La Chica del Pantano CAPÍTULO 5 #5
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CAPÍTULO 5 #5

Alba tomó una decisión serena: al día siguiente localizaría a una cuarta antigua integrante que figuraba en los registros iniciales de hace cinco años, una mujer que había abandonado la comarca por completo y de la que no constaba ninguna vinculación posterior con San Telmo.

Sería la primera persona del listado a la que intentaría rastrear fuera del ámbito regional.

Se levantó de la silla, apagó el flexo de la mesa de despacho y permaneció unos segundos inmóvil en la penumbra del salón.

En el silencio de la noche, el sonido distante de un motor rompió la calma de la calle Real.

Alba caminó sin hacer ruido hacia el ventanal y desvió apenas unos milímetros el borde de la cortina.

Los faros amarillos de un vehículo que circulaba a muy baja velocidad proyectaron una ráfaga de luz sobre el techo del salón al pasar frente a su fachada.

El automóvil no se detuvo; continuó su marcha lentamente hacia la salida del pueblo, tomando la carretera que serpenteaba entre los pinares en dirección a las montañas.

Poco después, sus luces traseras se perdieron entre la bruma nocturna.

Alba permaneció junto a la ventana hasta que el eco del motor se extinguió por completo, sabiendo que la frontera entre la simple observación y la certeza de estar siendo vigilada se había vuelto definitivamente invisible.

La frontera invisible

El silencio en el interior de la casa resultaba casi tangible tras la partida del automóvil por la calle Real.

Alba no encendió la luz principal; cruzó la pequeña estancia a oscuras, se acercó al escritorio y accionó la lámpara de brazo orientable, dirigiendo el haz de luz hacia la mesa para no proyectar sombras sospechosas en las cortinas.

La advertencia anónima en su pantalla — «Hay historias que deberían quedarse sin corregir» — continuaba flotando en el ambiente con la frialdad de un ultimátum.

Lejos de amedrentarla o provocar una retirada precipitada, la amenaza produjo en su ánimo un efecto de extraña e implacable clarividencia.

La experiencia de años analizando manuscritos, desarmando paradojas de estilo y buscando incoherencias en textos complejos se trasladó de golpe a la realidad física: si alguien intentaba clausurar la investigación mediante la intimidación, significaba que la línea trazada entre las fechas, los nombres y la trastienda de la librería apuntaba exactamente al centro de una grieta real.

Dispuesto sobre la superficie de roble, el expediente disperso de sus notas cobró una estructura más rigurosa.

Alba despejó el centro de la mesa y comenzó a alinear los elementos con orden quirúrgico: las fotografías reproducidas en la librería, las acotaciones manuscritas tomadas durante la charla con Clara, la lista de fechas de las jornadas de otoño y los nombres de las jóvenes que habían dejado de figurar en los boletines públicos.

El objetivo inmediato no era elaborar una teoría policial apresurada, sino articular una cronología irrebatible.

Al superponer las carpetas, un hecho emergió de nuevo con nitidez matemática: las interrupciones en la actividad de las alumnas no se distribuían de manera aleatoria a lo largo del año.

En al menos cuatro casos contrastados, el cese definitivo de la asistencia se producía invariablemente entre dos y cuatro semanas después del encuentro de iniciación en el pantano de la Sombra.

No había excepciones en ese margen temporal.

Alba volvió a examinar con atención una de las impresiones más antiguas, tomada cinco años atrás frente al ventanal de la Librería Ofelia durante la presentación de un cuaderno de poesía regional.

En primer plano destacaba Darío, impecable y sonriente, rodeado por tres chicas que sostenían ejemplares recién encuadernados.

Sin embargo, en el margen izquierdo de la composición, parcialmente oculto por el hombro de un asistente y en penumbra bajo el alero de madera, sobresalía el rostro de una joven que Alba no había logrado identificar con claridad en su primera inspección.

Acercó la lupa de aumento sobre el papel.

La muchacha vestía un abrigo oscuro, mantenía los labios apretados y miraba directamente a la cámara con una expresión severa, privada de la cordialidad que mostraban sus compañeras.

Alba cotejó la imagen con las fotocopias de la orla manual del club.

Ahí estaba la coincidencia: Natalia Fuentes.

Sí. Aquí conviene eliminar Campoo, Liébana y Reinosa y, además, hacer el párrafo un poco más natural y menos explicativo. Mantendría San Telmo , porque ya lo hemos establecido como localidad ficticia.

Era exactamente la misma joven por la que un usuario anónimo había preguntado años atrás en aquel hilo olvidado del foro vecinal de «San Telmo » .

Natalia había ingresado en el taller a principios de otoño, participado en el encuentro inicial en el agua y, poco más de un mes después, su rastro se había extinguido por completo.

No había noticias sobre una mudanza familiar, ni constancia de que hubiera continuado sus estudios en otra localidad, ni nuevas referencias a su nombre en las actividades culturales de la región.

Tampoco figuraba como desaparecida oficialmente.

Simplemente había dejado de existir en los registros cotidianos de la comarca, como si hubiera cerrado una puerta y nadie se hubiera molestado en preguntar qué había al otro lado.

Alba sintió entonces la necesidad de localizarla.

No pretendía construir una acusación ni demostrar nada que todavía no podía demostrar; solo quería escuchar de boca de Natalia qué había ocurrido realmente después de aquella noche en el pantano y por qué había cortado de forma tan brusca todos sus vínculos con el Club de las Ofelias.

Sin esperar al día siguiente, Alba inició una búsqueda detallada en los buscadores de registros públicos y boletines de edictos municipales.

Tras rastrear variantes del apellido Fuentes en la comarca, dio con un expediente del servicio de aguas de tres años atrás que vinculaba el nombre de la madre de Natalia a un inmueble situado en las afueras de un pequeño núcleo rural cercano a Cabezón de la Sal.

No obstante, al consultar la base de datos de la mancomunidad, la titularidad del contrato había cambiado de manos el año pasado.

Resultaba imposible saber si la joven o su familia continuaban residiendo en esa dirección o si habían abandonado la zona definitivamente, pero aquella referencia constituía el único hilo físico del que tirar en el mapa real.

En ese momento, el teléfono móvil apoyado sobre la mesa comenzó a vibrar con un zumbido seco sobre la madera.

En la pantalla iluminada apareció el nombre de Elena.

Alba contuvo la respiración durante un segundo antes de deslizar el dedo para aceptar la llamada, modulando la voz para enmascarar la tensión que aprisionaba su garganta.

—Alba, por fin das señales —dijo Elena al otro lado de la línea, con ese tono directo y protector que la caracterizaba—. Llevo un par de horas pensando en ti. Te noto rara desde la última vez que hablamos. ¿Va todo bien por San Telmo?

—Todo en orden, Elena —respondió Alba con soltura ensayada, apoyando el codo en el escritorio mientras repasaba los nombres de la libreta—.

He estado sumergida en la revisión de los catálogos de la imprenta local y se me ha ido la hora.

Ya sabes cómo me absorben estas cosas cuando encuentro erratas en las cronologías.

—Te conozco demasiado bien, Alba —dijo Elena, dejando traslucir una pausa pausada y cargada de afecto maduro—.

Tienes esa misma voz acelerada de cuando estabas con la tesis y te pasabas tres días sin salir de la biblioteca porque una nota al pie no te cuadraba.

Recuerda la conversación de la semana pasada.

Dime la verdad: ¿estás metida en algún lío con la gente de ahí o con el trabajo de la librería?

Cuando me dices que no pasa nada, normalmente es cuando más cosas están pasando.

Alba sonrió involuntariamente en la penumbra, sintiendo una punzada de remordimiento en el pecho por guardarle silencio a su hermana.

Le habría gustado explicarle la vulneración de sus sistemas, las miradas evasivas de las chicas en la cafetería, el coche verde aparcado en la penumbra y la sombra inquietante de Darío proyectándose sobre la comarca; pero comprendía que involucrar a Elena sin una sola prueba sólida únicamente serviría para extender el pánico y provocar una interferencia precipitada.

—Te prometo que no hay nada peligroso, Elena —dijo Alba con voz firme y serena—.

Es solo un volumen de trabajo denso y el mal tiempo de estos días, que no invita a salir demasiado.

En cuanto termine con la revisión del archivo de imprentas me cojo un par de días libres y bajo a verte. Te lo aseguro.

—Está bien, confío en ti —repuso Elena, no del todo convencida pero aflojando la presión—. Pero no te aisles en esa casa de madera. Y si ves que algo no te cuadra en lo que estás haciendo, lo dejas sobre la mesa y te vuelves. Prométemelo.

—Te lo prometo. Un beso fuerte, Elena.

Tras colgar, Alba dejó el terminal sobre el escritorio y permaneció inmóvil durante unos instantes, con la mirada fija en el reflejo de la lámpara sobre la madera pulida.

El peso de la omisión le escocía en la conciencia, pero la convicción de que estaba rozando una estructura deliberadamente encubierta le impedía dar un paso atrás.