margen inferior posterior, trazado con tinta azul muy pálida y parcialmente desgastada por el roce de los años, aparecía una anotación manuscrita con caligrafía apretada: «S.S. — 14 de octubre» .
Alba no logró descifrar el significado de las iniciales S.S.
, pero la fecha actuó como un resorte inmediato.
Buscó en su libreta de notas el calendario de actividades del taller de hace cinco años.
El 14 de octubre de ese mismo ejercicio correspondía exactamente al fin de semana en que el Club de las Ofelias había celebrado su encuentro anual en el pantano de la Sombra.
Las fotografías no eran simples recuerdos informales guardados por afición; habían sido fechadas, codificadas y archivadas siguiendo un método de registro minucioso.
Aquella constatación trajo de vuelta las palabras de Darío en la trastienda: «Documentamos todo para el archivo histórico de la librería» .
Lo que el librero presentaba como una memoria cultural impecable parecía responder en realidad a un inventario de control sobre la permanencia de cada participante.
Aquella deductiva la llevó a una nueva necesidad táctica: para verificar si las ausencias de las jóvenes respondían a un patrón sistemático, necesitaba consultar el archivo histórico completo de la librería, no solo la selección promocional que Darío mostraba a los visitantes.
Volver a la calle Real a solicitar más carpetas levantaría sospechas inmediatas y destruiría su margen de maniobra.
Entonces recordó que la editorial de Barcelona con la que ella colaboraba habitualmente como correctora externa había coeditado hace tres años un catálogo conmemorativo sobre imprentas cántabras en alianza con la Librería Ofelia.
Se acordó de Sergi, el secretario de edición con el que mantenía una relación profesional fluida. Sergi conservaba copias digitales de los anexos documentales, las listas de participantes y los registros de cesión de imagen enviados por Darío durante la preparación del volumen.
Decidió que le escribiría a primera hora de la mañana desde un terminal seguro para pedirle el volcado de esos archivos sin generar alarmas.
Un crujido leve, proveniente del camino de grava que discurría tras el jardín posterior, rompió la concentración del despacho. Alba se quedó completamente inmóvil en la silla, con los músculos en tensión y el oído atento a cualquier vibración en la madera.
Apagó de inmediato la lámpara de flexo, dejando la estancia sumida en una oscuridad casi absoluta, tamizada únicamente por la claridad plomiza de la luna tras las nubes de lluvia.
Se levantó sin hacer ruido y caminó con pasos sigilosos hacia la ventana lateral que daba al tramo de la carretera que abandonaba San Telmo.
A través del cristal empañado por la condensación, observó la faja de asfalto mojado.
A unos cincuenta metros de la fachada, en la berma de hierba que bordeaba el robledal, había un vehículo detenido.
Sus luces permanecían apagadas y el motor parecía al ralentí, emitiendo un vapor tenue por el tubo de escape que se disolvía rápido en la niebla nocturna.
Alba aguardó en la sombra, contenida la respiración, evaluando la silueta del automóvil. No podía identificar la marca ni la matrícula en mitad de la penumbra, pero la posición del coche, apostado en un tramo sin viviendas cercanas, no admitía una explicación trivial.
Tras dos minutos de tensa inmovilidad, el vehículo encendió la iluminación de cruce, inició la marcha con un murmullo sordo y avanzó lentamente frente a la fachada de la casa.
Pasó a escasos metros del ventanal sin acelerar ni detenerse, con los cristales laterales completamente tintados de oscuro que impedían distinguir al conductor.
Alba vio alejarse los pilotos rojos de posición hasta que se diluyeron en la curva del pinar.
No existía la certeza jurídica de que se tratara del mismo coche verde de la librería o del pantano, ni de que el ocupante fuera enviado por Darío; pero la sospecha de que sus movimientos nocturnos estaban siendo veladamente fiscalizados se asentó en su ánimo como una evidencia física.
Regresó a la mesa de trabajo en la penumbra. Sin encender la luz, tomó el teléfono móvil, abrió la aplicación de notas cifradas y tecleó tres líneas consecutivas con pulso metódico:
«Natalia Fuentes. Encontrarla.» «Archivo de la librería / Contactar con Sergi.» «Pantano de la Sombra.»
Dejó el terminal sobre el tablero, tomó la fotografía de grupo donde figuraba la joven Fuentes y la introdujo con cuidado dentro de un sobre de papel kraft reforzado, cerrando la solapa antes de guardar el documento en el fondo de su maletín de viaje junto a la libreta de notas.
Antes de deslizar el papel en la funda, contempló por última vez la mirada seria y esquiva de Natalia Fuentes bajo la luz tenue que filtraba la ventana.
Alba comprendió en ese instante que había cruzado una frontera invisible e irreversible: ya no estaba corrigiendo erratas en un catálogo de imprentas ni analizando la literatura de una comarca de montaña.
Se hallaba en el umbral de una reconstrucción deliberada sobre la memoria de un grupo de jóvenes mudas, y la única forma de garantizar su propia seguridad era avanzar hasta encontrar la última respuesta que alguien en San Telmo pugnaba por mantener en la oscuridad.