La Chica del Pantano CAPÍTULO 5 #4
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CAPÍTULO 5 #4

Al cruzar el umbral de su vivienda, Alba no encendió la luz del recibidor.

Cerró la puerta con tres vueltas de llave, echó la cadena de seguridad y permaneció unos instantes en la penumbra del pasillo, escuchando el crujido constante de las vigas de madera y el goteo de la lluvia sobre los canalones.

El aviso de intento de acceso no autorizado a su correo seguía parpadeando en la pantalla de su teléfono.

Sabía que su portátil, aunque desconectado, era un terreno comprometido.

Apartó el equipo informático del centro de la mesa, dejándolo sobre un estante lateral como un objeto inerte, y decidió articular su trabajo utilizando únicamente el teléfono móvil —conectado a la red de datos móviles y sin hacer uso de la red inalámbrica de la vivienda—, una libreta de papel de tapas duras y la documentación física que había acumulado durante las últimas tres semanas.

Sobre la mesa de roble del despacho desplegó las fotografías impresas que había tomado discretamente en la librería, las listas manuscritas de las promociones antiguas, los recortes de prensa comarcal y las notas de las memorias de imprenta.

El objetivo de la noche era preciso: verificar la trayectoria real de las jóvenes que habían abandonado el Club de las Ofelias tras sus primeras semanas de permanencia.

Comenzó por tres nombres seleccionados de la lista de hace cuatro años: Elena Sola, Carmen Vega y Natalia Fuentes.

Activó las búsquedas en su teléfono, cruzando archivos de diarios regionales, registros de boletines oficiales comarcales y perfiles públicos en redes académicas, manteniendo un método analítico estricto para no dejarse llevar por sospechas infundadas.

El rastreo de los dos primeros nombres confirmó las explicaciones que Darío le había ofrecido esa misma mañana.

Elena Sola figuraba en las listas de matriculación de la Universidad de Valladolid de dos cursos atrás y mantenía publicaciones recientes en blogs de estudiantes de Derecho.

Carmen Vega aparecía vinculada a la licitación de una pequeña empresa de suministros de madera en la zona de Reinosa.

Eran vidas ordinarias, alejadas de San Telmo por razones profesionales y de estudios perfectamente lógicas.

Sin embargo, el caso de Natalia Fuentes presentaba un perfil radicalmente distinto.

Natalia figuraba en un único artículo de prensa local de cuatro años atrás, premiada en un certamen juvenil de narrativa organizado en la comarca.

La fecha del galardón coincidía con el mes posterior a su incorporación al club.

Tras esa reseña, la huella digital de la muchacha se extinguía por completo: ni perfiles activos, ni matrículas universitarias, ni menciones en censos o boletines regionales.

Simplemente había dejado de tener presencia pública.

Alba contempló los datos y sintió una ligera oleada de escepticismo. Un silencio digital no constituía una prueba de nada; miles de personas elegían no exponer su vida en redes o se trasladaban a vivir al extranjero sin dejar rastro en buscadores locales.

Estaba a punto de archivar la ficha de Natalia como un caso inconcluso cuando volvió a cotejar las fechas de entrada y salida de las tres chicas en el listado del taller.

Las tres habían causado baja en el Club de las Ofelias exactamente entre la tercera y la quinta semana de su incorporación, coincidiendo sin excepción con las fechas en las que la agenda del taller registraba la «Jornada de apertura y lecturas de otoño» en el pantano de la Sombra.

No era la misma fecha del mismo año, pero sí el mismo intervalo dentro de la estructura del curso.

Alba tomó su pluma y marcó los tres nombres en la libreta, anotando al margen las fechas de los eventos de inicio con un trazo limpio.

Profundizando en las búsquedas en red, Alba accedió a un antiguo foro vecinal de San Telmo, activo cuatro años atrás y actualmente archivado.

Entre hilos sobre obras locales, problemas de suministro y actividades de la comarca, localizó una breve entrada publicada por un usuario anónimo en la que se preguntaba abiertamente si alguien sabía por qué Natalia Fuentes había dejado de acudir al taller y si se encontraba bien.

El hilo apenas tenía dos respuestas. La primera aseguraba que la chica había vuelto con sus tíos a la comarca de Liébana por problemas familiares.

La segunda afirmaba que sencillamente se había cansado de la disciplina de la librería.

Alba investigó el historial de ambos perfiles en el foro: uno de ellos había interactuado únicamente en publicaciones que promocionaban las presentaciones de libros de la Librería Ofelia, mientras que el otro compartía la misma dirección de correo de contacto de una imprenta auxiliar que trabajaba habitualmente para Darío.

No era una prueba irrefutable de que el librero manejara esas cuentas, pero la coincidencia resultaba tan calculada que Alba lo anotó en su libreta como una anomalía a verificar.

A continuación, Alba volvió a examinar las fotografías impresas del archivo del club. En las imágenes tomadas durante las primeras reuniones de cada otoño, Darío aparecía sonriente junto a las recién llegadas.

En una de las tomas de hace cuatro años, capturada en el aparcamiento exterior del centro cultural antes de una excursión, Alba utilizó la lupa digital de su teléfono para ampliar el segundo plano entre los árboles.

Parcialmente oculto tras un cobertizo, figuraba un turismo de líneas cuadradas y tono verde oscuro.

Era el mismo modelo que había identificado en las fotos recientes del pantano de la Sombra y el mismo que había visto aparcado en el callejón posterior de la librería.

Alba contempló la imagen ampliada durante varios segundos en absoluto silencio, sintiendo cómo la rigidez se apoderaba de sus hombros. No se levantó ni hizo ningún gesto dramático; simplemente mantuvo la vista fija en el encuadre iluminado por la pantalla del móvil.

Aquella presencia constante del vehículo en los momentos clave de las incorporaciones no demostraba ningún delito, pero destruía la idea de que la logística de Darío fuera improvisada o casual.

Tomó la pluma y escribió con pulso firme en la página de su libreta: «Vehículo: librería / pantano / fotografías antiguas. »

Decidida a contrastar ese dato, tomó el teléfono y marcó el número de Clara. La llamada dio varios tonos de espera antes de ser atendida.

Cuando la joven respondió, su voz sonó tensa y distante, con el ruido de fondo de una televisión encendida. Alba fue directa pero cautelosa, preguntándole si recordaba qué vehículo utilizaba Darío cuando organizaba las salidas fuera del pueblo durante el segundo año del taller.

Clara guardó silencio durante unos segundos largos antes de contestar que Darío solía trasladar a las nuevas integrantes en un turismo verde oscuro de su propiedad cuando el desplazamiento no era oficial.

Alba le preguntó si ese coche era el que utilizaban para acudir a la caseta del pantano de la Sombra.

Clara no respondió de inmediato; solo se escuchó su respiración pausada al otro lado de la línea antes de emitir un escueto «Sí» y cambiar drásticamente de tema, preguntándole a Alba si ya había terminado sus consultas para el catálogo.

—Clara, solo necesito entender si las chicas que se fueron volvieron a subir a ese coche —insistió Alba en voz baja.

—Alba, deja de buscar a las antiguas Ofelias —dijo Clara, interrumpiéndola con una firmeza tajante que rayaba en el temor—. Si alguien se da cuenta de que estás haciendo preguntas sobre ellas, ya no podrás elegir cuándo parar. Es lo único que voy a decirte.

La llamada se cortó abruptamente. Alba bajó el teléfono y lo dejó sobre la mesa, analizando la reacción de Clara.

La joven no hablaba desde el rencor ni desde el despecho; sus palabras transmitían el pánico contenido de quien sabe que la curiosidad en San Telmo conllevaba consecuencias inmediatas.

En ese mismo instante, la pantalla del teléfono volvió a iluminarse con una notificación de entrada.

No era un aviso de la red ni una llamada perdida, sino un correo electrónico recibido en su bandeja de entrada desde un servidor anónimo.

El mensaje no contenía asunto, archivos adjuntos ni firma. Solo figuraba una única frase escrita en el cuerpo del texto:

«Hay historias que deberían quedarse sin corregir.»

Alba leyó la línea tres veces en voz alta, sintiendo cómo el frío del despacho se le metía en los huesos.

La elección del verbo no era casual: el emisor no la trataba como a una visitante o a una policía, sino que apelaba directamente a su profesión de correctora de textos.

Quienquiera que hubiese enviado el correo conocía su trabajo, su identidad y el objeto exacto de sus pesquisas de las últimas horas.

Se apoyó contra el respaldo de la silla, contemplando la libreta abierta.

Trazó una línea horizontal debajo de los nombres de Elena, Carmen y Natalia, y escribió en la línea inferior: «Alguien sabe lo que estoy buscando.

» Dudó unos segundos, tachó la frase con dos trazos rectos y volvió a escribir justo debajo: «Y quiere que deje de hacerlo. »

Cerró la libreta de tapas duras, la levantó de la mesa y la guardó en el doble fondo de su maletín de trabajo, en lugar de dejarla en el cajón habitual del escritorio.

No llamó a Elena; sabía que su hermana reaccionaría exigiendo la intervención inmediata de las autoridades o el abandono del pueblo, dos opciones que en ese momento solo servirían para que Darío cerrara filas y destruyera cualquier registro restante en la trastienda.

Tampoco consideró acudir a la cuartelada de la Guardia Civil sin una sola prueba material que trascendiera la mera coincidencia de fechas y vehículos.